En el marco de un nuevo Día del Bombero Voluntario, evocamos un relato acerca de un suceso que los tuvo como protagonistas allá por los primeros años de la década del ’80. El texto sirve sobremanera para no solamente conocer un hecho local que marcó a fuego a muchos sino también para reflejar desde un ángulo muy particular la idiosincracia que mueve y caracteriza a todos quienes se suman al Cuartel local.

«El ángel sucio»

Te voy a contar un cuento:
(*) Ocurrió en mi pueblo. En una de esas casas antiguas, sin revocar y asentada en barro. De esas que no tienen un baño en el sentido moderno que adquirieron tales cuartos, sino una de esas casillas, separadas de la casa y unida a ella por un cordón o pasillo de ladrillos puestos simplemente sobre la tierra, sin pegamento alguno. Uno de esos baños que el giro popular dio a llamar como «fondo» (tal vez porque siempre se hallaban en los fondos de los gigantescos patios de entonces) o «excusado» (a lo mejor porque quien estaba encerrado allí estaba excusado de atender cualquier otro asunto que no fuera el específico que lo había convocado al lugar), o, mejor aún, para quienes leímos novelas de guerra: «letrina» (parecía que llegaban a un lugar y había que cavar letrinas, o si alguien desobedecía le mandaban a cuidar o a limpiar letrina).

Tal lugar, reconocible fácilmente para cualquier hombre medianamente dotado del sentido del olfato, consta de un pozo, bastante grande y bastante hondo, cerrado con un piso de material al que se le deja un pequeño agujero; una casilla muy precaria, que a veces tienen una puerta, que invariablemente no cierra.

Ocurrió que, por influencia de una fuerza oculta, seguramente demoníaca (al final estamos contando un cuento) un niño, un recién nacido, cayó por el agujero sobre toda la inmundicia allí depositada por años y años de servicios prestados.

Los sunchalenses en tales momentos no se amilanan, ni pierden el tiempo en especulaciones, ni en comentarios. De inmediato llamaron a nuestros ángeles (en Sunchales tenemos ángeles propios, vestidos de marrón que a veces circulan atropelladamente por las calles en su carro celestial que tiene a guisa de distintivo un cañón que solo tira agua en su frente).

Llegaron y entraron al fondo como quien entra a la iglesia. Un ángel mayor, ¿o sería el arcángel?, dijo de hundir el piso, destruirlo, para llegar al niño. «No -dijo otro- los trozos de ladrillos que seguramente caerán podrían matarlo». Y, asomándose al hueco del piso, en un susurro, transmitió: «Aún vive, aún vive, aún vive -la palabra recorrió la fila- vive».

De una rápida reunión de ángeles surgió la idea: «El pozo no es tan profundo. Hagamos otro a la par, en el patio y cuando lleguemos a la altura en que está el niño, desviamos y llegamos a él».

Nadie trabajó nunca a la velocidad de esos ángeles. El nuevo pozo se hizo rápidamente, mientras el que miraba por el agujero transmitía: «Apúrense, aún vive». Cuando les pareció suficiente, dejaron de cavar, ataron a un ángel por la cintura y lo deslizaron por el nuevo pozo hasta entrar donde yacía el niño. Despacio, chapoteando, llegó a él, lo alzó tiernamente contra su pecho y sus amigos celestiales comenzaron a izarlo lentamente.

De entre tantos desechos solo alcanzaban a vislumbrar la sonrisa de su amigo, el ángel, y del niño.

Fueron emergiendo poco a poco de la tierra, hasta que quedaron ambos, sucios e inmundos a los ojos de sus amigos.

Mundi, recién allí, entregó a éste, su niño: «Vive -dijo- vive».

Un viejo, de los que nunca faltan en estos accidentes, se persignó y alcanzó a murmurar: «Por fin he visto un milagro, puedo morir tranquilo».

Esto ocurrió en mi pueblo, Sunchales, donde los ángeles trabajan de bomberos.

(*) Por: Rodo Maretto – Publicado en Semanario «El Eco». Sunchales, septiembre de 1983.