Ayer domingo, Día de la Madre, con mi hija Verónica regresé a Ataliva, mi adorado pueblo natal. No quiere decir este adjetivo “adorado” que desprecie a Sunchales, ciudad que tanto nos ha ofrecido. Pero 28 años de permanencia allá, con tantas etapas importantes transcurridas: nacimiento, escuela como niña y docente, familia, amigas, boda, maternidad y periódicos regresos convocada por sus habitantes para escribir la historia de ese lugar inolvidable, no pasan desapercibidos y son captados en mi ya extensa y dinámica biografía.
“Jamás leí algo tuyo que fuera triste”, me dijo un día Cristina Saleme de Rambaudi y, sorprendida, por primera vez comprobé que así era.
Realmente, ¿para qué evocar tristezas si en el calendario personal hay tantas etapas positivas que ninguna relación tiene con amarguras
notorias, ni pérdidas valiosas? Y todo quedó demostrado en los saludos, los abrazos, los gestos, los llamados, recuerdos y sonrisas.
El espacio allí donde reposan tantos seres amados se llenó de reverencias, abrazos, recuerdos que podrían haber durado horas, tan grande era el volumen de la evocación. Recorríamos el contorno de un antiguo panteón o un pasillo y hallábamos a otro atalivense de aquella etapa. Convertido en padres de familias o abuelos, generosos habitantes que pusieron a actuar su memoria y recurríamos a los abrazos, las sonrisas, la memoria intacta a pesar de los años transcurridos.
Seguramente este lunes el pueblo conocerá la noticia por la tarde y la completará con los comentarios de los demás habitantes, que también fueron mis vecinos, alumnos o conocidos de aquella maravillosa época infantil o juvenil.
Lamentablemente, recibí a veces y de parte de muy allegados a mi historia personal, compañeras (una amiga y una prima) que salieron del
pueblo con recuerdos grises. Comentarios hirientes de allá a lo lejos, increíbles y según mi corazón, inexactos, incomprensibles y dolorosos.
¿Cómo no me había dado cuenta antes? ¿Y con qué reformar esos nefastos criterios?
Por eso escribo, dejando constancia de los inmensos valores generalizados por mi querida Ataliva. Todo lo que recogí en gestos, palabras, abrazos, información, teniendo como escenario el camposanto sacramental me enriqueció la memoria y mi hija Verónica, también docente, acompañándome documentó además su propia memoria.
Tantos años suyos de enseñanza en un pueblo como Raquel, a través de la dirección de la Escuela Secundaria, le dejarán para siempre la riqueza ineludible de los días transcurridos. La cosecha que acopiamos en las aulas y dentro de toda una institución escolar es valioso caudal íntimo, un patrimonio imborrable.
Quienes así no lo supieron reconocer, cierran su corazones y no pueden alcanzar la facultad de amar y sentirse dueños legítimos. Una riqueza que no todos suelen lograr.
No solo fue el Día de la Madre. Fue la luminosa mañana de los reencuentros con la facultad de poder apreciar la riqueza de la cual somos auténticos dueños.


