Ocurrió en Bolivia

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Cerro Rico de Potosí. Grabado de B. Lens. 1715 (Imagen: Wikipedia).

Cuenta la leyenda que, en Potosí, cuando se intentó extraer metales del cerro con ciertas técnicas, los hombres creyeron oír una voz que salía de la tierra y les decía: «No saquéis el metal que hay escondido aquí, porque otra gente se lo llevará». Estos salieron corriendo despavoridos mientras gritaban al mismo tiempo en lengua quechua «¡Potocsi, potocsi!», lo cual se traduce como: ¡Explosión, explosión!

Dice Eduardo Galeano en su relato «Señor que calla»: En la época colonial, el Cerro Rico de Potosí produjo mucha plata y muchas viudas. Durante más de dos siglos, Europa celebró, en estas heladas alturas de América, una ceremonia occidental y cristiana: día tras día, noche tras noche, daba de comer carne humana a la montaña, a cambio de la plata que le arrancaba…”.

Cada año en octubre, es imposible abstraerse a la evocación de lo que fue la llegada de españoles a América en aquel 1492, año en que España en un golpe de audacia y afán expansionista, en busca desesperada por una ruta hacia India, encuentra un mundo nuevo, espacio anchuroso y pródigo dotado por la naturaleza con acabada generosidad, distinto al suyo; a sus ojos, los seres habitantes eran inferiores en todos los aspectos, fáciles de dominar.

Dice Galeano, “El cerro Rico de Potosí produjo mucha plata y muchas viudas”. Con caudal literario denuncia la barbarie acaecida en la que los indios eran sometidos para extraer de las entrañas mismas de las rocas el oro y la plata. El trabajo, exponía al hombre a un trabajo llamado mitayo. Era un sistema por el cual cada nación indígena estaba obligada, por turnos, a ceder hombres para extraer minerales (sobre todo oro y plata) en las minas. Los indígenas morían por miles y eran reemplazados por otros. Trabajo insalubre, peligroso, pesado y sin réditos para ellos que apenas si recibían algunas monedas. “De cada diez indios que entraban a la boca de los socavones, siete no salían”. Si alguna rebelión se produjo, está demás pensar cómo se disolvía y quién salía beneficiado.

Los aborígenes fallecieron en masa, por este trabajo, también perecieron por enfermedades que les contagiaron los españoles, de las cuales estaban protegidos hasta su llegada, por enfrentamientos, tristeza y todo cuanto significó ese desencuentro. La Iglesia asistió desde distintos lugares en este momento histórico; a veces veía los pecados cometidos y otras, acudía a la ceguera.

La producción de plata tuvo para la Corona española la formación de una economía global a partir del siglo XVI, que llegó a conectar a Potosí y su plata con la economía china, según estudiosos del tema, dato que obliga a imaginar el provecho económico que le otorgaba América, a los españoles.

Se conoce ahora que esta conquista sentó las bases de la globalización porque se conectaron, en tiempos y formas muy diferentes a las actuales, Europa, Asia, Africa y América.

Esta rutina de explotación, de extractivismo, permaneció durante más de 300 años en tierras latinoamericanas. De esas riquezas se robusteció el viejo continente, no solamente España, coincidiendo con el afianzamiento del capitalismo en Europa.

En la actualidad ya no queda plata en las minas, pero se siguen explotando sus entrañas para obtener otros metales. Por eso, dice Galeano, “Ahora, vacío, calla”.

Ya no hablamos del 12 de octubre como día de la raza, sino que reconocemos el “Respeto a la Diversidad Cultural”, pero, no obstante, la memoria debe permanecer activa para que el olvido no intente jugarle una mala pasada.

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