Aquellas vacaciones en el pueblo

El período de clases nos trasladaba a Martha Ramb y a mí hacia la Escuela Normal de Rafaela y a Ladis Visconti hacia San Francisco. Con Martha compartía en vacaciones el tenis criollo (de 6 a 8hs.) antes de que apretara el sol en la pista del club Independiente de Ataliva. Nos concentrábamos unos seis o siete entusiastas practicantes del tenis con paleta. Recuerdo haber ganado un campeonato siendo compañera de Nenucho Visconti.

Luego un baño refrescante y asistíamos después las tres al taller de costura de Emilse Ingaramo, la mamá de Caito. Charlas entusiastas, risas, compañía, la mañana se evaporaba rauda y la más interesada por la costura era yo, pero en mi casa no había máquina de coser. Nuestra atenta vecina Nélida de Ercole, la mamá de Raúl y Juan Carlos, me ofrecía su máquina de coser y allí finalizaba los trabajos, por ejemplo mi primer vestido celeste para cuando comencé a bailar un 15 de agosto en la fiesta del pueblo. Allí bailé por primera vez con quien fue mi marido, recibido ya como docente el año anterior en la misma Escuela Normal y ahora debía tomar el ómnibus hacia Ataliva desde Hersilia, su lugar de residencia.

Por la tarde la lectura ocupaba largas horas de entusiasmo. No había corriente eléctrica hasta las 18, así que la abundante fronda de los frutales en el patio servía como atenuante del clima; allí alimentaba mi espíritu y el intelecto leyendo la excelente literatura que me ofrecía la Biblioteca Popular “Domingo F. Sarmiento”. Institución a la cual en el presente doné 1000 ejemplares de mi propia colección. Por cuestión de espacios, aún conservo aquí más ejemplares que fui cosechando como docente y como ferviente lectora. Otros doscientos treinta fueron al Barrio Moreno y a mi Barrio Sur, hace ya tiempo.

Repaso diariamente y me informo sobre las actividades en mi pueblo inolvidable; allí compruebo sobre la pluralidad y diversidad de talleres. ¡Qué maravilla! Una profusión de ofertas para todas las edades, sin retaceos. Como si esto fuera escaso, sumaron la pileta pública encarada por el club Independiente y seguramente otras familiares para disfrutar de los veranos con intensidad y cercanía. He tenido contacto con gente allegada de aquel tiempo que reniega de su pueblo natal. ¿Cómo pueden? ¿Qué daño tan grande les hizo Ataliva para encontrar tantos grises en la historia personal? Entendí luego que no valía la pena tratar de revertir tanto desprecio.

Ocho libros de mi autoría les he dedicado para dejar testimonios y mis padres descansan allí, como me pidió mi madre de apellido Schiavi, quien valoraba la figura del padre inmigrante y amaba profundamente a su pueblo natal, inyectando esos sentimientos en el alma de sus dos hijos.

Construcción de la pileta de Libertad, año 1971. Libro del Centenario.

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