Chela de Lamberti: los humildes bancos de la escuela

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Los hechos recientes divulgados a nivel nacional nos han consternado en grado sumo, hasta movilizarnos en busca de información actualizada con respecto a la niñez, su educación y protección, la fragilidad de aquellos que son vulnerables y parecen no estar incluidos en padrones, censos, matrículas escolares, etc., como si la presencia de estos niños no fuera observada ni estuviera implícita en la población argentina.

¿Cómo un niña de siete años no concurre a las aulas? ¿Cómo su raptor no está escolarizado, desconoce la grafía y la lectura, ¡carece de documento de identidad! y vive en la calle, aunque esta situación haya sido elegida por decisión propia. Pero no es huérfano, tiene madre, numerosos hermanos, dos hijos, hay lazos sanguíneos y una primera infancia compartida.

¿Cuándo un hijo varón desaparece a los siete años como él, reniega de la casa y adopta la calle como residencia definitiva? No vive en una casa precaria pero con techo como protección; no un rancho endeble pero con paredes divisorias al fin para separarlo de la intemperie. La calle implica estar temporalmente debajo de un puente, el atrio de una iglesia, el reparo de un edificio, enfrentando la intemperie como eterna acompañante.

¿Es acaso como el gajo de una planta que pierde su raíz? Pero existen gajos que tienen la propiedad de continuar con la vida y, trasplantados, son capaces de generar una nueva planta que reverdecerá, como lo compruebo a menudo en mi jardín. Se separan de quien le diera la vida pero tienen energías, capacidad y valores como para transformarse en un nuevo ser, que vuelve a concebir raíces propias.

Que existen personas “en situación de calle” es real, lo sabemos y lo hemos visto en las grandes ciudades más que en el interior. Desgarradoras historias que sobrepasan nuestra capacidad de asombro. Numerosas instituciones abren las puertas del alma y de refugios para albergar esas soledades que en esos sitios reúnen sus inventarios de penosas situaciones. Pero con los niños hay – o debiera haber – leyes explícitas a los fines de proteger la educación y la infancia en general. La provincia de Santa Fe siempre veló por estas situaciones en casos de deserción escolar. Hace tiempo, el camino primario era la visita domiciliaria de la docente y luego el director, para dar paso posterior al llamado a la autoridad policial. Existían penas para la familia que no cumplía con su deber de educar gratuitamente a sus hijos.

Hoy ha avanzado notablemente esa protección que detecta y custodia a partir de los datos que arrojan los censos escolares anuales en cada radio de acción del establecimiento educativo. Existe un Equipo Socioeducativo que depende de la Regional de Rafaela, por ejemplo. Hay en Sunchales un Servicio de Protección a la Niñez para intervenir cuando los derechos del niño son vulnerados (ausencia de educación, malos tratos, etc.). Ya no interviene la policía; el EMI (Equipo Municipal Interdisciplinario) brinda una importante ayuda y soporte en caso de dificultades en el aprendizaje, etc.

Los sucesos que hemos visto con respecto a la niña Maia y su raptor despiertan las alarmas y sensibilizan a la población en sus reclamos. ¿Están los niños desprotegidos por las leyes? ¿O existen pero en la cadena de intervinientes con responsabilidades para hacerlas cumplir se hallan engranajes desatentos, insensibles, sordos, ciegos y no eficaces? “Hombre, pueblo, Nación, Estado, todo: todo está en los humildes bancos de la escuela”. -“Todos los problemas son problemas de educación”. ¿Quién afirmaba estas premisas? Nada menos que el inmortal Sarmiento. Lástima que actualmente haya seres humanos con capacidad para decidir y velar pero no se sientan totalmente comprometidos con el resto de la población.

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