Chela de Lamberti: Con la Patria en el alma – Owen Crippa (segunda parte)

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Comentar el libro de Owen Crippa no significa resumir su contenido y malograr la lectura de los posibles interesados en conocer cada capítulo desarrollado; es decir, frustrar la sorpresa y servir cómodamente una síntesis informativa de su calidad narrativa. Pretendo valorar su magnitud, consustanciarme con la hazaña bélica y divulgar escuetamente los hechos que merecieron el calificativo de hazañas para activar a quienes ambicionan su lectura, los que sabrán comprender así el valor histórico de estos relatos y la riqueza de sentirnos vecinos, coterráneos de alguien que fue un actor decisivo, con la habilidad, el conocimiento y la valentía imprescindibles ante un conflicto despiadado que nos involucraba a todos, sin excepción. Antiguamente, el 10 de junio de cada año figuraba en el calendario de efemérides y se recordaba esa fecha de 1829, cuando fue designado el primer gobernador de Malvinas y las islas del sur. A partir de 1982 cambió esa agenda por el 2 de abril y el 2 de mayo, días tristemente conocidos… Han transcurrido cuarenta años de la gesta de Malvinas y los recuerdos intactos, finalmente, movilizan para dejar constancia escrita.

“La cordillera cubierta de nieve se mostraba como una alfombra delante de nosotros”, narra Crippa en el primer capítulo, cuando recibe la orden de hacer un reconocimiento fotográfico sobre territorio chileno. Sus sentidos están en alerta, como en el conflicto de Malvinas. Aquellos, sus juegos de la infancia con soldaditos de plomo, aviones y barcos de madera se habían transformado en guerreros de carne, hueso y rugientes motores de buques y aviones. Claudio Meunier había insistido para que Owen escribiera sobre Malvinas y el 6 de mayo en ese viaje recién comprendió que sí, podía volcar los recuerdos que acudirían a su mente, sus vivencias, sin línea cronológica ni análisis de operaciones. Sería su vida en un borrador y luego, quizás… aunque creía que “jamás lo podría pasar en limpio”.

Finalmente, nació la decisión; iluminada y cargada de íntimas sensaciones que volvían a aflorar como en aquellos días aciagos. Y así va narrando etapas inolvidables, marcando las órdenes que provenían de los mandos superiores, el agradecimiento a Dios que lo ayudó con el traslado a la 2° Escuadra Aeronaval de Caza y Ataque, pero debió estudiar los procedimientos de combate aéreo para igualar a los que llevaban nueve meses de incorporación. Aunque con una semana de preparación fue suficiente (abandonando la exploración y guerra submarina). Deja constancia de las anécdotas que enriquecen el relato y le permiten la evocación impresa para volver a recordarlas en el futuro, así como los diferentes aviones, modernas unidades que le ayudaron a cambiar su especialidad.

Narra detalladamente el “Día D” en San Carlos, cuando desde el amanecer se enteraron de que “algo grave sucedía”: la presencia de buques ingleses que ingresaban a la bahía del establecimiento San Carlos y la pérdida de la comunicación. “¡Gritos, órdenes, corridas. Los aviones debían estar listos…!” y así se abría la puerta del escenario de la guerra sobre carillas de historia. Aquí, alejados de los acontecimientos, nosotros abrevábamos en las fuentes del periodismo, pero repasarlos ahora a través del relato textual de quien lo vivió y padeció en carne propia, nos involucra en tiempo y espacio, como si el fragor de los días nos rozara, incluyéndonos en el conflicto. Como si reviviéramos aquel 1982, como si el oleaje y la destemplanza del clima castigaran nuestro cuerpo y nuestro corazón. Las páginas de Crippa nos transportan y aterrizamos en el mapa austral; la escala de sensaciones se agudiza y su relato nos vuelve observadores o más aún, protagonistas implicados, tal es su relato fidedigno. Es el autor de una proeza enciende nuestra admiración.

“Aquellos fueron días muy duros. Tuvimos que soportar frío y viento, trabajamos a la intemperie, dormíamos en búnkeres realizados con troncos, improvisando ante las carencias: parecían fortines rusos de la segunda guerra mundial. Esta práctica ya ejercitada anteriormente nos sirvió para sobrellevar con ventajas la guerra de Malvinas y de ninguna manera nos tomó desprevenidos”. Una frase luce en la contratapa del libro: “Entre los fogonazos de los disparos pude distinguir uno, característico de misil. Realicé una maniobra evasiva. Corté motor, conté cinco segundos y giré hacia el misil. Recé y continué tratando de escapar del infierno que se desató”.

Mil preguntas sin respuestas. “Rendición, regreso y retiro. Pasamos a ser los parias de la guerra y los mismos ineptos que nos llevaron a esa guerra, comenzaron a cargar sus errores sobre nuestros hombros. ¿Dónde estaban aquellos combatientes, los soldados? ¡Ah, estaban escondidos, nadie tenía que verlos!” Y así sucedió también en la Argentina; bajo los pliegues del celeste y el blanco fueron ignorados muchas veces aquellos héroes del sacrificio y la guerra. En los pueblos más pequeños, con rostros y apellidos conocidos fue distinto, porque no practican la frialdad, el desconocimiento, el olvido, la indiferencia.

Las secuencias bélicas a continuación en las páginas suman informaciones profundas que desconocíamos y alimentan nuestras sensaciones de admiración, de reconocimiento y valoración por cada uno de los soldados, sus superiores, aquellos casi niños que se vieron envueltos en la tragedia. El autor cierra con un cronograma de su vida como militar, que tiene su génesis el 1 de marzo de 1969 cuando traspuso las puertas de la Escuela Naval Militar de Río Santiago hasta el 4 de marzo de 1984, cuando hace efectivo su paso a retiro. Indudablemente, en ese calendario incluye su arribo a Sunchales, así como nacimientos de hijos y después… los nietos, criaturas fundamentales que transportan la herencia de la sangre.

Tener el libro en nuestras manos e internarnos en el recorrido de la gesta de Malvinas bebiendo las palabras del relato nos vuelve más argentinos. La empatía estrecha los vínculos; los hechos lejanos en el tiempo y la distancia se tornan tangibles. Y se graba la frase de Owen en nuestra identidad; nosotros también nos sentimos “Con la patria en el alma”.