
(Material de Internet) – Cada población tiene sus personajes. Hombres o mujeres singulares grabados en el recuerdo de los niños que se vuelven adultos y cuando la nostalgia los invade, rememoran el ayer con escenas y protagonistas agigantados en el espejo del tiempo. La historia nos otorga un nombre que no puede dejar de mencionarse porque sin él la ciudad perdería su cuota de inocencia proclamada a grandes voces.
¿Quién no conoció a Américo Aresca? Un grandote popular, con la ingenuidad de la infancia, amigo de toda la población. Cuando lo veíamos preguntándonos… “che, ¿va a llover?”, u ofreciéndonos volantes y números de lotería, cuando nos apretaba la mano con el “saludo de la paz” en el templo dominical, cuando gesticulaba y hablaba solo por la calle, nos sentíamos propietarios colectivos y legítimos de su identidad.
Ese grandote bueno devolvía dinero si lo hallaba, recorría todos los velatorios porque conocía cada dolor familiar, saludaba a todo el mundo con su sonrisa desdentada y supo conquistar innumerables amigos que lo protegieron y se sintieron sus hermanos mayores.
Fue el hombre que amó a este Sunchales como continente único de su existencia y sintió que los habitantes lo adoptaron con una paternidad exclusiva. Su imagen perdura en la memoria conjunta y un pájaro de metal en la Plaza Libertad como homenaje al Amigo Sunchalense -obra perteneciente al artista local Darío Carnero–, lo implanta en ese sitio transitado a diario, mirando hacia el oeste la avenida de sus recorridos, como ave de alas libres.

