Se cumplen 225 años de la creación del Fuerte de Los Sunchales

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Fue uno de los Fuertes más importantes de una amplia zona, recibiendo inversiones que le permitían rivalizar con tan solo dos o tres asentamientos de este tipo dentro del territorio santafesino. Una combinación de factores, no obstante, hizo que su historia terminara antes de lo previsto pero la parte que nos interesa evocar en esta jornada es la que tiene a don Prudencio Gastañaduy como principal responsable e impulsor de este asentamiento, piedra basal de lo que vendría más adelante.

Así lo expresó Basilio Donato en su libro: «Historia del Fuerte de Los Sunchales y sus Tres Colonizaciones», del cual transcribimos un breve fragmento:

El Fuerte de Los Sunchales
En 1790 ya se había proyectado la erección de un Fuerte en Los Sunchales, pero debido a la falta de recursos, apenas se pudo enviar a unos 25 soldados para completar la dotación de 60, con el fin de que estas fuerzas pudieran acompañar a las carretas hasta Los Porongos y por el lado de Córdoba, hasta El Tío.

Don Prudencio Gastañaduy tuvo en cuenta los pedidos de los vecinos y cuando pudo contar con los recursos, llamó a una reunión a objeto de completar sus propósitos. Esta reunión tuvo efecto el 6 de agosto de 1796. En dicha reunión estuvieron presentes: Don Francisco Antonio Candioti, Gabriel Lasaga, Vicente Zavala, Agustín De Iriondo, Bernardo Garmendia, Ignacio Crespo, José Echagüe, Antonio Zarzo, Vicente Forcada y Juan Cabrera. Gastañaduy presentó el plan de defensas del noroeste estudiándose con preferencia la erección de un Fuerte en Los Sunchales. Aprobado el plan, salió en seguida Gastañaduy hacia la frontera norte. Llega a Los Sunchales, munido de los planos, acompañado de su guardia, con gente especializada en construcciones y de inmediato, bajo su personal dirección se comienzan las obras del Fuerte y del mangrullo. Los gastos habían sido presupuestados según el proyecto aprobado el 11 de abril de 1796 en $1825; se pagó por albañilería 8,50 reales; por carpintería $ fuertes 252 y por herrería $ 19. El mangrullo de gruesas paredes de ladrillos cocidos tenía unos seis metros de altura, por tres de ancho, con un arco en la entrada al recinto y una bovedilla o especie de terraza, sobre la cual se situaba el vigía o centinela escrudiñando el horizonte, a fin de descubrir cualquier movimiento sospechoso o al ver la polvareda, que levantaban las caballadas, o bueyes, fueran carretas, diligencias, chasques o tropas de indios que se arrimaban al galope de sus bestias.

No se sabe dónde Gastañaduy hizo colocar los cañones, ni tampoco se puede asegurar que hubo cuatro, pero debió haber ese número en razón de ser Los Sunchales un Fuerte de Primer Orden, conforme con lo prescripto por Cédula Real. Se dice también que estos cañones cumplían una misión de aviso a los pobladores, estancias vecinas y avanzadas próximas, cuando amagaban las malocas. En las fiestas se hacían salvas con estas armas. En derredor de este Fuerte, se alinearon las casas formando calles como se pudo comprobar por las ruinas.

Gastañaduy llevó consigo a varios pobladores que no tuvieron éxito en otros lugares y le distribuyó tierras para cultivarlas y criar ganado. Estimuló la siembra de cereales, sobre todo trigo y maíz.

Para darle mayor solidez y prestigio al Fuerte, edificó otros de menor categoría en Melo y Monigotes; este último ya proyectado con anterioridad.

Viendo Gastañaduy acrecentarse considerablemente la población, estimó conveniente, munirla de una Iglesia para el servicio de las almas. Esta Iglesia o capilla se construyó tres años después del Fuerte y costó 1717 pesos fuertes en materiales; $ 1320 en carpintería y $ 64 en herrería. Un Fuerte o población con capilla, elevaba el rango del lugar, pues en esta época solamente la poseían Rosario, Coronda y Melincué, fuera de las misiones o tales capillas o curatos, dependían del Obispo de Santa Fe (Cervera «Poblaciones y Curatos).

Con lo documentado hasta aquí se comprueba que no hubo reducción de indígenas, ni misión religiosa en Los Sunchales. Esta capilla tuvo dos campanas que, el Fraile Castañeda se las llevó en 1825 a El Rincón (…) La fortaleza estaba bien guarnecida, con una dotación de baterías y 60 soldados de frontera permanentes, bajo un comandante con buen sueldo, dos sargentos que ganaban $ 18 mensuales cada uno, tres cabos con $ 12 y $ 5 la tropa. Recibían el vestidor y la comida.

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