Jorge y Antonia se casaron el 06/04/1920. Les permitieron, los que después fueron nuestros abuelos argentinos, que vivieran en una precaria casita-tambo, que estaba al fondo del patio de la casa paterna.

«Chocho» sujeta la foto de casamiento de sus padres: Antonia y Jorge (Foto: Diego Rosso).

El joven matrimonio se vio alegrado con la llegada de sus hijos. La primera fue mujer, Ermelinda, clase 1920. El segundo un varón, Delio, en 1923. El tercero fue Odonel (1926). El cuarto hijo, Olivio, nació en 1928. La quinta, Margarita, clase 1931. El último y sexto hijo fue Clanel Jorge (Chocho), nacido en 1936. Lamentablemente, Odonel falleció teniendo apenas 9 añitos, en 1935. Yo, Chocho, no lo conocí, y por este motivo surge mi nombre, hasta ahora, único: querían que rimara Clanel, con el finadito Odonel.

Mientras papá Jorge, a base de trabajo, lucha y sacrificio, logró formar un hermoso hogar, su pobre hermanito Ambrosio se había quedado en Italia, con esa tan corta edad de 15 años. Al estallar la mencionada guerra en 1914, convocaron jóvenes de entre 16 y 22 años, y él también fue incorporado para defender al país, en ese sangriento y mortal enfrentamiento contra el enemigo.

La guerra duró 4 años, pero gracias a Dios, o el destino, Ambrosio, que ya había pasado a ser nuestro tío, había sobrevivido. Pero en lugar de darle las gracias por haber combatido y defendido la patria, como ya tenía 20 años cumplidos, lo obligaron a realizar dos años de servicio militar.

Cuando por fin le llegó la libertad de ese triste martirio, y agradeciendo siempre a Dios de seguir con vida y con la mente sana, Ambrosio les dijo a sus pobres padres que quería ir a la Argentina, para encontrarse con su hermano Jorge, y lógicamente, conseguir trabajo allí. Les prometió que les iba a escribir continuamente, haciendo conocer cómo le iba a Jorge con su familia, la nuera y los nietos argentinos, y que ni bien pudiera reunir algo de dinero, los visitaría personalmente.

La llegada del tío Ambrosio a la Argentina, no tengo seguridad exacta, pero creo que fue a principios del año 1923. El matrimonio de papá y mamá, para esa fecha tenía tres hijos: Ermelinda, Delio y Odonel. Luego llegamos los otros tres, formando un total de seis hermanos.

Ya por esos años, el tío Santiago Ingaramo, hermano de mamá, había recibido unas 50 hectáreas de tierra, como así también los demás tíos varones. Al hacer nuestro abuelo Francisco Ingaramo las divisiones de los bienes, a las hijas mujeres les correspondió una pequeña suma de dinero en efectivo.

El tío Santiago le ofreció a papá, alquilarle esas hectáreas que estaban situadas en la colonia de San Antonio, es decir, limítrofe con Vila. Nos separaba un camino entre las dos colonias. El terreno estaba ubicado 5 kilómetros al este del pueblo de Vila, y 12 kilómetros al oeste de San Antonio, pueblo que yo nunca conocí.

Papá aceptó el ofrecimiento, de ser inquilino en ese campo, que tenía una precaria casita donde fue a vivir, junto a mamá y sus dos primeros hijos.

Por ese entonces, se explotaba la agricultura, de trigo, lino, mijo, entre otros cultivos, siendo considerada la Argentina como el primer Granero del Mundo. Después se comenzó con la ganadería y la lechería.

Corría el año 1930. Papá había logrado formar un buen plantel de entre unas 20 y 25 vacas lecheras, que le daban una buena cantidad de leche. Papá y mamá ordeñaban todo a mano, con la ayuda de los pequeños Ermelinda y Delio. Jorge la entregaba, mejor dicho, la llevaba a la cremería de los hermanos García, situada en la localidad de Castellanos, ubicada a unos 15 kilómetros hacia el este de San Antonio, en una jardinera tirada por dos caballos.

En ese período, papá tuvo un grave accidente. Era su costumbre general, cuando se iba a buscar algo del vecino, herramientas u otras cosas, ir en un trineo tirado por uno o dos caballos. Para usar ese vehículo sin ruedas, había que ser muy guapo.

Ese trineo estaba formado por dos tirantes de madera de un metro de largo, unidos con una plataforma lógicamente de madera, clavada en ambos, también de un metro de ancho aproximadamente, que permitía estar parado sobre el mismo. Desde luego que los caballos estaban con bozales, freno, pechera, tirantes y las riendas, para manejarlos, y en este caso, sostenerse. Cuando los caballos tomaban su trote habitual, era la sensación de un paseo muy agradable.

Cierto día, papá iba de un vecino, el Sr. Don Zenovio Mautino, a unos 3 kilómetros al sur de casa. En el trayecto, los caballos notaron que al costado del camino, había una vaca muerta, y frenaron de golpe, haciéndole perder la estabilidad a papá, que puso la pierna derecha delante del trineo. Los caballos arrancaron de inmediato, quebrándole la pierna en tres pedazos.

Papá, con la ayuda de Dios, logró detener a los caballos, se acomodó como pudo en el trineo con su pierna hecha pedazos, sostenida solo por la piel, y pensó que si volvía a su casa, Antonia y los chicos se iban a asustar mucho, por lo que decidió ir de Don Mautino.

Cuando llegó al patio de Don Zenovio, este buen señor era muy sensible, lloraba por cualquier cosa y tenía un dicho de llamar a los demás: «Bien venito filio mío». Papá, con una fuerza descomunal, no se desmayó y aguantando todo el dolor, le dijo que se fije cómo tenía la pierna. Con la ayuda de los hijos de él, lo subieron a Jorge a un auto Chevrolet modelo 1927, que tenían, y lo llevaron al sanatorio de Vila, del Dr. Romero Acuña. No había teléfonos ni celulares, pero de inmediato, no se quién, le llevó la noticia de la desgracia a mamá. Imagínese usted la reacción de ella.

En el sanatorio le hicieron todas las curaciones necesarias, acomodándole los huesos de las tres quebraduras y lógicamente, enyesándolo. Lo tuvieron veinte días internado. Jorge pedía cualquier cosa para que le corten el yeso. Él decía que tenía que volver a casa para trabajar. Mamá habló con el tío Ambrosio que no tenía trabajo fijo, solamente hacía changas en distintos lugares, para que vaya a vivir con ellos y realizar las tareas que papá no podía. El tío aceptó rápidamente, llevó las pocas pilchas que tenía, un catre con el colchón, y se instaló en un galponcito donde se guardaban distintas cosas.

Papá no se cuidaba para nada. Caminaba con muletas y trataba de hacer algo. Era imposible tenerlo quieto. Estuvo más de cinco meses con el yeso, ya que cuando se lo renovaban, notaban los médicos que no se habían curado las quebraduras.

Mamá, los chicos, y el mismo tío Ambrosio, estaban asustados, amargados, y tenían miedo de que le pasara a papá, lo mismo que a un primo, Domingo Ingaramo, que había tenido una quebradura de pierna: se le infectó de tal manera que tuvieron que cortársela. Yo lo conocí al primo, caminaba con una sola pierna y con la ayuda de muletas. Como había muchos parientes con el nombre Domingo, a este primo lo apodaban cariñosamente y con todo respeto: «Domingo sensa gamba». Gracias a Dios, papá sanó de lo mejor después de todo ese tiempo, y comenzó a caminar como si nunca le hubiera pasado nada.