La vida en estado líquido

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“La persistencia de la memoria”, Salvador Dalí, 1931 (Imagen: www.moma.org).

Un 17 de enero de 2017, en Inglaterra, fallece el sociólogo Zygmunt Bauman. Con su partida se apaga una de las voces más críticas de la sociedad contemporánea, a la que definió como la “Modernidad líquida”. Es una metáfora de la que se valió para demostrar la diferencia entre dos tiempos dentro de la Modernidad: la sólida y la líquida.

La Modernidad surge en el siglo XV, después que se dieran cambios muy profundos: la Conquista de América por los europeos, el desarrollo de la imprenta, la Reforma Protestante, el Renacimiento y la Revolución Científica.

Bauman decía que estamos pasando por un tiempo donde la solidez de la Edad Moderna, aquella por la que habían luchado los pensadores Rousseau, Voltaire, Locke, entre otros, se había licuado. Según sus palabras: “Hoy no es sólido el Estado-nación, ni la familia, ni el empleo, ni el compromiso con la comunidad. Nuestros acuerdos son temporales, pasajeros, válidos solo hasta nuevo aviso”.

La modernidad sólida se caracterizó por la seguridad, contenidos, valores, en cambio la sociedad líquida se manifiesta en movilidad, incertidumbre, relatividad de valores.

La incertidumbre agobia a los jóvenes de hoy; es una permanente sensación de angustia por no poder anticipar qué ocurrirá. Hay ejemplos claros que nos rozan: décadas pasadas quien trabajaba en una empresa, sabía que, a menos que ocurriera un hecho calificado de insólito o de impredecible (porque todo se preveía), esa persona se jubilaría en el lugar con sus treinta y tantos años o más de labor. El trabajo era sólido: horarios fijos, estabilidad en la labor o una relación exclusiva entre empleado y empleador. Hoy sabemos que no es posible. La seguridad laboral ya no es tan firme y quien toma trabajadores, exige un currículo que responda con creces a sus necesidades. El empleador busca valores diferenciales: talento, conocimiento, experiencia y competencias, horarios flexibles, sostenibilidad laboral y relaciones no exclusivas de empleados y empleadores. Demás está decir que, ante esta realidad, la exclusión social viene al galope de un corcel brioso.

Es evidente que no solamente los trabajos son para toda la vida; todo es imprevisible, cambiante: los matrimonios, las carreras, los saberes, los edificios. También todo fluye, como un río; vemos que lleva aguas, más nunca dónde las vuelca.

La sociedad está en permanente transformación; no hay vínculos acabados. Todo puede atarse hoy y desatarse al poco tiempo, por eso los compromisos se eluden y ya nadie tiene deseos de formar parte de un todo, ya que el individualismo le gana a la acción colectiva.

La educación no queda afuera porque el conocimiento también sufre el mismo fenómeno: de conocimiento permanente al conocimiento de uso instantáneo, desechable o de poca duración. La educación debería ser lo bastante rápida para moverse al mismo ritmo y no es lo que ocurre. El sistema es lento, incapaz de adaptaciones ligeras. Esto traerá aparejado un sinnúmero de consecuencias.

Tal vez en nuestras ciudades pequeñas, aún tenemos la suerte de mirarnos a los ojos y estrechar manos ante una contrariedad. Los valores aún están a flor de piel; duele cuando se desprecian, molesta la justificación de disvalores, pero la liquidez de la que habla Baumann, avanza. Podemos verla y hasta identificarla si nos esmeramos.

Los que sumamos décadas permanecemos mudos y asombrados ante cada cambio; son las nuevas generaciones quienes están sufriendo este permanente estado de adaptación, este vivir de manera inestable; deben moverse en la licuefacción de una sociedad que no compromete, por eso es insegura, no responsabiliza y excluye y donde parecen sobrevivir los más aptos.

Zygmunt Bauman falleció hace ya cinco años. Lo traigo hoy a la columna tal vez porque es enero, o tal vez porque la liquidez nos supera demasiado.