(Por: Gustavo Demarchi) – Haciendo gala de una soberbia coherente con la presente “Era Cristina” (recuérdese, que la Presidenta de la Nación no trepidó en calificar despectivamente como un mero yuyo al principal cultivo de exportación del país), el titular del INAES (Instituto Nacional de Asociativismo y Economía Social) sostuvo que los productores agrarios, al realizar la actual protesta estarían cometiendo un error. El presidente del Instituto sugiere que los chacareros, por defectos de comunicación, no están en condiciones de comprender en qué consiste la problemática agropecuaria. Por ello, con el fin de aclararle el tema a los desorientados, el Dr. Patricio Griffin en una nota reciente les explica que existen “dos modelos de producción y de acumulación agrícola», encontrándose el esclarecido funcionario en condiciones de indicar en cuál de estos encuadramientos deberían enrolarse los productores para gozar de un futuro venturoso y no tener que andar cortando rutas y soportando situaciones crispantes como las que atraviesa el campo en estos días.
Luego de enunciar la referida proposición dicotómica, Griffin arremete con una argumentación que no necesita demostración, ya que la misma pertenece a la clase de planteos que, pergeñados en el siglo pasado, mantienen vigencia en las poco aggiornadas tolderías políticas vernáculas. Se trata de una versión maquillada de la remanida consigna ideológica “Patria sí, colonia no” que, no obstante ignorar la compleja y diversificada estructura de la economía agropecuaria contemporánea, resulta de utilidad para eludir preguntas incómodas con un discurso en apariencia irrebatible. De este modo, a aquéllos que deben expedirse sobre el tema de más candente actualidad –la masiva huelga rural que paraliza al país-, la receta maniquea que esgrime Griffin les permite salir del paso airosamente. Dicha exposición apela a un nacionalismo panfletario dirigido a los “militantes” que pululan en los extensos y generosos pliegues del poder, que están acostumbrados a manejarse con eslogan impactantes y pegadizos por más anacrónicos y prejuiciosos que éstos sean.
Aplicando una escolástica sociológica elemental, más retórica que analítica, nos enteramos de boca del “didáctico” presidente del INAES, que en el abigarrado y extenso sector agropecuario doméstico, de un lado se encuentra “El Complejo Sojero Multinacional” integrado por empresas monopólicas extranjeras que estarían instaladas en el país desde un poco después de las Invasiones Inglesas; mientras que, en la vereda de enfrente, revistaría el «Complejo Cooperativo Nacional».
Así esquematizado el ámbito rural argentino, debemos alertar que el planteo es parcial y reduccionista porque ignora al 60 % de los agentes que intervienen en el agro; esto es, a miles de explotaciones PyMEs que generan cereales, semillas oleaginosas y un sinnúmero de cultivos regionales a lo largo y lo ancho del país; se olvida de la ganadería vacuna, ovina, avícola, porcina, etc.; las actividades específicas como la algodonera y la citrícola; también ignora a un ejército de contratistas rurales, a centenares de acopiadores y a decenas de corredores de granos que en una proporción considerable poco o nada tienen que ver con alguno de estos dos “extremos” que taxativamente pretende imponer como continentes excluyentes del sector. (Por lo visto, ante la limitada información descriptiva de la economía agraria ofrecida por su presidente, debemos suponer que las estadísticas del INAES son tan poco confiables como las del INDEK).
Cabe aclarar aquí que, si bien es deseable que la participación del cooperativismo agropecuario en el PBI sectorial se incremente en el futuro, lo cierto es que en la actualidad su aporte ronda el 15-18 % del conjunto de la actividad rural, mientras que existen miles de actores económicos prestadores de diversos servicios, junto a otros tantos pequeños, medianos y grandes productores que realizan sus negocios en forma independiente y están vinculados con acopiadores y corredores privados. Es decir, que existe un universo de operadores que no están encasillados en ninguna de las dos opciones antitéticas definidas por el Dr. Griffin, quien no reporta ningún estudio microeconómico que dé respaldo a su temerario aserto.
A renglón seguido, el funcionario vuelve a equivocar el diagnóstico cuando dice que el “complejo sojero multinacional” (Cargill, Bunge y Dreyfus) exporta para incorporar valor agregado en países extranjeros, mientras que su supuesto adversario doméstico procesaría la cosecha granaria en forma local. La realidad es bastante diferente: la mayor parte de la soja, sea cual fuere el agente comercial, se industrializa en plantas ubicadas en territorio nacional (el polo aceitero de Rosario y su hinterland). Es más, en varias campañas agrícolas se ha importado la semilla oleaginosa desde Paraguay, Bolivia y Brasil para abastecer la elaboración de aceites vegetales, pellets y expellers. Por eso, la Argentina es uno de los principales exportadores de derivados sojeros. (Lo mismo ocurre con el aceite de girasol, del que somos el primer exportador mundial.)
