El verano de aquel año histórico me trajo la bendición del primer hijo en febrero de 1962, cuando también mi íntima amiga Martha Ramb, hija de Rosalía Barberis de Ramb, la directora escolar, alumbró en un crudo agosto a su primer hijo Gustavo Miretti, Los primeros juegos, las visitas familiares, las hazañas infantiles y luego, los encuentros diarios en el Jardín de la escuela N° 375 “Justo José de Urquiza”. Pero llegó junio y nuestro traslado a Sunchales quebró la constancia de los encuentros.
Ya no fueron tan frecuentes pero subsistieron porque la amistad familiar tenía fuertes raíces iniciadas en el pueblo bendito que ambas madres venerábamos. El tiempo trajo su secuencia de calendarios y aquellos bebés de los arrullos y las primeras travesuras se convirtieron en posibles soldados para el impuesto servicio militar.
Una fotografía hoy se vuelve trémula en mi mano; dos jóvenes madres frente a la ventana de mi casa ostentan con orgullo aquellos dos pequeños que tuvieron un año similar para asomar a la vida. ¿Y luego? ¿Qué les depararía un sorteo militar? El azaroso desafío, como una lotería.
Número bajo para mi hijo y para su amigo… Marina; las aguas del Atlántico recibirían a los muy jóvenes cadetes y el servicio militar comenzó a desarrollar sus reglamentos y enseñanzas. La providencia, el futuro, el destino se presentaba azaroso ante el estallido de una guerra.
Malvinas, tan nuestras y tan apetecidas por ávidos extranjeros, fue el triste y trágico escenario donde perdieron la vida
nuestros soldados, en tierra y en el mar gélido del sur. «La Guerra de Malvinas (1982) fue impulsada por la junta militar
argentina, liderada por Leopoldo Galtieri, para recuperar la soberanía de las islas ocupadas por el Reino Unido desde 1833, buscando prestigio nacional y desviar la atención de una crisis interna…»
El momento me pedía la presencia en mi pueblo junto a mi amiga íntima, casi una hermana. Yo, tan rica. Ella, tan
despojada. El Dr. Gighi, nuestro vecino, me dio su opinión: «Debe estar esperándote».
Y así recuperamos nuestros encuentros, los abrazos y confidencias. Cada 2 de abril, después del cumplimiento con el acto en Sunchales, dirigía mi auto hacia Ataliva y juntas, pasábamos la tarde. «Gracias por acompañarme hoy», eran sus palabras al despedirme.
Los honores, las evocaciones son realidades necesarias, pero nada será suficiente para calmar el dolor de los padres. «El pasado es una elegía que derrama su melancólica musicalidad…» escribía Elsa Massoni (rafaelina).
«Toda poesía es una confidencia», afirmaba Jorge Luis Borges. Para Martha, para Gustavo, para tantos otros de mi pueblo, fue dedicado el libro «Capítulos transparentes» (2003). En este nuevo abril mi memoria les rinde su homenaje desde las letras.


