En una charla informal me preguntaron: ¿Qué significa ser de derecha o de izquierda en política? Intenté ofrecer una respuesta que atendiera a dos cosas: al conocimiento previo del demandante y a la manifestación actual del concepto, para que pueda entenderse aún sabiendo que todo está atravesado por diferentes variables.

De manera sucinta, traté de explicar su origen en la Revolución Francesa de 1789, movimiento político, social e ideológico que se desarrolló en Francia, desde el año 1789 hasta 1804. Se inició con la Toma de la Bastilla, el 14 de julio de 1789, y culminó con la coronación de Napoleón Bonaparte como emperador de los franceses. Recordé que lo importante de esta conocida revolución es que acabó con el sistema de monarquías absolutas que había prevalecido durante siglos en muchos países europeos. El monarca era fuente de todo poder por derecho divino, es decir, decidía sobre el destino del pueblo en lo político, económico, social y religioso. Por esos tiempos estar de su lado, a su derecha, era “estar a la diestra de Dios Padre Todopoderoso”.

La Revolución Francesa se preparó para disolver ese poder abosluto, de tal manera que el legislativo correspondiera a una Asamblea o Parlamento; el poder ejecutivo siguiera residiendo en el rey y sus ministros, o en un gobierno en las repúblicas; y el judicial recayera en los tribunales de justicia, en definitiva, transformar el sistema político para que los distintos poderes se controlaran mutuamente. Se entendía, además, de que el único soberano era el pueblo, el cual delegaba el ejercicio del poder en gobernantes libremente elegidos en procesos electorales periódicos.

Pero nada fue tan fácil ni tan rápido. El 28 de agosto de 1789, en la Asamblea Constituyente los Estamentos de Francia se hicieron la pregunta más revolucionaria de la época: ¿Cuánto poder debe tener el rey? Se inició un debate por demás acalorado. Los hombres comenzaron a juntarse según afinidades en las propuestas: unos querían derribar la corona, otros, conservarla y otros más, que se instalara una monarquía constitucional; no faltaron los indecisos.

Sesión de apertura de los Estados Generales de 1789, el 5 de mayo, en Versalles, según pintura de Auguste Couder. Preside Luis XVI y habla Necker (Imagen: Wikipedia).

En medio de la vorágine los asientos comenzaron a acomodarse para la votación. En las sillas ubicadas a la derecha del presidente del organismo, se sentó el grupo más conservador. Eran los leales a la Corona, quienes querían que el rey conservara el poder; se llamaron “Llanura”.

En las sillas de la izquierda, se reunían los revolucionarios que tenían una visión opuesta. Eran los más progresistas de la sala, los que pedían un cambio de orden radical: que el poder del rey quedara debilitado sin derecho a veto. Eran los “Montaña”.

Los ubicados en el centro inclinaban sus apoyos indistintamente hacia la izquierda o a la derecha según las circunstancias o los intereses del momento; formaban tal grupo, personas identificadas con la revolución, pero con intenciones moderadas que intentaban encontrar puntos comunes. Después ocurrieron muchos hechos trágicos, dentro de ellos, el castigo de morir en la guillotina para el rey Luis XVI y su esposa, María Antonieta.

Simbólicamente se definió para siempre, la ideología de las personas. De manera implícita la sociedad se ubicó según la situación social: los más pobres, a la izquierda, los más favorecidos, a la derecha. Estos posicionamientos llegados a extremos, regaron el mundo de odios, sangre y dolores.

No obstante, y fuera de lo que intentó ser una explicación para quien desconocía el significado, hoy los analistas políticos creen que la variable izquierda-derecha se está volviendo cada vez más irrelevante, pero, también consideran que la gente vota por las emociones, temores o rencores porque lo que nos divide es más fuerte que lo que nos une.

¿No será tiempo de fusionar dicotomías? ¿No será mejor acercarnos a la silla del otro y escuchar lo que dice con atención? Porque cualquier voz es digna de ser escuchada, cualquier propuesta puede ser válida. Tomo unos versos de la compositora Ruth Bebermeyer, que bien lo expresa: “…Las palabras son ventanas o paredes; nos condenan o nos liberan. Ojalá que al hablar o al escuchar resplandezca la luz a través mía”.

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Griselda Bonafede