Corresponde agregar, que la agro-industria transformadora y el comercio exterior son áreas de actividad que funcionan en condiciones de competencia donde actúan operadores que son, tanto empresas cooperativas como sociedades comerciales de capital nacional y extranjero. En este punto, conviene tener en cuenta que la participación de compañías de diferente dimensión, condición societaria y nacionalidad es habitual desde siempre en la mayoría de las naciones que, como la nuestra, cuentan con un relevante sector agropecuario orientado al comercio internacional.
Además, puede presumible que el funcionario que desconfía de la capacidad de comprensión de los productores rurales, no conoce qué es lo que estuvo ocurriendo en tan dinámico escenario durante los últimos decenios.Veamos, entonces, algunos de los cambios que han afectado más profundamente a la actividad:
Por un lado, luego de varias décadas estancada, la producción en general se multiplicó exponencialmente como no ocurría desde la 2da. Guerra Mundial. Este importante salto cuantitativo de los volúmenes cosechados vino acompañado de relevantes cambios cualitativos en las respectivas cadenas de valor. Entre las novedades más destacables hay que ubicar la incorporación de moderna ingeniería biogenética que contribuyó a incrementar de modo ostensible la competitividad en la generación de granos transgénicos con destino al mercado internacional.
Por el otro lado, los adelantos operativos y tecnológicos se dieron, no sólo entre las «odiadas» compañías extranjeras especializadas en concretar “agro-business”, sino que también las grandes centrales cooperativas (ACA, AFA, SANCOR, Milkaut, etc.) entablaron alianzas estratégicas con consultoras internacionales proveedoras de know-how específico y con el propósito de viabilizar inversiones de riesgo, incrementar las escalas operativas, incorporar sistemas de gerenciamiento empresarial y métodos de industrialización de avanzada, etcétera. Por su parte, en los estratégicos terrenos de la gestión comercial y financiera se formalizaron joint-ventures encaminados a posicionar y a intervenir en los diversos mercados, los cuales, por su parte, comenzaron a expandirse de manera sostenida al influjo de la fuerte demanda de alimentos y de productos primarios proveniente del continente asiático. Es decir, que tanto el «complejo cooperativo nacional» como el «complejo sojero multinacional”, como los denomina Griffin con maniqueo simplismo, han estado funcionando de modo conjunto durante los últimos años; comportamiento que ha reportado, a unos y a otros, importantes beneficios.
Lo dicho en el párrafo precedente no implica que las empresas de acervo nacional y las de capital internacional, como las PyMEs y las cooperativas agrarias de 1er. y 2do. grado, no mantengan importantes diferencias de criterio, de enfoque económico-social y de intereses entre sí. Lo que sí es verificable en la presente etapa, es que ha sido más fuerte el flujo de cooperación y complementación inter-empresarial más allá de las fronteras formales, que la confrontación salvaje del tipo «Patria o colonia» que insinúa el señor Griffin remedando un eslogan de la pasada Guerra Fría; postura que acicatea una actitud emocional –la xenofobia- que entre los argentinos está muy arraigada y, a veces, es francamente irracional.
La realidad indica que el agro, como otras tantas actividades económicas, hoy experimenta el vertiginoso proceso de interacción dinámica entre los más diversos actores que se vinculan entre sí en todas las latitudes del planeta, el cual es impulsado por el imparable desarrollo de las comunicaciones, la informática y por la expansión de los mercados globales al ritmo que impone el masivo ingreso de cientos de millones de nuevos consumidores. Este fenómeno –por si alguno no lo sabe aún- se denomina globalización; cambio revolucionario que implica la transnacionalización en tiempo real de los emprendimientos humanos, lo que no es consecuencia de una conspiración tramada por el neoliberalismo, como creen las mentes recalcitrantes.
Un ejemplo concreto de la complementación entre organizaciones de diferente signo empresarial, fue dado por la incorporación de las primeras semillas modificadas que llegaron a la República Argentina de la mano de la «aborrecida» multinacional Monsanto; tecnología que el chacarero, el mediano y el gran productor nacional adoptaron de inmediato con excelente resultado, y que ha servido para que el país se convirtiera en una potencia mundial cuando dicha innovación aún generaba poderosas resistencias en el hemisferio norte. En este punto, una breve digresión: son memorables los disparates que los grupos ecologistas, financiados por la ineficiente agricultura europea, dijeron en contra de los cultivos transgénicos.
