La plaza es un espacio de todos

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Acto cívico realizado en Plaza Libertad, circa 1951 (Museo y Archivo Histórico Municipal).

No hay lugar en el mundo donde no haya una plaza. Es un espacio urbano público, amplio o pequeño y descubierto. Las hay de múltiples formas y tamaños. No hay población en el mundo, donde no haya una. Se trata de lugares representativos por los significados y las diferentes funciones que cumplen; manifestaciones del fortalecimiento urbano.

Poseen desde su marcación un gran valor; en primer lugar, el simbólico ya que, al crear una pueblo o ciudad, automáticamente, se delinea una plaza; valor físico porque oxigenan el paisaje; valor social porque conforman un espacio de reunión, de generación de lazos entre seres humanos de distintas generaciones y costumbres.

Los españoles al conquistar estas tierras organizan los espacios emulando España: una plaza mayor, es el corazón y centro geométrico de la ciudad, y en su perímetro se levantan los edificios de poder como el palacio virreinal o equivalente, cabildo, catedral o equivalente y palacio de justicia. Allí se celebraban las fiestas y el mercado.

Hurgando en la historia, descubro que, en las sociedades monárquicas, en el siglo V A.C. no existían las plazas, tal como hoy las conocemos. El centro de los núcleos urbanos eran el complejo de palacios para el rey y su corte, o los grandes centros ceremoniales destinados al culto religioso, rodeadas en muchos casos de murallas donde la población no tenía acceso. Lo mismo ocurría en la Grecia antigua.

Pero, en Creta, más tarde, aparecen las Ágoras, lugar designado en las polis griegas donde se reunían ciudadanos, destinado al uso mercantil, ritos religiosos y fiestas. Poco a poco, estas plazas empiezan a tener una importancia bastante fuerte en las ciudades; reemplazan a los palacios y a los templos como centros del poder. Este cambio tiene relación con una ideología de participación política donde se involucra al pueblo en las decisiones. De este modo, comienzan a formar parte de un espacio urbano para eventos participativos, aunque todos sabemos que la participación era selectiva.

Los romanos adoptan este modelo que se expande por todo Europa Occidental y llega a los pueblos conquistados.

Hoy, las plazas cumplen múltiples funciones, pero siguen siendo el lugar donde los ciudadanos se autoconvocan para diferentes manifestaciones. Allí se reclama, se festeja, se aplaude, se denuncia. Nuestro país tiene ejemplos diarios. Las hay pobladas de hermosas flores; otras tienen un suelo árido o cubierto de losas. En muchas, casi todas, se yerguen monumentos de próceres, esculturas de artistas reconocidos…

Cada uno de nosotros tiene recuerdos de alguna plaza y por esa evocación, ese lugar se presenta incomparable. Personalmente, recuerdo la plaza de mi pueblo donde, en las fechas patrias, recitábamos poesías alegóricas con toda pasión y compromiso..

Es gratificante, el empeño que ponen los pueblos para embellecerlas: otorgar sectores para diferentes edades, no dejar nada sin un toque de pintura, hacer que sea agradable a todos los sentidos… Existe la idea de que la plaza es la cara de una localidad porque se pueden leer muchas cosas, entre ellas el espacio que le damos a los ciudadanos de todas las edades, a la historia, a los hechos relevantes de esa ciudad. El uso que se hace de ese sitio céntrico es la marca registrada de un pueblo.

Después de la pandemia, el arquitecto Guillermo Tella, doctor en urbanismo y director del Consejo de Planeamiento Estratégico de la Ciudad de Buenos Aires, dice: «Hoy están llenas de gente, recuperaron su lugar de sociabilidad y son protagonistas en esta nueva normalidad. Se recuperó su función esencial: el encuentro de los no iguales, de los diversos.”

Gran virtud la de la plaza pública: ser ámbito para las voces, las manifestaciones disimiles y ese sentimiento de pertenencia que nos despierta, porque la plaza es un poco de todos.

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Griselda Bonafede