(Por: Deyseg) – Para abril de 1982, el Teniente de Navío Owen Guillermo Crippa estaba en pleno entrenamiento para volar los A4-Q Skyhawk de la Tercera Escuadrilla Aeronaval de Caza y Ataque. Luego de la recuperación de las islas el 2 de abril, y con el paso de los días, la perspectiva cada vez más clara de un enfrentamiento armado hizo que Crippa entendiera que no llegaría a tiempo para combatir sobre un A4.
En su gran carrera en la Armada como piloto naval había pasado por diferentes escuadrillas y funciones, por lo que decidió que pondría toda su energía y persistencia en conseguir que lo autoricen a volver a la primera escuadrilla aeronaval de caza y ataque, en donde podría pilotear a un viejo conocido suyo, el Aermacchi MB-339. Este avión de fabricación italiana fue concebido como un entrenador avanzado, ya que permite al piloto ingresar al mundo de los reactores, y ofrecía una variedad de armas interesante que lo convierte al mismo tiempo en un avión de ataque ligero.
Como tantos otros casos, Owen Crippa se había entrenado durante toda su vida para entrar en combate si su país lo necesitaba, y ahora su país se encontraba a punto de entrar en una guerra, y él estaba demasiado lejos. La idea de quedar al margen de esos acontecimientos lo atormentaba, por lo que buscó, preguntó, pidió e insistió, hasta que logró que lo autoricen a volver a la escuadrilla de los Aermacchi. Un alentador primer paso estaba dado, pero faltaba el segundo, que consistía en cruzar a las islas.
Puerto Argentino contaba con un pequeño aeropuerto (una franja de asfalto de 1.240 metros) que permitía operar a aviones de transporte de la Fuerza Aérea y la Aviación Naval (los Hércules, Fokker F-27 y F-28 y los Boeings pequeños de Aerolíneas Argentinas y Austral entre otros). Sin embargo, su longitud no era apta para los grandes reactores de combate como los Mirage, Skyhawk y Super Etendard, pero sí para los Aermacchi y para los Pucará.
Este aeropuerto operó como Base Aérea Militar Malvinas (BAM Malvinas) y fue el punto logístico neurálgico tanto para el transporte de alimentos y armas, como para el de tropas y heridos. En medio de todo ese tráfico, la pequeña base aérea también debió brindar lugar a los Pucará y los Aermacchi.
El Teniente de Navío Owen Crippa tenía claro que su oportunidad era formar parte de ese escuadrón con base en el aeropuerto de Puerto Argentino, así que a pesar de que se acercaba la mitad del mes de mayo y los combates eran más frecuentes, redobló su insistencia hasta lograr que sus superiores lo destinen a la BAM Malvinas. Los “Macchi” tenían su lugar cerca de la cabecera 26, que era la más cercana al mar abierto, y Crippa junto a 3 pilotos más y 6 mecánicos contaban con un solo gato para cambiar cubiertas y no tenían energía eléctrica corriente en ese lugar, así que todo se hacía a mano y a pulmón.
El jueves 20 de mayo por la tarde, uno de sus aviones Aermacchi al aterrizar reventó un neumático. Era de tarde y en Malvinas a las 17h en esa época del año ya oscurece. Pilotos y mecánicos se abocaron a su reemplazo. Este tipo de trabajos, con un solo gato y sin los materiales necesarios, tomaba horas, por lo que terminaron tarde y mojados por la llovizna.

El 1ro de mayo los británicos habían comenzado con sus ataques, así que 20 días después todo indicaba que era inminente un desembarco que pusiera a una gran cantidad de tropas en tierra. Así es que llegamos a la madrugada del viernes 21 de mayo, cuando los hombres del Equipo de Combate Güemes nombrados anteriormente, avisaron a sus comandantes en Puerto Argentino del desembarco en San Carlos.
En Puerto Argentino se ordenó alistar una sección (2 aviones) de Aermacchi para realizar un reconocimiento ofensivo en la zona del supuesto desembarco. El alto mando necesitaba confirmar que esta operación fuera el desembarco real, y no una maniobra de distracción mientras el verdadero desembarco se producía en otro lugar.
