La ciudad celebra sus 135 años de vida

140

Puede decirse que la historia de Sunchales se asemeja a aquella retumbante frase del ex Presidente Eduardo Duhalde, cuando consideró que los argentinos estaban «condenados al éxito». Acaso no tan extremo pero sin lugar a dudas que con cierta convicción podemos encontrar ejemplos autóctonos de la sentencia llevada a la práctica. ¿Cómo sino entender los reiterados intentos de colonización que tuvimos? en momentos en los cuales, la lógica dictaba avanzar en otras latitudes, aquí se insistió una, otra y otra vez más…

El nombre también puede considerarse acaso como otro ejemplo valedero. Desde «La Virreyna», a «Colonia Los Sunchales», «Hunchales», «Zunchales»… más acá en el tiempo, aún hay quienes nos referencian como «Súnchales»…

Todo multiplicado, todo con esfuerzo. El mismo que le imprimieron quienes se afincaron en estas tierras, transformándolas en productivas, haciéndolas propias y radicándose con el firme convencimiento del progreso para quienes los sucedieran.

Habiéndose iniciado la Colonia en estas nefastas condiciones, con líderes y gobernantes que poco se comprometían para con quienes aquí permanecían lanzados a suerte y verdad, el progreso que se fue gestando resulta más que importante. Hubo también, otros personajes que permanecieron y que incluso decidieron quedarse a vivir en estas tierras, siendo reconocidos con creces por la historia e incluso otorgándoles reconocimientos inmerecidos.

El correr de los años, permitió que floreciera una pujante sociedad, marcada por la búsqueda constante de emprendimientos que permitieran mejorar la calidad de vida. Lo privado se mancomunó con lo público, para poder avanzar en conjunto, transformándose este accionar en una verdadera marca registrada local, repitiéndose con el paso de las décadas y pasando a ser algo casi cotidiano.

Palabras al cañón histórico

(*) – Los indios abipones, mocovíes y guaycurúes, llevaban a cabo los malones con una regularidad peligrosa, obligando al gobierno a reforzar el fuerte de los Sunchales con un cañón. El cañón ponía sobreaviso a los habitantes del fuerte, cada vez que la indiada bravía intentaba incendiarlo. El cañón, no fue así un arma homicida, sino una clarinada de civilización, en un medio salvaje.

El señor Félix A. Ramella, canta al cañón de Sunchales, que descansa hoy en la plaza Libertad, y lejos de exaltar el motivo histórico con un criterio chauvinista, señala en su poesía la verdadera misión del fuerte, rememorando el pasado de la colonia en su grandeza constructiva.

Viejo cañón: escucha de mis labios estas simples palabras que te digo, palabras que, de tanto contemplarte, en tu bronce he leído lo mismo que en las ruinas milenarias del milenario Egipto, después de muchos años de paciencia se logra descifrar un jeroglífico.

Dicen que te trajeron en las naves de los conquistadores que han venido a estas playas de América en pos del áureo vellocino; y explicarse no saben, sin embargo, cómo has podido a estas tierras llegar; pero suponen que, después de rodar como un mendigo por latitudes varias, hallaste tu destino: en el viejo fortín de «Los Sunchales» -que el tiempo ha destruido y del cual solo has quedado como inmortal testigo- fuiste guardián celoso, vigía precavido, centinela valiente, defensor del progreso contra el indio!

Cuando en estas comarcas el desierto se extendía infinito, lleno de selvas vírgenes en donde sólo se oía el grito salvaje de las fieras alimañas y del indio, tu -pequeño cañón, abanderado del progreso- lograste persuasivo ahuyentar de estas tierras el atraso y con sólo tu estampido. Y de este modo singular y sencillo -cuando los fuertes pioneros que antaño a este suelo han venido presidiendo la heroica caravana formada por los hijos que la Europa pletórica arrojaba a estos sitios- tu -el primero de todos-, como un símbolo, te erguiste del fortín sobre la torre cual un mojón enhiesto y fronterizo, señalador inconfundible y fuerte del límite preciso hasta donde el progreso había llegado con paso paulatino luchando sin sosiego contra el medio salvaje y primitivo!

En tu bronce, que el tiempo ha desteñido -viejo cañón histórico-, he leído una página inédita de gloria, que impaciente ha esperado el compasivo estro de algún poeta que, con ella y en versos muy sencillos, cantara la epopeya del esfuerzo, la epopeya del «gringo», que en estrofas perennes sintetice el rudo sacrificio de aquellos inmigrantes abnegados que, a brazo partido, contra el desierto bárbaro lucharon -desierto que Sarmiento había descripto en su inmortal «Facundo»- hasta convertirlo en campiñas feraces y pobladas, surcadas por caminos y por ferrocarriles como arterias portadoras de vida, poderío!

Viejo cañón: no fuiste como aquellos cañones que, regímenes antiguos -reproducidos hoy como en antaño-, pusieron y aún los ponen al servicio de innobles causas, para sembrar la muerte y el desquicio, la desocupación y la miseria, la barbarie y el vicio… No! Tu destino fue otro: más fecundo, más heroico, más noble y muy distinto: ¡Ayudaste a crear vida y trabajo, riqueza, bienestar y poderío!

Y hoy, que en medio de la plaza de este pueblo -que, tan sencillo, a formar contribuiste con tu esfuerzo-, descansas como un símbolo, todos debemos comprender tu gloria, tu rudo sacrificio y venerarte cual reliquia eterna que impondrá a nuestros hijos el deber de seguir siempre luchando como lo has hecho tu, en los tiempos idos, hasta lograr que esta comarca sea lo que tú sin saber habías querido ¡Un emporio de vida y de cultura donde reinen el esfuerzo y el espíritu!

(* Félix A. Ramella).