Un sábado cualquiera por la noche, los jóvenes tienen “derecho” a salir, divertirse, olvidar una semana de intenso estudio o fatigoso trabajo… o quizás, una compleja situación de no tener empleo, un problema de relaciones familiares… cualquier hecho que quite la armonía del carácter, la paz interior, etc.
La vida es compleja, ya no tan calma como quizás fue la que atravesamos los de generaciones anteriores, aunque a veces las comparaciones nos llevan a envidiar las comodidades actuales. La ventaja de una ruta asfaltada, la excelencia de vivir en un lugar donde hay escuela secundaria, universidades, etc. establecían las profundas discrepancias.
Grandes diferencias para afrontar entre disímiles geografías y cronologías, quienes valoramos el presente servimos como testimonios fidedignos para establecer los contrastes profundos con las formas de vida. Tal vez, habituados al presente, hoy no alcanzan a dimensionar las ausencias o necesidades imperiosas del ayer.
Y fuimos felices; seguimos siendo felices con aquella historia que acumulamos y la protegemos como valioso tesoro, inviolable y perpetuo. Al amparo de un pueblo pacífico, armonioso, perdurable en la memoria, jamás imaginábamos un mañana con tanta violencia para nietos (y bisnieta).
Pero llegar a las fracturas, derrames cerebrales, marginalidad violenta que los induce a matar durante la adolescencia o la juventud. ¡Matar! Como las luchas de animales, seres no razonables; muchas veces pertenecen a familias destacadas… y aquellos que son afectados precisamente porque están trabajando: “Lo acumulado es mío”, una facultad como aves de rapiñas.
¡Qué tristeza y cómo hacer frente a esa marginalidad con todas las carencias que declaran y la violencia horizontal para todas las categorías de atacados! Y no se trata únicamente de atacar, sino de abatir rotundamente.



