El poder, un fuego que consume

El poder y sus excesos

El poder en manos de los hombres parece ser el arma más poderosa para calmar los placeres de la existencia. Casi siempre va unido al dominio de arcas con dinero, con el cual se compran voluntades, necesidades y dignidades.

Apenas una persona comienza a adquirir reconocimiento y poder, se transforma. El médico psiquiatra Norberto Abdala, magíster en psiconeuroendocrinología y columnista de Clarín, señaló:

“Cuando el reconocimiento se convierte en poder, y el poder en hábito, algunas personas comienzan a perder la conciencia de sus límites reales, se sienten invulnerables, dueños de la verdad, exentos de acatar reglas o asumir sus consecuencias”.

Hacer lo que se quiere por el solo hecho de ostentar un mando lleva al ser humano a cometer todo tipo de felonías, algunas rayando en ridiculeces, actitudes de las que no se vuelve.

Poder y pasiones en la historia

No podemos decir que este fenómeno pertenece al posmodernismo. La historia da cuenta de ellos desde que el hombre se adueñó de la tierra. Nuestra patria se formó entre sucesos bélicos y amores clandestinos, odios solapados y venganzas cumplidas. Quien ostentó el poder, “pudo” y satisfizo su ego.

Un ejemplo lo encontramos en Santiago de Liniers, virrey del Río de la Plata entre 1807 y 1809. Francés al servicio de la corona española, ganó popularidad por sus decisiones exitosas durante las Invasiones Inglesas, lo que le valió el cargo de virrey.

Pero en política la seguridad no existe: lo que se obtiene hoy se puede perder mañana. En 1808, tras la invasión de Napoleón y el apresamiento de Fernando VII, la confianza hacia Liniers —de origen francés— se debilitó. A ello se sumó su relación amorosa con Marie Anne Périchon de Vandeuil, conocida como la Perichona.

Santiago de Liniers y la Perichona (Imagen: Internet).

La Perichona y el escándalo

Anita Perichon, joven y provocativa, se convirtió en amante de Liniers. Le gustaba codearse con el poder y, gracias a sus encantos, obtenía favores como cargos públicos para sus familiares.

Los escándalos eran tan notorios que se decía que la casa de la Perichona funcionaba como Estado Mayor, donde se resolvían asuntos del poder. El alcalde Martín de Álzaga, enemigo de Liniers, denunció ante la corona española:

“Esa mujer, con quien el virrey mantiene una amistad que es el escándalo del pueblo, no sale sin escolta, tiene guardia en su casa, emplea las tropas del servicio en las labores de su hacienda de campo…”.

Finalmente, Liniers expulsó a Anita de Buenos Aires. Ella marchó a Río de Janeiro, donde se convirtió en favorita del inglés Strangfort.

La caída de Liniers

En 1810, tras la crisis española, la Junta Suprema nombró virrey a Baltasar Hidalgo de Cisneros, motivada por la ascendencia francesa de Liniers y su mala fama. El poder efímero terminó trágicamente: el 26 de agosto de 1810, Liniers fue capturado en Córdoba y ajusticiado, acusado de oponerse a la Junta de Mayo.

El regreso de la Perichona

Años más tarde, el directorio de Pueyrredón permitió el regreso de la Perichona a Buenos Aires. Esta audaz mujer fue nada menos que la abuela de Camila O’Gorman, quien por enamorarse del cura Ladislao puso en vilo a la alta sociedad rioplatense. Ambos fueron ejecutados durante el gobierno de Rosas, en un escándalo que resonó en toda América.

La historia fue plasmada por Martín Merkin en un libro y llevada al cine por María Luisa Bemberg, con Susú Pecoraro, Imanol Arias y Héctor Alterio como protagonistas.

El poder, como la historia nos muestra, es un fuego que ilumina pero también consume. Quien lo ostenta puede sentirse dueño de la verdad, invulnerable y eterno; sin embargo, la realidad demuestra que todo mando es efímero y que las pasiones humanas, se queman rápidamente.

La historia no es solo una sucesión de batallas y gobiernos: es también un espejo de pasiones, errores y aprendizajes que nos recuerdan que nadie es invulnerable, y que el poder sin horizonte termina siendo apenas un espejismo.

Griselda Bonafede

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