Se cumplen 101 años del nacimiento de Vicente «Chente» Cipolatti

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Como las personas cuyo destino se manifiesta desde pequeños, la figura de Vicente Cipolatti está relacionada con los motores y vehículos desde su infancia. Todo lo que aprendió le permitió luego, con los años, ser uno de los máximos referentes del deporte motor del interior del país.

Actualmente, en la ciudad tiene diversos homenajes que testimonian su grandeza, tal el caso de su nombre impuesto a un trayecto de la Ruta Nacional N° 34. Además, se sigue trabajando a destajo para recuperar su vehículo, elemento testimonial de sus más grandes hazañas, que sufriera un incendio hace ya varios meses, impulsando un trabajo mancomunado de un gran grupo para su reconstrucción.

Cipolatti tenía la humildad y sencillez de los grandes, tanto en las pistas como en la vida diaria, los triunfos no le modificaban su vida habitual. Prueba de ello fue que al día siguiente de haber alcanzado la gloria máxima en el autódromo de Rafaela, no extrañó verlo ese lunes 9 desde las 7 de la mañana inmerso en la rutina diaria, junto a su hermano Lorenzo, atendiendo a cada uno de los clientes que se acercaban a la estación de servicio que estaba ubicada frente a la Plaza Libertad.

Tres años más tarde, en 1966, la vida le dio revancha de lo que no había podido ser en 1963, alcanzando el título de Campeón Argentino de Mecánica Argentina Fórmula 1.

También supo incursionar en el Turismo Carretera. Se retiró de la actividad en 1969, luego de una competencia de MA F1 en Rafaela, en la que había alcanzado la gloria máxima por aquel entonces.

La escritora Chela de Lamberti le dedicó un libro íntegro a su historia y hazañas. El mismo, se llama «Huellas de gloria» y aquí compartimos uno de sus apartados, referido a su acercamiento con los motores de vehículos:

Vicente aún era un niño cuando inició su relación con los motores. Después de la escuela primaria trabajó para la Agencia Ford de María Luis Siccardi, en la esquina donde posteriormente se ubicó el Banco Rural. Allí cumplió tareas de cadete, limpiaba los motores y aprendió el oficio de mecánico. Tuvo únicamente ese patrón, excepcional, al que le deberá todo lo que sabe.

Leandro y Nelly son los hijos de esa persona extraordinaria, brote de un mismo árbol que dio sus semillas para que Chente cumpliera con el camino hacia el cual estaba quizás predestinado. Ante una situación de enojo, su jefe acostumbraba a decir: «Dio Bono» y «Cristo, Cristo», invocando a los nombres supremos, aunque sin la andanada de vocablos que en la actualidad se sueltan en momentos de ira. Siempre había dos sillas preparadas, para el abuelo Miguel Actis y Pedro Ristorto, su vecino. Las charlas eran muy entretenidas y se hablaban de todos los temas, especialmente de política.

El taller ocupaba un amplio espacio, hasta donde se halla hoy el comercio La Esmeralda. Sus compañeros Aparicio Pavón y Roque Bonvicini, eran mecánicos que no estaban alfabetizados y a ellos Vicente les enseñaba cómo debían conectar el cableado, desentrañando consignas escritas. Cuentan que él no llegaba a los pedales y entonces le pedía a uno de ellos: «corré el asiento».

A ese lugar volvería, recurrente en su pasión por entender y dominar la mecánica. No era solo una forma de ganarse la vida, constituía más que el entusiasmo de un aficionado. Significaba poder investigar los engranajes, penetrar en el intrincado funcionamiento, evaluar la potencia de cada mecanismo de los automóviles que guiarían su estrella de campeón argentino.