¿Qué dicen las plazas centrales?

Las ciudades como expresión de cultura se componen en primera instancia de una plaza central, referente de todas las generaciones. Lo que en ellas se exponen son símbolos, valores de esa comunidad. También se muestran testimonios de la historia local, o nacional, en definitiva, son la síntesis de una idiosincrasia, las que, bien cuidadas convocan a disfrutar de sus sombras y de encuentros con otros.

La antigua Grecia fue la primera en marcar estos espacios públicos: ahí se realizaban reuniones, debates y hasta teatro. Esta visión de uso de espacios públicos, en la Edad Moderna, para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos y fomentar la interacción social, pasaron a formar parte de la planificación urbana. 

Nuestro país y teniendo como modelo nuestra ciudad, siguió el modelo fundacional de los españoles, ubicando alrededor la plaza central los edificios del poder: político, religioso, judiciales…

Plaza Libertad (Foto: Diego Rosso).

En las plazas se erigen los monumentos a próceres, a destacados de la comunidad, o se representan en forma de escultura, los valores que ese pueblo respeta y que le dan identidad. Por ejemplo; la obra de un hombre empuñando un arado, una madre que protege a su niño, juegos para uso de los más chicos, bancos para la charla amena. Todo lo que se coloca en una plaza pública tiene connotación. Lo que se incluye dentro de ella debe tener conexión con el pasado y el presente.

La sociedad acepta o rechaza lo que se incluye en una plaza. Ejemplo de ello fue cuando La Fuente Monumental “Las Nereidas” de la genial Lola Mora se presentó al público el 21 de mayo de 1903. Iba a ser emplazada en donde se encuentra la Pirámide de Mayo, pero un sector de la sociedad se escandalizó y consideró que las estatuas mostrando sin recato los cuerpos desnudos emergiendo triunfalmente de las aguas eran «licenciosas» y «libidinosas».

Cada vez que visito un lugar nuevo para mí, y recorro su plaza central, enseguida comprendo la cosmovisión de esa sociedad; algunas están vacías de contenidos, pero se ofrecen generosas en flores y árboles frondosos; otras reparten sus espacios en diferentes usos, pero son lugares de encuentros y quienes la tienen a su cargo, saben que deben estar cuidadas, son la cara de la ciudad-pueblo, la que dice qué pasado nos representa, sobre qué legado reformulamos la historia y cómo la amalgamamos con el presente. Y me pregunto: ¿A qué presente adherimos? ¿Sobre qué valores marcamos esos metros cuadrados ubicados en el centro, contenedor de historia, desafiante de los poderes que la circundan? Siempre que miro nuestra plaza “Libertad” me autoconvoco a encontrar la respuesta.

Plaza Libertad (Foto: Diego Rosso).

Nuestra plaza ha sido nuevamente retocada. La fuente que vierte agua funciona y eso es gratificante porque fue el objetivo de su construcción, sino su presencia pierde sentido. Las fuentes de agua artificiales generan atmósferas de serenidad y al mirarlas parece que el tiempo se detiene. Ideal en una ciudad como la nuestra.

La plaza es de todos, pero es una obligación sostener su limpieza y evitar desmanes, porque la elegimos como un pedazo de nuestra casa para socializarnos, relajarnos y sentirnos dueños del mundo cuando en el medio de ella aspiramos aire puro y si la bandera ondea en el mástil es casi un sentimiento de gloria que aparca en los sentidos y hace que nazca el orgullo de ser sunchalense.

Griselda Bonafede

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