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El grito imperecedero de Mayo

No importa en qué lugar geográfico nacemos, si es ciudad o pueblo pequeño, para generar hábitos saludables desde los primeros años de la infancia.

Mi hermano tenía siete cuando me asomé a la vida un 14 de abril, coincidiendo con un Jueves Santo. Además de esa circunstancia, como segundo nombre me bautizaron Jacinta, el nombre de mi abuela materna, de quien se contaba que “era una santa”.

Los años comenzaron a correr en una casa modesta y alquilada, con mi padre repartidor de una sodería, para lo cual usaba una volanta tirada por dos caballos.

Llevaba alpargatas y ropa de trabajo; le gustaba conversar y era amigo de todos los pobladores, ya que diariamente entraba a la casa de cada familia. Dueño de buen vocabulario, respetuoso, nutrido en conocimientos porque leía los diarios y era muy lector en general. Estos modelos paternos encendieron hábitos en los niños de la casa.

Cuando mi hermano hacía las tareas hogareñas yo estaba siempre a su lado. Me fascinaban los mapas, los dibujos, los libros de lectura que él usaba, así que mi ingreso a la escuela primaria se vio favorecido por ese contacto y adiestramiento previo. La lectura me atrapó; los libros se convirtieron en mis amigos indeclinables.

En el fondo del aula existía un armario que oficiaba de biblioteca. La maestra había dado consignas: Quien concluía un trabajo, debía aproximarse a ese armario mágico para elegir un libro; también se podían retirar para llevar a domicilio.

El dominio de la lectura a través de los grados me acercó a la otra Biblioteca Pública, que funcionaba allí mismo, en una sala aparte y debíamos asociarnos para retirar los textos.

Seguramente fui la socia más joven y en ese ámbito comencé con mi alimento espiritual y del intelecto. Conocía autores nacionales y también los lejanos, conforme iba cumpliendo años y sumando apetencias.

Las maestras conocían y ponderaban mis hábitos, además de elegirme para recitar poesías durante los actos escolares, una práctica que me dio riqueza de vocabulario, acopio de ideas y estilos, además de capacidad para la selección de textos. Más adelante, me hacían leer mis redacciones durante los actos públicos.

Sumadas a las notas de la libreta de calificaciones, las expresiones de estímulo en los márgenes de mis cuadernos me alimentaban y marcaban total complacencia por las clases de redacción, especialmente.

Un día, la maestra titular faltó a clase porque estaba enferma. Algo inusual en ella. Apareció una reemplazante joven, sobrina del director de la escuela. La conmemoración del 25 de Mayo se acercaba y la docente debía cumplir con las consignas que le había dejado la maestra titular. Conversamos sobre la Revolución de

Mayo, el Primer Gobierno Patrio, los principales acontecimientos, etc., aunque no quedó constancia escrita en la pizarra. Acto seguido, debíamos redactar sobre el tema.

Además de apasionarme la literatura, la historia patria también me atraía con fervor. Las lecturas habían enriquecido mi léxico; la memorización de poesías para los actos escolares me proporcionaba giros literarios, ideas originales, contenido histórico más profundo, con loas a los hombres de Mayo y sus actos.

Era costumbre llevar a corregir los trabajos por la maestra que se hallaba sentada frente a su escritorio; la rodeábamos con cariño, “espiando” las notas que adjudicaba a cada compañero. No para competir; era inocente curiosidad.

Cuando le entregué el cuaderno con mi redacción, a medida que iba leyendo yo notaba expresiones raras en su rostro. No entendí qué estaba pasando. En cierto momento se puso de pie, golpeando con fuerza y repetidamente mi cuaderno sobre su escritorio.

Pasmada, la escuché gritar: “¡Esto no lo escribiste vooooossss!!!”- Y acto seguido, se fue hasta mi pupitre para revolver mi material mientras seguía golpeando todo con énfasis contra el banco. Jamás habíamos presenciado algo así y mi llanto surgió, fluido y sonoro.

¡¿Qué buscaba?! ¿Un libro del cual yo supuestamente copiaba? ¿Papeles como machetes? Esa palabra la aprendí mucho después, cuando cursaba en la Escuela Normal N° 4 de Rafaela para obtener el título de docente del nivel primario.

Y en medio del fragor: gritos, golpes y llanto, emergió la palabra mesurada de Juancito Flessia quien, parado imprevistamente junto a su banco, levantó su voz para proclamar: “¡La Chelita siempre escribe así!” Y entonces… se desató la imitación; todos mis compañeros se pararon junto a sus bancos para reafirmar lo dicho enfáticamente por Juan.

Creo que el detonante de tamaña sorpresa y el enojo fue, especialmente, un adjetivo. Yo había escrito… “el grito imperecedero de Mayo”. ¿Cómo, una alumna de 5° grado de escuela primaria en un pueblo pequeño, podía conocer el significado de “imperecedero”? Debí haber usado eterno, inmortal, infinito, pero yo dominaba lo que era perecedero o imperecedero, así que me pareció normal utilizar ese vocablo. Además, seguramente la maestra entendería, pensé.

¿Si pidió disculpas? No lo recuerdo. ¿Si puso una valoración adecuada? No lo sé. Pero sí recuerdo que desde ese día amé más aún a mis compañeros de aula. A todos, sin excepción.

En aquella época los padres no concurrían a la escuela para protestar o acusar. Y yo no abrí la boca al llegar a mi casa. A la noche regresó mi padre del trabajo y después de la cena me dijo: “Me contaron que hoy lloraste en la escuela.”

Pensé: “Pueblo chico, infierno grande”, como afirma un dicho popular. Infierno fue lo que yo viví mirando a la docente que me gritaba, desaforada, cuando revolvía alocadamente mi pupitre.

La anécdota cruzó la línea unidireccional del tiempo y continúa, indeleble, en la memoria. ¿Cómo olvidarla? La vergüenza y la incredulidad se apoderaron de mí en esa escuela tan amada.

Mi hija, profesora de Literatura, la conoce a través de mis labios; mis seis nietos también. Una de las niñas volvió llorando un día de la escuela porque escribió “a través” y la docente se lo corrigió con estridente rojo: “a travéz”. Confirmé así que en todos los tiempos hay educadores que provocan el llanto de sus alumnos.

Hoy, con 34 ediciones que llevan mi firma- entre revistas y libros-, no puedo ofrecerlos como testimonio de cómo ha sido mi vida porque aquella maestra seguramente ya ha abandonado este mundo.

Pero quizás, algunos de esos exalumnos queridos que recuerdan su experiencia escolar en el pueblo podrían evocar aquel suceso lamentable y lejano ocurrido en el aula. Quizás.

La Fundación «Puente a la Vida» de Resistencia (Chaco), llevó a cabo su Concurso Literario destinado a publicar su Primera Antología con los trabajos premiados. Podían participar los adultos mayores y narrar una anécdota o vivencia en Primera Persona. «El grito imperecedero de Mayo» fue como se tituló mi trabajo presentado para narrar una dolorosa experiencia escolar de la infancia.

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