Lo llamarán fundador – 08: Prudencio Gastañaduy

Les cuento sobre un gran personaje: Prudencio María Gastañaduy, Vizcaíno, quien llegó a Buenos Aires, enviado por el virrey en 1792. Debía hacerse cargo de Santa Fe, una población «molesta» por el avance de los indios. ¡Y cumplió con su misión!

Santa Fe tenía 70 leguas de campos con estancias y pagos, con hacienda y mulas, que eran requeridas por el Alto Perú. Buenas boyadas, miles de caballos y un tráfico comercial intenso con las carretas. Gastañaduy fue hábil, organizó las fuerzas de frontera y dio paz a las poblaciones. Cerró el paso de los indígenas con el Fuerte de 1º orden de Los Sunchales.

Estrechó amistad con Francisco Antonio Candioti, comerciante santafesino y patriota destacado. Le habló sobre la necesidad de asegurar el paso al Perú por aquí y para ello debía dotar al Fuerte de mejoras. Esto le convenía a Candioti, ya que comerciaba con el altiplano y la «Ciudad de los Reyes», llevando hasta «20.000 mulas».

– El Fuerte ya se había proyectado en 1790…

Pero claro… ¡la falta de recursos!, hizo que enviaran pocos soldados al completar la dotación de 60 para acompañar a las carretas hasta Los Porongos y hacia Córdoba, por el paso de El Tío.

– ¡Solo 25!- eso lo contaba mi dueño.

Hombre decidido, Gastañaduy escuchó a los vecinos y cuando pudo asegurarse los recursos, organizó una reunión con gente importante para presentarles el plan de defensas del noroeste. Estudiaron con preferencia el levantamiento del Fuerte y el vizcaíno salió decidido hacia la frontera.

Vino con gente especializada, los planos, los guardias… y comenzó la obra del mangrullo y del Fuerte. El presupuesto incluía gastos por $1.825,00. Con gruesas paredes de ladrillo cocido, tenía 6 metros de altura por 3m. de ancho, con un arco en la entrada y una bovedilla o terraza, donde se situaba el vigía para otear el horizonte.

– ¡Cualquier movimiento sospechoso o polvareda, de bueyes, caballos, diligencias… lo que fuere, debía ser visto con anticipación!

– ¿Dónde hizo colocar los cañones?

– ¿Eran cuatro? ¡No se sabe con seguridad!

Todo se presume según la categoría del Fuerte (de primer orden), como decía la cédula real. Se dice que eran sólo para aviso; que se usaban en las fiestas para salvas. Alrededor del Fuerte se alinearon las viviendas formando calles. ¿Y cómo se sabe esto? Se ha comprobado por las ruinas… testimonio quebrantado de un tiempo que marcó el destino de Los Sunchales, un destino de permanencia.

Pobladores sin éxito en otros lugares recibieron tierras para criar ganado y cultivar, sobre todo trigo y maíz. De menor categoría fueron los Fuertes de Melo y Monigotes, pero dieron mayor solidez al proyecto.

– El comandante tenía buen sueldo.

– También recibía ropa y comida – se decía.

La población crecía y era necesaria una iglesia para «el servicio de las almas». Nació 3 años después que el Fuerte. ¡Su construcción elevó el rango del lugar! Solo la tenían Rosario, Coronda y Melincué, fuera de las misiones. La capilla tuvo dos campanas. El Fraile Castañeda las llevó a El Rincón años después. El sacerdote que se envió a Los Sunchales permaneció muy poco y… se desconoce su nombre.

– «¿Vale la pena invertir tanto dinero en un pueblo, en medio del desierto, expuesto a desaparecer? – Fue el comentario del momento.

Pero Gastañaduy argumentaba en medio de las dificultades. Debía proteger también las estancias que se iban extendiendo en el norte de la provincia.

El Procurador Larramendi envió un informe al Cabildo en defensa de su obra y llamó «el bello Fuerte de Los Sunchales», a estos lugares.

– El bello Fuerte de Los Sunchales; ¡qué buena expresión! – decía Don Carlos, enterado de algunas historias que se contaban. Su amistad con Guillermo Lehmann le permitía estar más enterado que la gente común del pueblo, no acostumbrada a dejar su lugar.

Efectivamente, el comercio con Santiago, Tucumán y Perú cobró gran impulso. Por el sur se comunicaba con Quebracho Herrado; se unía con La Pelada y Soledad, donde ya había fortines.

– «se comprobó que no había reducción de indígenas, ni misión religiosa» – afirmaba Donato.

– Los Sunchales eran un centro de comunicación y concentración muy importantes.

– Mientras gobernó Gastañaduy la provincia, nada faltó – solían afirmar.

Su gran apoyo, su convencimiento, no pocas críticas le valieron en Santa Fe. La tenacidad y certidumbre podían más que los comentarios adversos, así que continuó con los objetivos trazados en su momento.

Santa Fe, Rosario, San Javier y El Rincón tenían la mayor cantidad de habitantes. Los Sunchales estaba ubicado en el 4º lugar, a fines del siglo.

Había algarrobo, quebracho blanco y colorado, chañares, algunos ombúes y diversas especies de aromos. Animales de monte como el guasuncho, la gamita, las liebres y el ñandú, perseguido por sus plumas. Cueros de nutria, de pumas, yaguareté, miel de avispa y de cera, eran productos que comercializaban los indios mansos. ¡Qué maravilla!

Aves acuáticas en los esteros, patos, gansos, garzas, mirasoles, chajás, tuyangos y en los árboles, el parloteo de las cotorras y las chuñas. Se decían que anunciaban el «cambio del tiempo».

Claro, los soldados debían «proveerse de sus vicios»; así que efectuaban cacerías para el tabaco, el aguardiente o la yerba. Aunque ganaban una reprimenda al alejarse del Fuerte.

Había varias pulperías; el dueño pagaba impuestos; realizaba intercambio, venta o compra de mercadería con el pueblo o las estancias. Los carretones debían hacer un alto para relevar la boyada. Las mensajerías pernoctaban e intercambiaban noticias.

Entre 1793 y 1815 fue la época de mayor esplendor y potencia económica. Todo tema relacionado con la política exterior o interior interesaba. Si había agitación en las ciudades, otros pueblos, pagos, fuertes o botines… llegaban los rumores con cada tropa de carretas y viajeros. ¡Sabían que Napoleón estaba cambiando el mapa de Europa y querían estar enterados!

Derrocado Fernando VII en España, el Virreinato se hundía en la disconformidad y el germen de la independencia surgió después de Mayor de 1810. Deduzcan ustedes que Los Sunchales ocupaba un sitio de privilegio en la provincia y esto… ¡no es fantasía!

Ustedes pueden imaginárselo, ¿verdad?

No podía permanecer ajeno al movimiento de emancipación que se estaba gestando, ni tampoco puede creerse que el pueblo estuviera apático y no participara de las alegrías con las novedades que llegaban. Podía aprestarse para sostener expediciones libertadoras porque tenía gente, soldados, caballada, hacienda y buena fortuna.


Capítulo del libro de Chela Lamberti «Lo llamarán Fundador».

Declarado de Interés Cultural por parte del Concejo Deliberante en el año 2011.

Relacionadas

Ultimas noticias