El litigio entablado alrededor del reconocimiento de los royalties que la mencionada compañía extranjera pretende percibir por los insumos distribuídos, no alcanza para empalidecer la transformación ocurrida en el campo y en la industria procesadora a partir de la introducción de tales adelantos tecnológicos. Téngase en cuenta, además, que este tipo de tecnología de punta generalmente es obtenida por poderosos laboratorios transnacionales, por ser éstos los únicos que cuentan con capacidad de investigación, de experimentación y de financiación para acometer programas I+D costosos y de incierto resultado final.
Otro subsector fuertemente influenciado por la incorporación de tecnología y métodos importados ha sido el lácteo, hoy líder en los mercados demandantes del mundo gracias a un intensivo proceso de modernización que, liderado en su momento por la cooperativa SANCOR, permitió que el país incorporara procedimientos novedosos y eficientes en la cadena de valor, desde la originación tambera a la elaboración en renovadas plantas industriales de un crecido espectro de derivados alimenticios.
Habría que agregar, con el propósito de contrarrestar la concepción aislacionista que exhibe el enfoque del Dr. Patricio Griffin, que una de las claves del impresionante desarrollo económico y social que protagonizan los países de Asia -en especial, China e India- está en el hecho de que sus gobiernos no han puesto problema en entablar alianzas estratégicas con compañías multinacionales de Occidente, de modo de movilizar con tecnología moderna, financiación adecuada y el consiguiente acceso a los mercados de abastecimiento más sofisticados, la extraordinaria potencialidad productiva de sus respectivas naciones, la que se había mantenido dormida durante décadas merced a la contumacia de dirigentes burocráticos, mediocres y miopes.
El presidente del INAES, aficionado a las dicotomías antagónicas (como buena parte de la clase política criolla) se ocupa de indicarle al ingenuo o desinformado productor rural quién es el enemigo y cómo debería atrincherarse para combatirlo. Ante esta propuesta, habría que contestarle que si la cuestión pasa por una opción maniquea del tipo blanco-negro, bueno-malo, debería reconocer que ésta existe y que, precisamente, es a partir de la formulación que hacen las organizaciones agropecuarias que han decidido encarar una protesta a nivel nacional que, por su magnitud y masividad, no tiene antecedentes en toda la historia argentina. En efecto, agricultores, chacareros, tamberos, ganaderos, pymes, estancieros, acopiadores, terratenientes, cooperativistas, algodoneros, criadores, corredores, poroteros, contratistas, tabacaleros, fruticultores, viñateros, etcétera, junto a una miríada de prestadores de servicios específicos y generales que también viven en los pueblos y las ciudades del interior, han comprendido cabalmente que sus diferencias internas son relativamente menores frente al gran obstáculo que hoy se ha interpuesto en su camino.
Se trata del Estado Depredador, que se está apoderando del fruto de su esfuerzo cotidiano no ya para reintegrarlo en obras y servicios eficientes que la comunidad reclama con todo derecho de un régimen federal (como lo estipula la Constitución), sino para sostener una onerosa estructura burocrática prebendaria que crece al compás de los requerimientos de la política espuria.
Este encuadre indica, que la fenomenal movilización popular que hoy protagoniza el interior argentino, que aúna las voluntadas de centenares de miles de hombres y de mujeres vinculados con el agro, que se encolumnan tras sus organizaciones representativas (CONINAGRO, CRA, FAA, SRA y Autoconvocados), están diciéndole al gobierno nacional que su opción es la firme defensa de las actividades productivas ante la intolerable exacción impositiva que está destruyendo la genuina riqueza productiva nacional. Política que, desde los estamentos del poder, se pretende imponer a la sociedad civil con el propósito de alimentar la hoguera fiscal donde se cocina el incesante despilfarro de recursos públicos con fines clientelísticos (y de corrupción, como puede presumirse), drenaje dinerario que constituye la verdadera causa de la ascendente espiral inflacionaria que deteriora el nivel de vida de la población y que el gobierno no está en condiciones de contener.
Es de prever, entonces, que los voceros del oficialismo sigan difundiendo «teorías» conspirativas y agonales destinadas a generar cortinas de humo que cambien el eje de la cuestión; a demonizar -desde una posición facciosa- a empresarios, productores y trabajadores; a incitar a unos en contra de otros y a apelar a la retórica vacua para explicar lo inexplicable: la insólita situación que atraviesa la República Argentina que, merced a la trasnochada política vigente, está desaprovechando y malogrando la mejor oportunidad económica que nos brindó el contexto internacional en los últimos 120 años.
Mientras tanto, el hombre de campo -tozudo como es- seguirá sin comprenderlos. Desde el costado de alguna ruta de la patria o trepado a su tractor y tomando mate para protegerse del frío, seguirá soñando con un país menos arbitrario, más justo y mejor administrado, tal como lo imaginaron sus antepasados. Un país donde progresen solamente los que trabajan.

