Despertar talentos propios y ajenos

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Foto: Internet.

“Las parábolas de Jesús son aquellas breves narraciones dichas por Jesús de Nazaret que encierran una educación moral y religiosa, revelando una verdad espiritual de forma comparativa.”

Las parábolas de Jesucristo, según el Nuevo Testamento, siempre me han parecido de un valor inigualable, independiente de la religión que se profese. La profundidad de las mismas le exige a cada lector una mirada introspectiva. Jesús ante un hecho cotidiano presenta un misterio espiritual. Es ese hecho cotidiano el que pone a los hombres a mirarse hacia adentro para luego convocarlo a ofrecerse hacia afuera.

Una de las parábolas que más me impactan es la de Los Talentos (Mateo 25:14-30). En el hecho de la vida cotidiana, un hombre, al emprender un viaje, llama a sus siervos y les encomienda sus bienes. A uno le da cinco talentos, a otro dos y a otro uno, a cada uno conforme a su capacidad; y se fue de viaje. El que ha recibido los cinco talentos, enseguida, negocia con ellos y gana otros cinco. Asimismo, el que ha recibido dos talentos gana otros dos. Pero el que recibió uno, cava en la tierra y esconde el dinero de su señor (los talentos equivalían a kilos de plata).

El amo, al regresar, aplaude con creces a quienes habían duplicado los talentos en base a los que le había dado, pero repudia a quien guardó  lo recibido y no logró reproducirlo, a tal punto que le quita el talento original y se lo otorga a quien más ha ganado.

Las páginas escritas expuestas al mundo derrochan significados y el Nuevo Testamento no escapa a la señal, por eso, si se realiza una lectura ligera de la parábola, o bien desde el hecho cotidiano que presenta, se podría reaccionar en contra de las decisiones de este amo y hasta embanderar la crítica: “Cristo no puede tomar este hecho como ejemplificante. El siervo que enterró el talento, fue prudente, no arriesgó a perder lo que no era suyo. ¿Por qué lo castiga?”. Es entonces donde aparece el misterio espiritual. Cristo pone en la imagen del señor dueño de talentos a la fuerza externa que necesita cada ser humano para reconocer sus dones y lanzarlos a reproducirse.

Todos poseemos talentos, recibidos desde nuestra concepción; lo importante es que los descubramos, los saquemos a la luz y los prodiguemos. Cada ser humano tiene algo para dar; nadie ha venido a este mundo solo para dejar pasar los años que le tocare vivir. No importa cuántos serán beneficiados por ellos, lo importante es que los reproduzca.

Así como todos tenemos algunos talentos, también necesitamos un señor-amo que estimule, que permita probarnos y convertir nuestros desiertos en bosques, el campo estéril en feraz terreno. En esta parábola el amo ofrece a sus siervos la posibilidad de hacer crecer un capital que ni siquiera les pertenecía. Ellos, espoleados por la confianza del amo, alertaron sus ingenios y pudieron demostrar sus capacidades.

Estoy convencida de que cuando una persona se pone en el camino de otra, no es casual. Bien dice Sábato: “No hay casualidades sino destinos. No se encuentra sino lo que se busca, y se busca lo que en cierto modo está escondido en lo más profundo y oscuro de nuestro corazón. Porque si no, ¿cómo el encuentro con una misma persona no produce en dos seres los mismos resultados? Razón por la cual parece como que uno termina por encontrarse al final con las personas que debe encontrar, quedando así la casualidad reducida a límites muy modestos…”.

A diario en nuestras vidas aparece gente que como este señor distribuye talentos por doquier, traducidos en oportunidades, palabras, ejemplos, consejos, propuestas, estímulos, reconocimientos, desafíos… Pero, solo las recogen aquellos que están destinados a cambiar su destino porque el deseo está en su corazón y enseguida descubren qué hacer con ellos.

Amo esta parábola porque en mi trayecto de vida encontré a estos “señores” que mostraron caminos, para que los reprodujera. Algunas veces, como el siervo que escondió el talento, relativicé la oferta; no creía en su confianza hacia mí; más tarde entendí que el destino había puesto a personas para que interceptaran la senda y sin prometer nada material, sacudieran los talentos.

Necesitamos muchos de esos seres, marcadores de horizontes, diseñadores de proyectos. Cada uno de nosotros puede ser esa campanilla que despierte talentos y los ayude a crecer. Éste puede ser un buen momento. No dejemos enterrados los dones. El mundo los precisa.

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