¿Me escuchas o solamente me oyes?

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Foto: freepik.com.

A menudo oímos: «Escuchame» o «¿Me escuchás?». Estas expresiones no tienen el mismo significado que: «Oíme» o «¿Me oís». Si tenemos la suerte de que nuestro aparato auditivo esté sano, oímos todo lo que suena a nuestro alrededor; matices de sonidos que generan diversas sensaciones, pero escuchar es otra cosa. La palabra escuchar proviene del latín auscultāre, postulando la idea de inclinar la oreja.

La escucha atenta es una actitud y una habilidad, ambas puestas al servicio de uno para otro. Se escucha con los oídos, la mirada, los gestos, el cuerpo todo. Lo contrario es lo que la televisión nos muestra, aunque debieran ser modelos a seguir, los panelistas no se escuchan entre sí; sobreponen voces, gritos y la escucha queda reducida a ecos sin sentido.

En el pasado, los hombres las habían desarrollado con intención porque no sabían leer, por lo tanto, las noticias, informaciones y todo cuanto les interesara, les llegaba a través de la voz. Recordemos a los juglares quienes llenaban los espacios públicos de personas atentas a sus narraciones, poemas, noticias, bromas y chismes.

La llegada de la imprenta abrió otro camino y el hablador se perdió entre los códigos de la escritura. Desde esa transformación, la comunicación entre personas exige cuatro aspectos: leer, escribir, hablar y escuchar, competencias comunicativas necesarias en todas las esferas de la sociedad humana. De las cuatro, la más difícil de desarrollar es la de escuchar.

La escucha y el silencio van de la mano. Se necesita que emisor y receptor creen un ambiente íntimo donde fluyan las emociones y los sentimientos, ignorar los sonidos obstaculizadores y lograr un vínculo estrecho. Saber escuchar es poder hermanarse con el otro y hacer del relato de uno, un relato del nosotros.

El buen oyente manifiesta en primer lugar su intención de tornarse disponible. Focaliza en el hablante y sus palabras. Deja entrever que no permitirá que la interrupción provenga de donde proviniere porque en ese momento lo importante está en ese encuentro.

No se necesita ser profesional para saber escuchar. El emisor reconoce quien le pondrá el oído. Existen personas comunes buscadas por su capacidad; son seres empáticos, hábiles en el dominio de los gestos para estimular sin hablar, despojarse de prejuicios y solamente dejar que el otro se libere de cargas emocionales. Seguramente quien sabe escuchar es porque conoce el valor de ser escuchado.

Cada vez se torna más importante esta predisposición, tal vez porque abundan los que quieren ser escuchados, sin interrogatorios, sin exigencias, dejar que el otro hable y encuentre en su interlocutor el mutismo necesario para seguir dándole paso a la voz, su voz.

La escucha es una actitud generosa y educada. Nada molesta más a quien habla, que el oyente lo interrumpa o se distraiga en algo ajeno al tema. Bien explica Eduardo Galeano: «Culto no es aquel que lee más libros. Culto es aquel que es capaz de escuchar al otro.»

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