Chela de Lamberti: La memoria agradecida

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Trabajo, faena, labor, acción, actividad, los sinónimos abundan. ¿Solo trabajo que exige fuerza física, habilidad corporal, ejercicio del cuerpo humano? El trabajo intelectual también requiere de mucha concentración; la tarea de los profesionales de la salud, por ejemplo, demanda estudio y práctica de mucha responsabilidad. Decimos a veces “ha hecho un buen trabajo con la educación de sus hijos”, etc. Son innumerables las facetas donde podemos ubicar la acción del trabajo, siendo quizás una obra artística, intelectual, científica, manual o técnica.

“El trabajo más productivo es el que sale de las manos de una persona contenta”. “La única forma de hacer un buen trabajo es amando lo que haces”… Abundan las frases sobre un tema tan vital. No obstante, la necesidad de subsistir obliga a veces a los seres humanos a aceptar cualquier labor para tener alimentos sobre la mesa y ropa con la cual abrigarse.

Abrazar una profesión y asumirla como un apostolado significa riqueza, ese caudal de días felices que llenan el espíritu, otorgan confianza y gratitud hacia la vida. Predestinados a veces para asumir ciertos rumbos, no siempre aparece con lucidez la estrella que guía hacia ese camino y muchos mueven a tiempo el volante orientando hacia otros horizontes más promisores; no en dinero sino en satisfacción personal.

Tener trabajo y no tenerlo. La encrucijada de este momento del milenio. Quienes han sido despojados de su derecho a trabajar y subsistir a causa de un virus nefasto, invisible y aterrador padecen hoy en Argentina y en todo el mundo. Algo impensado.

La empatía nos ubica en la situación de esos hermanos cercanos o desconocidos, tratando de sentir el mismo dolor, idéntica desazón y similar desamparo. No obstante, siguen siendo “los otros”, mientras desde la vereda del frente comemos, vestimos, trabajamos, vivimos.

Y hay un tercer fragmento del tejido poblacional que evade el compromiso, permitiendo que la gran masa operativa sea la que se dedique, se esfuerce y comprometa para la familia carnal y para los desconocidos de más allá. Entonces damos gracias a Dios, redoblamos nuestro compromiso y ponemos proas hacia adelante sabiendo que vamos por la senda correcta y nos sentimos plenos, porque así nos han educado y así copiamos la conducta paterna. Esos padres que nos dejaron el mayor legado: su ejemplo.

El Día del Trabajo tuvo su origen en Chicago el 1 de mayo de 1886, cuando 300 mil trabajadores comenzaron su huelga en busca de un trato más justo y jornadas laborales de 8 horas, ya que era normal trabajar más de 12 horas al día. Los Mártires de Chicago fueron ejecutados en Estados Unidos por participar en esas jornadas de lucha. Como en el caso del Día de la Mujer, la festividad actual tiene un doloroso recuerdo de luchas, de enfrentamientos llevados a cabo con la valentía de quienes concluyeron siendo víctimas de la historia, como los trabajadores de Chicago y las obreras textiles de Nueva York.

Y tiene el 1 de mayo una doble recordación. La memoria agradecida evoca a ambas. La anterior, proviene de querellas y conflictos en busca de justicia. La otra conmemoración también nos recuerda un largo camino de luchas civiles y anarquía, años que empañaron aquellas efemérides de 1810 y 1816, con la Revolución de Mayo y la Independencia en Tucumán. Vencidos los españoles, los laberintos, las batallas y los enfrentamientos fueron entre hermanos de la misma patria hasta que, derrocado Rosas por Urquiza, el 1 de Mayo de 1853 nació la Constitución Argentina, nada menos que en nuestra patria chica: Santa Fe.

Una Constitución o Carta Magna inspirada en el libro “Bases” de Juan Bautista Alberdi, que fue reformada varias veces conforme al devenir de los tiempos. “Ley de las Leyes” que debemos defender para que jamás sea avasallada y desvirtuada en los principios que le dieron origen. “Las leyes se han hecho para el bien de los ciudadanos”, afirmaba Marco Tulio Cicerón, jurista, político, filósofo, escritor y orador romano.Para el bien de todos, sin excepción, porque somos iguales ante la ley. Defendamos con orgullo el ilustre documento creado por nuestros próceres reunidos en el Congreso General Constituyente y en aquella fecha excelsa. Si visitamos la ciudad de Santa Fe, no dejemos de recorrer el Convento de San Francisco. Allí los congresistas lucen en tamaño real y representan estar reunidos en la sala suprema debatiendo y fecundando la obra trascendental.

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