La avaricia, un término rebautizado

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Grabado de Pieter Bruegel titulado «Avaricia», parte de la serie sobre los siete pecados capitales, del año 1558 (Imagen: National Gallery of Art).

Dice Javier del Arco, Biólogo y Epistemólogo: «Y sé que cuando una palabra sale del circuito natural de la comunicación humana, se desvirtúa también el concepto que la acompaña. Y en caso de mantenerse su original acepción, se buscan caminos para desvirtuar los significados. De ahí que se hagan esfuerzos por cambiar los términos con el objetivo de modificar lo que significan. Con las palabras se van los conceptos. Con ello, unos tranquilizan sus conciencias y otros tratan de adaptar la realidad a sus intereses».

De los siete pecados capitales que, según la religión cristiana, ronda por el corazón del ser humano, la avaricia se lleva la copa de oro en cuanto al mal que puede producir. En la parábola de “El rico insensato”, Jesús la describe, y la condena. La parábola, en su contexto, es la siguiente:

«Los campos de cierto hombre rico dieron una abundante cosecha; y pensaba para sus adentros: ‘¿Qué haré ahora, si no tengo dónde almacenar todo el grano?’ Entonces se dijo: ‘Ya sé lo que voy a hacer. Demoleré mis graneros y edificaré otros más grandes; almacenaré allí todo mi trigo y mis bienes, y me diré: Ahora ya tienes abundantes bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe y banquetea.’ Pero Dios le dijo: ‘¡Qué necio eres! Esta misma noche te reclamarán la vida. ¿Para quién será entonces todo lo que has preparado?’ Así es el que atesora riquezas para sí, y no se enriquece en orden a Dios.» (Lucas 12. 13-21).

Literalmente entendemos que el granjero ha cosechado mucho y pone todo su afán en acumular esos bienes simplemente para darse el placer de beber, comer y darse placeres. Sus planes están dirigidos a sí mismo, hacia su propio bienestar. En ningún momento piensa en el otro, por eso Jesús le pregunta: ¿Para quién será entonces todo lo que has preparado? Le advierte que la muerte lo sorprenderá aún viéndolo rico.

Cuidar el dinerillo que se obtiene con esfuerzo, no es ser avaro; lo que sí identifica a un avaro es la desesperada ambición de monopolizar, acopiar, de apoderarse de bienes: dineros, inmuebles, derechos y finalmente, poder. Éste último es un puente para conseguir más capitales y colocarlos en un círculo donde solamente gira la enfermiza pasión de crecimiento. Si por ese afán se perjudica a terceros, el avaro encontrará la excusa para responsabilizar al otro y hasta se victimizará, si es necesario; el damnificado no existe; las víctimas del avaro quedan prendidas de la sutil telaraña cazadora de inocentes y es probable que hasta lo apañen.

A diario nos enfrentamos con estas miserias humanas, enmascaradas detrás de palabras que maquillan la verdadera intención, con eslóganes de altruismo y, en algunos casos, hasta de religiosidad, dispuestas solamente a acumular beneficios, pero ya no escandalizan a nadie; el término avaricia no está de moda. Se ha disfrazado con vocablos deslumbrantes, cuyas intenciones distan mucho de ser solidarias.

¿Nos olvidamos del daño que produce la avaricia? La sufrimos; vemos a través de la pantalla, en nuestra rutina diaria, en nuestro mundo circundante, como doña avaricia ocupa espacios, acapara bienes, obtiene fortunas para poder ocupar más espacios, acaparar más bienes, obtener más fortunas mientras tranquiliza su conciencia, rebautizada con nombres modernos obtenidos en manuales netamente pragmáticos. Bien expone Javier del Arco: “Con las palabras se van los conceptos. Con ello, unos tranquilizan sus conciencias y otros tratan de adaptar la realidad a sus intereses”.

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