Chela de Lamberti: Nuestros Voluntarios

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Hallamos una variada y prolongada lista de sinónimos para quienes ocupan una honrosa labor dentro de la comunidad, al ser considerados “servidores públicos”: Asistentes, ayudantes, legos, gentiles hombres, escuderos, heraldos; hombres y mujeres que desde el accionar diario están al servicio de sus semejantes.

Pueden ser asalariados que cumplen su función remunerada y poseen un trabajo meritorio para mantener una familia. Pero también existen aquellos que “sirven”, o sea ejercen, ejecutan, realizan, prestan, ayudan, por libre albedrío y esa decisión personal los convierte en hacedores voluntarios de una policromía de obras dentro de la sociedad.

Así, vemos en la ciudad a jóvenes y adultos de ambos sexos que, además de cumplir con un trabajo gratificado con cumplimiento de horario, encuentran el tiempo necesario para intervenir y comprometerse con las actividades de cooperadoras, clubes, vecinales, centros juveniles, grupos de la parroquia, etc., conformando comisiones que los llevan a asumir el rol de agentes de cambio de la sociedad donde actúan para planificar, modificar, engrandecer, en busca de mejoras sustanciales y beneficiosas para el conjunto. “Nada me trae más felicidad que tratar de ayudar a las personas más vulnerables de la sociedad. Es un objetivo y una parte esencial de mi vida, una especie de destino,” afirmaba Lady Diana, princesa de Gales. Participar junto a otros que están en idéntica sintonía nos encauza hacia los logros que se diseñan y ambicionan. Es, en este caso, una entrega colectiva. Entrega del corazón y de la energía corporal para llevar adelante proyectos, salvar falencias y concretar obras valederas.

Pero si a todo ese caudal de voluntades sumamos la posibilidad de asumir riesgos como es el caso de los Bomberos, la valoración se acrecienta y produce nuestra emoción. Desconociendo horarios normales, en circunstancias comprometidas y expuestas, dentro o fuera de la ciudad, llevan en sus espíritus el compromiso y la valentía para encarar el salvataje de sus semejantes o afrontar cualquier hecho fortuito y peligroso que los reclame.

La historia de los Bomberos Voluntarios comenzó en nuestro país aquel 2 de junio de 1884, cuando se produjo un voraz incendio en La Boca. Un vecino llamado Tomás Liberti y su hijo organizaron, junto a un grupo de personas del barrio, una cadena humana para apagar las llamas que amenazaban propagarse rápidamente en las construcciones lindantes. Esa fecha ha sido tomada para conmemorar y celebrar, pues como consecuencia se creó la «Sociedad Italiana de Bomberos Voluntarios de La Boca», en Buenos Aires, bajo el lema “Querer es poder”, cuyo impulsor y primer presidente fue Tomas Liberthi, aquel hombre audaz.

Y son VOLUNTARIOS, un calificativo honorable que los distingue, especialmente en una sociedad donde debieran ser tomados como ejemplos, frente a tanta ambición de poder, de dinero y ante la falta de compromiso con sus semejantes. Son seres especiales, como si una misteriosa voz que, viniendo de lo hondo del alma, les indicara el sitio y la tarea que les están señalados en el orden del mundo para concretar su profunda vocación de servicio.

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