fbpx

Los muros que levantamos por fuera y también por dentro

Las murallas se edifican para impedir la entrada de inmigrantes que quieren pasar de un país a otro. Son muros que restringen, separan y escinden. Desde tiempos remotos, existieron. Las religiones, de manera contradictoria, lejos de superarlas, las han erigido. Ofrecen seguridad a las naciones que temen a las invasiones, contrabandos, robos, al que piensa diferente o ama a un Dios distinto, etc.

Para dar ejemplos, Jerusalén ha estado rodeada por muros para su defensa desde la antigüedad. En la Edad del Bronce, una ciudad llamada Jebús, construida alrededor del segundo milenio antes de Cristo en el sitio de la Jerusalén actual, ya estaba fortificada. La Gran Muralla china construida y reconstruida entre el siglo V A.C. y el siglo XVI sirvió para proteger la frontera norte del Imperio chino durante las sucesivas dinastías imperiales de los ataques de los nómadas. Hoy es Patrimonio de la humanidad.

Podríamos pensar que hubo una evolución en las culturas, que la delimitación de fronteras naturales o convencionales definen límites para ser respetados sin necesidad de amurallar, pero existen desplazados forzosos, personas que escapan de su lugar de residencia por guerras, violaciones a los derechos humanos, violencia generalizada, etc. Son seres humanos en búsqueda de vida digna. Pretenden vivir en otra parte, pero, los países seductores de inmigrantes alzan cercas sólidas y amenazantes para frenar la entrada.

El muro de Berlín levantado en 1961, separaba a ciudadanos comunistas de capitalistas en la misma Alemania. Era el producto de la segunda guerra mundial. Quienes quisieron transponerlo sufrieron consecuencias mortales, con algunas excepciones. Cuando se derrumbó en 1989, en el mundo existían 9 murallas para detener personas que quisieran emigrar de un lugar a otro. El derrumbe de este muro significó el final de la guerra fría mas no, de las tensiones en el mundo.

Caída del muro de Berlín (Foto: Internet).

Hoy, en este planeta se muestran sin vergüenza 63 muros erigidos para evitar la llegada de personas ajenas al territorio. Contar con 63 muros es realmente un bochorno para la humanidad en su conjunto. Sesenta y tres lugares con barreras de contención, iluminación de muy alta intensidad, detectores de movimiento, sensores electrónicos y equipos con visión nocturna conectados a la policía fronteriza, que cierran el paso a seres humanos buscadores de paz, de trabajo, de vida, un cambio, una oportunidad…

Seguramente el más conocido es el que está levantando, desde 1994, Estados Unidos en su frontera con México. Iniciado por Bill Clinton y retomado con énfasis por Donald Trump. El objetivo, llamado Operación Guardián, quiere impedir la inmigración ilegal y el contrabando. También se sabe que, a pesar del obstáculo que representa, las personas logran evadirlo. Por ejemplo, hoy lo inmigrantes mexicanos intentan cruzar por zonas más peligrosas, como por ejemplo el desierto de Sonora. Muchos no lo logran; otros, sí. Superan la barrera material, a sabiendas de que “del otro lado” es un ilegal y otras barreras, humanas, lo marginarán.

En nuestro país, los muros, especies de fuertes, los levantaron los españoles para separarse de los indios cuando fundaban ciudades. Más adelante en el siglo XIX, se cavaron zanjas (zanjas de Alsina) en el arco comprendido desde Bahía Blanca hasta Río Cuarto, para detener la entrada de los aborígenes a tierras de los llamados civilizados.

Pero el mundo ha sufrido cambios intensos, hijos de la globalización. Podemos comunicarnos a través de tramas tecnológicas que no sufren el obstáculo físico. Ahora nos acercan las imágenes, las voces, sonidos, aunque, sin embargo, éstas también producen barricadas. Los muros de las redes sociales se cargan de intolerancias, provocaciones, insultos y amenazas. Quien no quiere verlos, bloquea y otra vez el muro cumple la función de separar como las altas murallas.

Han transcurrido los siglos y es evidente que los humanos tenemos incapacidad para vivir de manera armónica, con empatía, mirando al otro como hermano, como ser que comparte el territorio planetario. Nos hemos convertido nosotros mismos en muros por donde no pueden pasar las emociones, esas que nos llevarían a cumplir con aquellas palabras: “Ámense unos a otros; como yo los he amado…” (Juan 13:34-36) y lográramos derribar las 63 murallas que existen.

___
Griselda Bonafede

Más del autor

Más del tema