Chela de Lamberti: Sarmiento, las maestras y el Delta

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“Sarmiento, padre del aula, Sarmiento inmortal…”, o “el maestro de América”, definiciones para este prócer argentino que evocamos cada 11 de septiembre, día de su fallecimiento en 1888 y que determina esa fecha cercana a la primavera como Día del Maestro en Argentina. Los libros de historia nos cuentan su trayectoria en múltiples escenarios pero nada mejor que recorrer su casa natal en San Juan o su otra vivienda en el Tigre y escuchar a los guías que instruyen a los visitantes para conocer intimidades y ricas circunstancias que lo definieron como el gran hombre que fue: “Vivió 77 años pero fue como si hubiera vivido 200, tal fue la cantidad de acciones que desplegó”.

Mario Markic, periodista que desde 1995 nos ilustra maravillosamente con su programa televisivo “En el camino” (TN), puede ser escuchado y visto si renunciamos a la salida de los sábados o madrugamos los domingos para conocer las historias y los lugares maravillosos de nuestra patria. En esta fecha, la figura de Sarmiento fue el motivo de su recorrido por la Argentina y los comentarios sobre su faceta como educador y promotor de nuestro Delta.

Él decidió que debía traer maestras de Estados Unidos y así arribaron 61 docentes provenientes de Boston. El educador debía ser femenino y traería la doctrina de Pestalozzi, que respetaba al niño para una educación integral. Debía tener buen carácter, sonreír y eliminar los castigos corporales. Conocerían los malones y las vicisitudes del clima. En las escuelas, el comisario llevaba los presos para alfabetizarlos. Todos debían aprender.

Fueron 61 y viajaron en barco hacia un mundo primitivo, los días en el mar fueron para aprender el idioma. Luego, tres o cuatro semanas en diligencia para ir de La Rioja a Jujuy, o cruzar los Andes por el paso de Uspallata, con una frazada en los ojos de su mula para que no viera el precipicio. Dos se quedaron en Mendoza; como jubiladas se compraron un viñedo y vivieron juntas durante 32 años. Cuando llegaron esto era un desierto. Pero todas ellas “debían leer buenos libros y periódicos de forma continua; llevar buen humor a las clases y no los disgustos de afuera; tener voz dulce pero con autoridad”. Ema Caprile era polaca y fue directora de la primera Escuela Normal en el país.

Sarmiento también estimuló el desarrollo productivo del Delta. Construyó una casa para descanso; lo que queda de ella fue protegida por un templete en 1997 y tuve la suerte de conocerla en una excursión con guía, organizada por Amigos del Arte de Sunchales. Su escritorio, sus libros, todo habla sobre él… y su cama corta, con muchos almohadones y según se dijo, así dormían en la época, casi sentados, por temor a la muerte. En 1855 Sarmiento llevó al Delta a un grupo integrado, entre otros, por Carlos Pellegrini y el entonces coronel Mitre, para convencerlos de las bondades y posibilidades de las islas. Él mismo plantó por primera vez una varilla de mimbre en tierra isleña y hoy, el cercano Puerto de Frutos es claro ejemplo de lo que se produce artesanalmente. Hoy, se llama Río Sarmiento a uno de los brazos principales de la desembocadura del río Paraná, situado en el partido de Tigre. Comunica al Río Luján con el Río Paraná.

Impulsó la Ley de islas, que se promulgó después de su muerte. Amaba las plantas y los animales. Durante una temporada vivió dos meses en el Tigre; “su refugio”, según afirmaba. Desde su casa veía “la aldea de Buenos Aires con sus edificios altos”. “Evitar gastos que no sean estrictamente necesarios”, ordenaba. Inglaterra le obsequió un vaporcito por su proyecto de barcos de guerra y él lo donó a Prefectura, considerando el regalo como “de mal gusto”. Diez en honestidad.

Tuvo fieles seguidores y por su carácter volcánico cosechó detractores. Fue vilipendiado, ridículamente denostado en caricaturas grotescas y ofensivas. El tiempo, calidoscopio que nos muestra definiciones a través de su cristal óptico, lo trasunta como el Gran Maestro de América, guía de la educación argentina, amado por los docentes que ven en él un faro con destellos propios para conducirnos por el sendero correcto.

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