Crippa y su gente ya habían previsto esta situación. El, por ser el de mayor grado y antigüedad junto a Horacio Talarico, serían los que saldrían, y los otros dos pilotos y los mecánicos hacía horas que estaban abocados a alistar y armar los aviones. Crippa y Talarico fueron informados y se les instruyó que contarían con fuego libre, esto quiere decir que podrían disparar a cualquier cosa que se moviera y pareciera ser el enemigo.
Solicitaron portar bombas a fin de poder causar mayor daño a los buques, si se confirmaba el desembarco, pero el tiempo apremiaba y los aviones ya estaban armados con sus cañones de 30 mm y los cohetes de 5 pulgadas, por lo que no se autorizaron modificaciones.
Al momento de partir, el Macchi con la rueda cambiada no pudo volar ya que su cubierta estaba desinflada y no contaban con tiempo para ningún plan B.
Dejando de lado el mínimo operativo de 2 aviones, Crippa decidió salir solo.
Despegó y puso rumbo noroeste volando a baja altura. Los 80 kms que separaban a Puerto Argentino de San Carlos no le llevarían más de 15 minutos de vuelo. Pasó cerca del Monte Dos Hermanas y del cordón Rivadavia en el centro de la Isla Soledad. Al acercase a San Carlos y en la zona del Tercer Corral, justo antes de llegar a la bahía desde el este, encontró niebla, por lo que decidió virar con rumbo norte, pensando en dar un rodeo que le permita entrar desde el norte a la bahía.
Al dejar atrás la isla vio adelante suyo lo que pensó que era un barco. Era extraño porque estaba quieto y completamente solo, pero segundos después se dio cuenta de que se trataba de una formación rocosa que se llama Roca Remolinos. Salió a mar abierto y confirmó que no había buques allí, viró y entró por la boca norte del Estrecho San Carlos con rumbo sur.
Allí vio al primer buque a la altura de Punta Roca Blanca, y a dos más navegando de norte a sur como él. Casi al mismo tiempo vio a un helicóptero Sea Lynx en vuelo estacionario en la boca de ingreso a la bahía. Pensó que estaría haciendo de piquete radar para dar alerta temprana de cualquier ataque, por lo que creyó que ya lo habían detectado.
Instintivamente puso rumbo para atacarlo, y al hacerlo y subir unos metros para lograr mejor puntería, pudo ver por arriba del promontorio Güemes a la bahía llena de barcos, lanchones y otros helicópteros que iban y venían. Sin dudarlo, prefirió dirigir su ataque contra un buque enemigo, ya que sería mucho más rentable que un helicóptero.
Crippa sabía que con cañones y cohetes sería incapaz de un hundir un buque de guerra, pero sí sabía que si apuntaba a la zona del puente de mando y las antenas y radares podría dejar fuera de servicio al buque en cuestión.
Corrigió su rumbo pasando por al lado del helicóptero, y se dispuso a atacar al primer barco que tuvo a tiro. Adoptó la corrida de tiro con un ángulo de picada de aproximadamente 30° y abrió fuego de cañones, los cuales no soltaron ni un solo proyectil. Decepcionado, se preguntó que estaría pasando cuando vio que una de las llaves de armamento no estaba conectada. La conectó rápidamente y abrió fuego apuntando primero sobre una pieza de artillería antiaérea, hiriendo a 3 marinos británicos que habían ido rápidamente hacia ella para tratar de utilizarla contra él. Continuó apuntando hacia el puente de mando y las antenas, y por último pasó a los cohetes de 5 pulgadas, con los que alcanzó una instalación de misiles Sea Cat, a la que afectó, pero no llegó a hacer explotar.
Una vez descargado todo su armamento, tuvo que “saltar” a la fragata para no estrellarse contra ella, y en un segundo tomó la decisión de cruzar toda la bahía zigzagueando entre los barcos pegado al agua, para que no pudieran dispararle ante el riesgo de impactar entre ellos mismos. Los marinos británicos observaron incrédulos, como un avión solitario pasaba entre ellos, a pocos metros. Con el paso de los días se acostumbrarían.
Su estrategia dio resultado, no le dispararon, aunque al pasar a los últimos ya nada los detuvo y comenzaron a tirarle con todo, no solo munición antiaérea, sino al menos un misil que tal vez gracias a la maniobra de evasión tantas veces practicada, no logró engancharlo. Durante ese escape final, ya superados los barcos, Crippa tuvo una mano en el bastón de mando para controlar a su avión, y la otra en el anillo de eyección, por si era alcanzado a tan baja altura y gran velocidad.

