Chela de Lamberti: Hablemos sobre nuestros próceres

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Se aproxima agosto y de nuestra historia emerge la figura de San Martín como paladín que descuella como Padre de la Patria por su titánica tarea sudamericana y su quijotesco cruce de los Andes. Recordar a nuestros próceres es establecer el merecido homenaje que la ciudadanía les debe por el legado recibido. Legado que se manifiesta material o espiritualmente, herencia y ejemplos que nos adornan en nuestra trayectoria trazada a raíz de los modelos y prototipos con los cuales nos formamos.

¿Estarán los niños de hoy imbuidos con los conceptos y principios que recibimos en otra época, menos influenciados en aquel tiempo por figuras foráneas, diversidad de intereses ficticios y con mayor tiempo antes para indagar en la lectura de la historia, adaptada lógicamente a la edad transitada? Existen actualmente agentes externos que influencian negativamente generando atracciones que giran en otras direcciones.

Cada acto alusivo caló hondo en nuestras mentes y espíritus; la participación en los escenarios para recitar o representar a algunos próceres nos imbuía de profundos sentimientos de valoración y las emociones gravitaban felizmente generando admiración y anhelos de mayor conocimiento acerca de la figura que se conmemoraba.

Cada prócer nos cautivaba de una manera distinta, acorde a la trayectoria, los valores, las acciones heroicas o de capacidad organizativa, los momentos en que desplegaron su caudal de esfuerzos, el desprendimiento de intereses cuantitativos, la honestidad y el profundo, inamovible sentimiento de patriotismo. Auténtico. Las banderas portadas o flameantes en las astas eran legítimas expresiones de efectos que dejaron huellas en nuestros corazones, así como las estrofas de nuestra canción patria se entonaba – y se entona – con auténtica unción, compenetrados en su contenido y en cada palabra modulada.

¿Fueron también seres humanos y como tales, pudieron ser imperfectos? ¡Por supuesto! Pero ubicadas sus acciones en el platillo de un instrumento de medición, es abrumadora la diferencia con que sobresalen y pesan las decisiones tomadas y las obras ejecutadas para el bien de la patria. Sobrados ejemplos de austeridad, desprendimiento de bienes o de concluir en la indigencia por haber entregado pasión, voluntad y caudales en pro de las luchas reñidas que marcaron a las Provincias Unidas del Río de la Plata.

Agosto nos traerá la figura y estirpe de nuestro Padre de la Patria, por la apoteosis de su obra titánica, incomparable. Pero junto a él, la nómina es extensa y cada uno se diferencia por la época, la influencia, la misión, la aureola personal. Todos ellos, si nos están observando desde su mundo en la lejanía, pueden convertirse en jueces del presente y desde un pedestal tan elevado nos hacen llegar su reclamo implacable, después de tantos desvelos por este suelo donde hemos nacido. Todos ellos constituyen nuestro patrimonio honorífico. “No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es como ser incesantemente niños”, afirmaba Cicerón, filósofo romano. Conocer para valorar y como consecuencia, rendir homenajes acentuados, convencidos del capital que cada prócer nos ha confiado. Si estamos en deuda, comencemos en agosto.

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