Chela de Lamberti: Haz lo que yo digo pero…

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“Haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago”, frase muy popular para señalar la falta de coherencia cuando queremos aconsejar o exigir normas de conducta a los demás, las mismas que nosotros no somos capaces de cumplimentar.

Se trata de dar el ejemplo con nuestra conducta para que otros nos imiten y sigan entonces las indicaciones u órdenes que en algún momento hemos sugerido. En la vieja y querida Escuela Normal de Rafaela una “Señora Profesora” solía aconsejar a sus alumnos, estudiantes de la carrera de Magisterio, como se denominaba en aquella época: “Un docente debe serlo siempre, dentro y fuera de la escuela”, afirmaba. Es decir, con guardapolvo blanco o sin él, en la escuela, en el club, la calle, en cualquier ámbito, no debía olvidarse el rol del maestro y su “obligación” era dar el ejemplo con su proceder, dada la misión de educador y formador de las futuras generaciones.

Desde la misma familia, célula madre de la sociedad, deben brotar los ejemplos para que los niños tomen el camino a seguir, imitando a sus padres. La escuela contribuirá luego con su instrucción y también como formadora, pero la raíz proviene del hogar y los niños irán atravesando edades tomando de ambas instituciones la savia para que el árbol final luzca lozano y erecto, firme en su proceder.

Desde el seno de una familia humilde puede brotar el legado de una potente riqueza inmaterial constituida por los modelos establecidos por padres y abuelos, adultos que se conducen con coherencia entre lo que predican o exigen a los demás y el comportamiento que ellos manifiestan a diario en cada situación de la vida hogareña o incluso, en su desempeño social.

Otros, como en los acontecimientos que ocupan las páginas y pantallas del mundo entero, conforman hogares famosos, encumbrados y poderosos económicamente, sin hacer mella la riqueza y la fama en sus procederes, tal como lo revela la familia del ídolo futbolístico Messi. Los niños muestran las normas que impregnan favorablemente las conductas paternas.

Credibilidad y confianza, valores que debieran primar para distinguir a aquellos que desde sus lugares, profesiones y responsabilidades transmiten órdenes, deciden situaciones, imponen normas para regular el accionar cotidiano de los demás. Jamás deberán ser contradictorios para no originar confusión al recibir los mensajes y la imagen de sus actos.

San Martín, el prócer que recordamos precisamente en agosto, redactó en 1825 las “Máximas para mi hija”, desplegando allí los ideales educativos que deseaba inculcar a su hija Merceditas. Las páginas escritas trascendieron la temporalidad e incluso sin la presencia de su padre, ella cumplió con cada consigna asentada. Pero antes, mientras tuvo su compañía y recordando su paso por la vida militar y hogareña, el Santo de la Espada fue ejemplo inalterable de las normas que deseaba impartir.

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