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Siete promociones y una escuela: «Florentino Ameghino»


Los sones de la campana cenicienta, esa que ayer congregó a los niños en el sagrado edificio de calle Ameghino, resurgen y vuelven a cruzar las distancias, ya no para convocar la asistencia a clase. Esta vez la cita es para el recuerdo y la resonancia tiene bemoles de niñez, de pureza y juegos, de páginas con fábulas y sueños, de carcajadas y melenas revueltas.

Retornan con su bagaje de años vividos, experiencias adultas y atesoradas en el reservorio del presente. Pero allá en la raigambre inolvidable y prestigiosa, adherida con solidez al núcleo del corazón, brotan intactas las vivencias como si el ayer se volviera tangible; como si el calendario ocre resplandeciera aún hoy de alba y fresca textura.

Han transcurrido 25 años o 50; la cronología no es un contratiempo; las distancias no constituyen conflictos. ¿Hay que cruzar toda la Patagonia y desde la helada Ushuaia acercarse a la llanura de Santa Fe con su primavera fructífera y el clima bendito de septiembre? Y acá arribó aquel niño que no olvidó sus raíces; así como convergieron desde Santa Fe, Rosario, Córdoba, Tucumán, Buenos Aires… el mapa señaló provincias diferentes, todas enmarcadas con idéntica nostalgia y las emociones del presente. Como suele suceder, algunos de la ciudad no respondieron a la cita. ¡Qué pena! Otro grupo de “autoconvocados”, (los de 65 años como egresados) se añadió y entre todos lograron el festejo, colaborando con profundo entusiasmo.

Con un acto programado por la excelencia que suelen poner los docentes al servicio de las conmemoraciones y con el apoyo de los medios audiovisuales se tensaron las fibras más íntimas de la euforia, la alegría, la juventud, los ánimos predispuestos para la evocación, la gratitud; los reconocimientos a quienes fueron sus maestros, cuyas fisionomías y actitudes quedaron grabadas a fuego, tal como ellos mismos narraron en sus testimonios, cuando varios hicieron uso del micrófono para ser voceros de lo que cada grupo experimentaba.

Los sunchalenses se desenvolvieron como anfitriones atentos, cordiales, cariñosos y dispuestos a hacer del encuentro un verdadero símbolo de “volver al ayer y ser niño otra vez”, en ese ámbito sagrado de la Escuela Ameghino, por la cual se sienten íntimamente agradecidos y gratificados, como portadores de una insignia especial que los acompañó y acompaña en el camino recorrido.

La pandemia no permitió anteriores encuentros y por este motivo se multiplicaron los convocados en el presente, tal fue la decisión de los organizadores. Algunos fueron los más sonoros y festivos, a diferencia de los más calmos pero no menos emocionados. Los alumnos, con sus voces y canciones diseminaron el arte en el escenario, colmando los corazones de alegría y el ámbito de aplausos. ¡Cuántas veces ocuparon ellos ese sitio y fueron los coristas en aquellos actos conmemorativos!

Las donaciones para la escuela llegaron como decisiones de los convocados para dejar testimonio de ese recuerdo y la gratitud que se corporiza en un aporte. Las docentes se expresaron con acierto en determinados momentos, especialmente Delfi Rambaudi, responsable y entusiasta Coordinadora del Centro de Exalumnos, quien reveló la tarea realizada y su alegría por tantas presencias. Ivana Pelossi, directora del establecimiento, dejó su preciso mensaje final para evidenciar la emoción colectiva al haber podido materializar el reencuentro, este agasajo de la escuela con el compromiso que demanda fortalecer un vínculo y contactar a todos los involucrados diseminados en el territorio nacional.

El edificio se engalanó con auténtico brillo para ese día de ceremonias. Las aulas, como ayer, reunieron a las distintas promociones. El clima volvió a ser festivo y de confidencias, evocaciones, carcajadas y abrazos a las maestras de aquellos días. La noche continuaría reuniéndolos en una cena como corolario del festejo.

“¿Cómo puede vivir quien no lleva a flor de alma los recuerdos de su niñez?”, preguntaba Miguel de Unamuno, escritor español. Aquí quedó en evidencia que los egresados de la Escuela Ameghino viven con la memoria intacta y poblada de evocaciones felices, relacionadas con días de infancia y sus experiencias escolares. Coincidimos los docentes que hemos sido parte de esa trayectoria y tuvimos la bendición de tantos alumnos en las aulas. Una profesión que nos enriqueció año tras año y hoy nos permite estos reencuentros para recoger el producto de aquella siembra.

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