Chela de Lamberti: El poder de lo que somos

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Los atriles ocupaban parte del verde patio. Aún vacíos, los papeles aguardaban, igual que las pinturas sobre los caballetes. Vivíamos la tarde de un julio diferente, atolondrado por la confusión de su termómetro porque debía desplegar frío y estaba señalando primavera. Allí, en ese espacio venerado y tan nuestro, colmado de años y henchido de historia, nos aguardaba el presente con anuncios del mañana.

Detrás, en la augusta casona rescatada del olvido y el silencio, el arte exhumaba las glorias de otro tiempo y otros nombres augustos. Obras que se perpetuaron colgaban, espléndidas, desde los muros ponderables para acariciarnos el alma y alimentar la memoria. Los hacedores de ayer se mostraban en plenitud; estaban allí, al alcance de nuestras manos y la caricia de nuestras miradas. La permanencia en las ilustres paredes del Museo y Archivo Histórico de nuestra ciudad posibilitó el acercamiento de los interesados, la rememoración de los artistas que nos precedieron y la valoración de lo que Sunchales produjo en la faceta de lo artístico, con el resurgimiento de nombres para engarzar en marcos honorables.

Claudio Villarreal, Olimpia Montalbetti, Luis Roselli, Vitorio Ferrero, Nelda Liotta, Blanca S. de Maurino; Gladys Palanca, Gabriel Orge; Lily Bolatti; Pilar Monserrat; Zulema Merino y más cercanos Hugo Bertoldi, Rita Giacosa, Selva Brunelli, Graciela Daga, Gabriel Orge, Daniela Arnaudo. Distintos estilos, diversas temáticas, semejantes talentos que transmiten en los lienzos el poder de la creatividad, la esencia de los sentires y el dominio de las técnicas. Desde un marco impecable nos observaba Juan Manuel de Rosas, ponderado y denostado por distintas páginas de la historia. ¿Autor? Desconocido, reza en el informe abordado.

Las paletas dejaron sobre cada paño el impacto del autor, motivados sus ojos y su espíritu por el modelo elegido; ese paisaje o aquella escena; la presencia de un circo que pronto partirá y debe ser captado con todo su colorido y la magia que lo envuelve; los retratos y el niño con sus inmensas alas para surcar el espacio; una miscelánea de situaciones dignas de ser enmarcadas y perdurar en los calendarios del mañana.

Esencia del patrimonio artístico de la ciudad, las obras exhibidas nos conectaron con el ayer y permitieron la trascendencia de aquellos creadores de antaño, vinculándolos con el presente. Mientras tanto, en medio de una oleada florecida de verdores y espacios libres, los niños enfrentaban sus atriles y los lienzos para crear en libre albedrío. ¿Artistas del mañana? Quizás. Lo importante, permitirles ser creadores. Y allí, las herramientas. Hermosos colores para plasmar según el ingenio y los sentires. Luego, la música y el canto fueron complemento atractivo para el público congregado. Ensambladas, las disciplinas del arte fueron provocadas como simbiosis exquisita.

Quizás, un ángel aleteaba sobre el ámbito, observando, sintiendo, estremeciéndose de emoción hasta las lágrimas. La historia y el hacer habían anidado allí antes, en ese mismo sitio. Ahora, el arte se enseñoreaba, conquistando el espacio. Su pecho, henchido de orgullo y palpitante el corazón. “El poder de lo que fuimos”… y luego se corrigió “El poder de lo que somos”… porque aún sigue allí, en espíritu, velando por su casa y lo que en ella acontece. Su nombre, Carlos Steigleder.