La educación en tiempos de Independencia, pintura sin batallas

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161 días después de la Revolución de Mayo se publicó el primer instrumento de política educacional de un país naciente (Imagen: Internet).

El 9 de Julio de 1816, en un mar de enfrentamientos, dudas, presiones y contingencias, los criollos declaran la independencia del territorio. Ponían un puente a seis años de encuentros y desencuentros que luego continuarían. San Martín tuvo un rol importantísimo en este logro. Los pueblos del virreinato iniciaban un camino de autonomía desprendiéndose del yugo español, de sus afanes monopólicos y de su decadente soberbia imperial.

Siempre narramos esta historia con la mirada puesta en las guerras y sus héroes, pero en esta oportunidad quiero hablar de la educación en esos tiempos.

Vale decir, que la llegada de los españoles no significó para América la entrada a la educación; los aborígenes tenían la propia. Si los extranjeros la subestimaron e ignoraron fue por falta de alteridad. En el Norte, las culturas hoy llamadas precolombinas habían comenzado a concebir la educación como una práctica distinta de la política y la religión. El pueblo aprendía mediante el trabajo, los rituales y las costumbres que le transmitían sus mayores.

En el afán de “culturización” los españoles impusieron la enseñanza del idioma español y la religión cristiana arrogándose el derecho a educar; las aulas funcionaban en salas parroquiales. Durante casi dos siglos los únicos establecimientos que proporcionaron educación pública fueron los ayuntamientos [1]. Más adelante, en las misiones jesuíticas, se enseñaba a trabajar formando artesanos y agricultores. Las escuelas para el pueblo enseñaban las primeras letras y evangelizaban.

¿Qué ocurrió con la Primera Junta de mayo de 1810? ¿Tuvo una mirada sobre educación? Sí, la tuvo. Los miembros de la primera junta firmaron un primer instrumento, un decreto de política educacional después de 3 meses de haber gritado la libertad. Esta actitud pone en alto su interés por la educación porque eran tiempos donde el destino de la libertad no tenía solidez. Las diferencias entre Moreno y Saavedra, conocidas por todos, pudieron zanjarse frente a la educación del pueblo recién nacida la libertad.

A la llegada de la independencia, el sistema que los responsables ya habían pensado adoptar era el el Sistema Lancaster de Educación, ideado en 1805 por el educador inglés Joseph Lancaster. Se trataba de enseñar a gran número de niños con mayor rapidez; consistía en el empleo de monitores ya que el docente (maestro/director) era ayudado por un grupo de instructores subordinados, seleccionados de entre los mismos.

El 18 de junio de 1818, llegó a Buenos Aires Diego G. Thompson. Representaba a la Sociedad Lancasteriana para difundir el sistema en América; logró rápidamente adeptos entre los países ávidos de promover la instrucción pública. En 1821, ya funcionaban ocho de esas escuelas en Buenos Aires, incluyendo una para niñas, lo que significaba un mérito extraordinario. El movimiento se difundió rápidamente por las provincias; José Gervasio Artigas fue un ferviente impulsor de este método, así como de la educación toda.

Tanto porteños como provincianos, mal llamados bárbaros del interior, los hombres de la revolución no solo pensaban en la guerra, también pensaban para los tiempos de paz. Pasarían muchas décadas antes de contar con una ley de educación obligatoria que alimentara con saberes de norte a sur, el territorio, pero la semilla ya estaba echada para educar a los hijos de la Patria nueva y este retrato, también debe estar junto a los cuadros de batallas.

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Griselda Bonafede

[1] Corporación o grupo de personas integrado por un alcalde o intendente y varios concejales que se encarga de administrar y gobernar un municipio.