Chela de Lamberti: ¿Inviernos o veranos?

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“Aquí durante todo el año usamos mangas cortas”, afirmaba un colombiano. Según lo investigado, hay amplitud de temperatura derivada de la zona de lluvias o de sequía, la cercanía al mar, etc., pero no deben afrontar la variación diametralmente opuesta con que se nos castiga en este lugar austral, en el confín del continente americano. Y tantos otros países que gozan de climas moderados, generando nuestra envidia.

Las predilecciones surgen en el comentario cotidiano entre vecinos y amigos; aparecen los gustos o las tolerancias. Hay quienes consideran cruel y sádico al invierno debido a problemas de salud o lo sienten triste, por el encierro al cual nos somete con sus vientos despiadados o por los niveles del termómetro. Las inclinaciones o simpatías por el verano parecen tener mayor porcentaje de adeptos. Las comodidades de la vida moderna que aminoran el castigo del calor, la vida social al aire libre, el poder disfrutar de piletas privadas o de los clubes, actúan como atenuantes del peso del termómetro. O quienes pueden disfrutar de unas merecidas vacaciones en lugares donde se atenúan los rigores, vuelven seguramente con sensaciones renovadas y el espíritu rejuvenecido.

El ser humano parece haber hecho lo imposible para perjudicar el medio ambiente. La tala indiscriminada de árboles, los incendios intencionales o accidentales de bosques, todo ha contribuido para malograr nuestro clima. Y por más cumbres de alto nivel internacional que se organicen, los resultados no están a la vista. Cada año tenemos constancia de que no existen mejoras visibles. Documentos firmados por altísimos representantes, pero en la realidad se diluyen.

Quienes en otras épocas de la vida hemos disfrutado realmente de las bondades climáticas, añoramos aquella vida sencilla, sin artefactos eléctricos pero con frondosa sombra en los patios, techos altos, ventanales abiertos y sin necesidad de rejas porque no se concebía apoderarse de lo que no nos pertenecía. En el pueblo había una usina particular con dos grandes motores que comenzaban a marchar a las 18 y acababan a las 24, salvo días festivos, cuando prolongaban hasta las 3 dela madrugada su funcionamiento. Si necesitábamos repasar lecciones para la escuela, allí estaba la fiel lámpara que con su mecha embebida en alcohol de quemar producía una hermosa llama para dejarnos ver con nitidez las páginas de nuestros libros de la primaria.

Las noches estivales eran tolerables. El patio amplio nos permitía gozar de las estrellas, la luna y la intimidad familiar. ¿Y las siestas, sin aire acondicionado ni ventiladores? Pues buen refugio eran las plantas – frutales y demás- que nos obsequiaban sombra y aromas mientras devorábamos libros que habíamos buscado previamente en la Biblioteca Pública, que funcionaba por suerte en la misma escuela. La lectura entusiasta actuaba como antídoto y no se padecía el castigo de Febo.

¿El invierno? Allí estaban las manos maternales, hacendosas y comprometidas, para tejer abrigos cuya tibieza nos protegía haciendo desaparecer el tiempo gélido de julio y agosto. Sin calefacción, el fuego provenía del acompañamiento y el amor paternal en la amplia cocina con bálsamo de comidas caseras. En la escuela sí teníamos estufas que el diligente portero llevaba a cada aula para renegar con su encendido. Y si se apagaba… ¡a correr para llevarla a la galería!, tan fuertes eran sus emanaciones. Las niñas no usábamos pantalones; quizás una medias ¾, con las rodillas despejadas para recibir con valentía los embates de la estación invernal.

¿Eran tan distintos los inviernos y los veranos, comparándolos con el presente? ¿O éramos nosotros, que siendo niños, nos asomábamos a la vida desde nuestra ingenuidad y el amor nos abrigaba, incluso cuando los adultos pensaran que sí eran crudas las disímiles estaciones? ¿Era la vida del pueblo, simple, fresca, pura, bienhechora, la que convertía nuestra existencia en un camino de placeres simples y perdurables?

Las preferencias se ponen de manifiesto. En lo que a mí respecta, amo los inviernos por su vida recoleta, junto al calor hogareño, estación propicia para las manualidades, la escritura, los sabores. Lo que mi madre me tejía hoy yo lo tejo para mis nietas. Los varones tampoco se salvan; allá van las bufandas, los guantes y gorros. La lluvia es otro regocijo, aunque allí, me contengo cuando comienzo a recordar lo que escribía Juana de Ibarbourou (uruguaya): “Yo amo las noches de lluvia. Son de una intimidad intensa y dulce como si nuestra casa se convirtiera, de pronto, en el único refugio tibio e iluminado del universo. Y me duermo, avergonzada de paladear un gozo que atormenta a millares de seres humanos…” Muy cierto. Lo que a unos regocija, a otros acongoja. Aunque ahora ya no escuchamos su repiqueteo sobre los techos como en la infancia, cuando era el zinc el elemento que nos entonaba una hermosa melodía junto a la tibia compañía de nuestros amados padres.