Marzo con burbujas

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Imagen: Internet.

Marzo es mes convocante. En este hemisferio caduca el verano y bulle despojarse de soles maduros, calores sofocantes, brevedad de las noches. El mes se presenta sereno y ofrece 31 días para reinstalar rutinas. Marzo es accesible; serena con sus días y conforma con sus noches. No apura; se sabe iniciador. Es como olla colocada a fuego cuando aparecen burbujas en el fondo. Marzo advierte el reinicio de la trayectoria escolar de millones de niños argentinos.

Desde hace muchas décadas el primer núcleo privado, la familia, estableció un contrato con lo público y le cedió el derecho y la obligación de educar, a la escuela. El éxito de ese mandato fundacional ha tornado natural la presencia de niños en las aulas con maestros al frente. Cientos de generaciones vivieron la escolaridad de esa manera, pero la pandemia golpeó a la sociedad en su conjunto y el contrato familia-escuela necesita revisarse, obliga a tomar decisiones sin ayuda de agendas anteriores.

Este año, las burbujas*, y no las que se producen en una olla puesta a fuego, ni las que armábamos con jabón y agua, se instalan en las escuelas para proteger a los niños y docentes.

El regreso a la presencialidad, después de un año irregular, coloca a la burbuja como protagonista. Cada una de ellas envolverá a un grupo reducido de alumnos con una docente encargada de revincularlos, de ofrecer propuestas pedagógicas integradoras y sobre todo enfrentarlos a nuevas prácticas sociales, a ello se suma la importancia de sostener la burbuja estable, que no estalle, que nadie deje entrar al virus para que los contenidos en ella, no tengan que abandonarla.

Si la burbuja deja pasar el virus, debe deshacerse. Alumnos y docentes tendrán que someterse al aislamiento exigido, perdiéndose, inevitablemente la tan requerida presencialidad. Así es la situación. Las burbujas se activan semanalmente. Los chicos asisten a la escuela, dos de las cuatro semanas del mes. Las otras dos, serán acompañados, a la distancia con refuerzos otorgados por los mismos docentes.

Si una burbuja se deshace por la presencia de un afectado, se retrocede. Como ejemplo tenemos la ciudad de Buenos Aires donde ”unas 88 ‘burbujas’ escolares fueron aisladas o quedaron sin actividad desde el inicio de las clases presenciales, el 17 de febrero, por casos de contagios y sospechosos de coronavirus”.

En este momento de la descripción entra en escena la familia. Núcleo familiar y escuela necesitan transitar un puente donde reencontrase porque el contrato fundacional archiconocido, debe modificar algunos puntos. Los padres comenzarán a entender que es un año atípico, un poco mejor de lo que fue el año pasado (si Dios lo permite), pero no será un borrón y cuenta nueva. Hay un trayecto distinto que marcar en la historia de la educación, una nueva forma de cotidianeidad.

La familia adoptará el rol de enseñante durante las dos semanas restantes y lo hará con las herramientas que posee. Es necesario conciliar con la escuela para que la actividad escolar no represente una carga, un problema sin solución, sino un caminar más despacio, pero a pie seguro.

Familia y escuela deben salvar toda dicotomía que pueda presentarse para que los chicos estén en las burbujas sin altibajos: los padres ayudarán en las tareas y protegerán a sus hijos de contagios, para que no sean portadores del virus y desmonten una burbuja. La escuela de hoy es con distanciamiento social y protocolo; la familia, centinela de ese espacio.

Todos quieren a los niños en las aulas, pero marzo ha llegado con burbujas; es un límite impensado. Como comunidad, apelemos al sentido común y hagamos el sacrificio de seguir cuidándonos. Sabemos que los chicos necesitan el aula-burbuja; las familias, también.

*Aulas con grupos reducidos de alumnos.

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