(Por: Claudia Guebel) – “Líbrennos los dioses cívicos de los fariseos del republicanismo y de los energúmenos que invocan, incansables, la virtud pública y la democracia sólo para avasallarlas
La teoría republicana da cuenta de que la Moral, aquél conjunto de costumbres, creencias, valores y normas de una persona o grupo social determinado que ofician de guía para el obrar, vale decir, que orientan acerca del bien o del mal — correcto o incorrecto— de una acción, deviene, en un primer momento, desde el fuero interno de cada uno de sus ciudadanos para luego ser traspolada a cada uno de los órganos y componentes del Estado.
Y ello es así, justamente, para consolidar la formación de una auténtica moral republicana capaz de guiar la actuaciones de todos aquellos hombres y mujeres que se encontraren insertos en la estructura del Estado, con la finalidad claro está, de que el mismo marche hacia la consecución de sus objetivos, es decir, el bienestar y la felicidad social.
En tiempos de excéntricos y grandilocuentes líderes trasnacionales, tal el caso del Presidente de Venezuela Hugo Chávez, su permanente diatriba e invocación al Libertador Simón Bolívar, curiosamente, marca algunas incongruencias filosóficas y preanuncia, sin piedad, el más cruel de los vaticinios para nuestras democracias. El Libertador se pronunció expresándose así, hace ya muchísimos años: “Sin moral republicana no puede haber gobierno libre”; indicando a su vez, que “la destrucción de la moral pública causa bien pronto la disolución del Estado”.
No pretendo aquí hacer una apología de los recientes episodios de público conocimiento. Antes bien, poner en evidencia que la concepción republicana no se refiere sólo a derechos inalienables inherentes al libre albedrío, cuya única limitación permitida sería la del respeto a la libertad ajena, sino que su referente inmediato es abiertamente estructural: la libertad existe sólo cuando no hay dominio improcedente (cuando ni príncipe ni la ”politeia” se inmiscuyen arbitrariamente en la vida y decisiones del ciudadano) y cuando la ley es soberana.
Conferir soberanía a la ley (a las reglas del juego) para proteger la libertad, asumir que existe un bien o interés común por el que hay que luchar, y que debe descubrirse (no inventarse arbitrariamente) cívica y discursivamente, cultivar virtudes públicas (puesto que hay vicios e inclinación a ellos), fomentar el asociacionismo altruista (puesto que hay propensiones muy fuertes al egoísmo) supone un buen punto de partida para la reconstrucción de la Nación Argentina y de una mejor calidad de integridad regional con los países vecinos.
Como alguna vez señalara un destacado profesor de filosofía política: “Líbrennos los dioses cívicos de los fariseos del republicanismo y de los energúmenos que invocan, incansables, la virtud pública y la democracia sólo para avasallarlas”.
Vale la pena destacar que este núcleo de la concepción republicana expresado por los valores de fraternidad, civismo, soberanía de la ley, autonomía, conciencia del interés común, patriotismo como conducta, no como retórica- es crucial en estos días para la consolidación de nuestro sistema político democrático.
Será preciso, entonces, reconocer que cada época exige el cultivo y florecimiento de ciertas disposiciones y facultades más que de otras.
Una cortina de bienestar, goce consumista, entretenimiento mediático y mentiras ideológicas ceba las conciencias de sus ciudadanías, para transformarlas en una masa dichosa y anodina.
El año que se avecina seguramente traerá el mensaje ineludible al conjunto de los Partidos Políticos argentinos de cumplir con el rol que están llamados a tener: para democratizar y transparentar la sociedad, para tonificar los músculos endebles del Sistema Republicano. Y ello, seguramente demandará la autonomía de los ciudadanos como seres que no sólo entienden fraternalmente la convivencia humana sino también, de igual modo, el cultivo mismo de su facultad racional.
Felices Fiestas.
Lic. Claudia Guebel
Secretaria Administrativa y Técnica
H. Convención Nacional
Unión Cívica Radical

