Es el deseo de todos, al menos los que podemos manifestarlo, permanecer todo lo que se pueda en este espacio terrenal, aunque en situaciones límites renegamos de tal posibilidad y nos preguntamos: ¿para qué? Es esta condición de incertidumbre, de seres imperfectos e inconformes la que impide reconocer que nada nos pertenece y solamente somos parte de un gran diseño esbozado con un fin. De manera que los para qué quedan en el aire sin sentido.
Necesitaba esta introducción para contar que, en el mes de abril de este año, falleció a la edad de, entre 107 y 114 años (no hay documentación certera), Rosa Grilo, la última sobreviviente de la masacre de Napalpí, cuyo testimonio fue clave para que se reconociera como un genocidio la matanza de 400 indígenas de las comunidades Wichi, Qom y Moqoit del Chaco en 1924.

Rosa junto a Melitona Enrique vivieron más de 100 años y merced a esa longevidad fueron dos testigos oculares aportantes de datos de la masacre mencionada. La primera falleció en el 2008 y Rosa el pasado marzo, ambas con 107 años o más aún. Su tiempo en la tierra estaba diseñado para poner blanco sobre negro y hacer que se visibilice aquello que había quedado escondido. Vivieron, para contar, para alumbrar años de encubrimiento, décadas de silencio genocida.
¿Qué fue la masacre de Napalpí?
A principios del siglo XX, en Chaco, por esas épocas, Territorio Nacional, habitaban reducciones indígenas, creadas por el Estado para explotar su mano de obra barata. Se concentraban muy cerca de Resistencia, hoy capital de la provincia, pero el 19 de julio de 1924, se produjo un hecho trágico, que quedó escondido durante años, sin que nadie se hiciera cargo de la numerosa cantidad de muertes en las comunidades Wichi, Moqoit y Qom.
El Estado, en ese tiempo con Marcelo T. de Alvear como presidente, había vendido tierras a europeos para el cultivo de algodón y los indígenas eran la mano de obra más redituable que hubieran conocido, sin embargo, nunca se debe tensar demasiado el hilo porque se rompe; no tardó en ocurrir.
Los aborígenes se declararon en huelga reclamando una retribución más justa o la posibilidad de salir del territorio para ofrecer su trabajo en los ingenios azucareros cercanos, donde sabían que otorgaban mejores salarios, pero Fernando Centeno, gobernador encomendado por Alvear, envió a las fuerzas de seguridad a reprimirlos.
Cuando se habla de masacre, debe entenderse literalmente porque los aborígenes reunidos en un espacio preparado a tal fin encontraron el fin de sus vidas. El terrible suceso acaeció de este modo: un avión comenzó a arrojar caramelos como estrategia de atracción; los habitantes reclamantes, de mejoras, todos indígenas, se aglomeraron a recogerlos, pero el avión cambió los dulces por balas; machetes y fusiles terminaron con la tarea. Los sobrevivientes fueron perseguidos y acosados. Los civilizados habían terminado con la barbarie. ¿O al revés?
Demás está decir que todo quedó sepultado porque el gobernador Centeno se ocupó de explicar que las muertes se debieron a “un enfrentamiento”. Lo que se olvidó de informar es que, ningún soldado quedó herido en tal combate, pero, entre el 70% y el 80% de la población de la Reducción Napalpí fue masacrada.
Se tardó un siglo en que la justicia llegara a tremendo exterminio, pero el pueblo de Napalpí supo sostener la memoria y en el 2019 se declaró la masacre como el primer crimen de lesa humanidad, en Argentina.

Recayó en el Estado la culpabilidad de lo acontecido, por cuanto, entre otras acciones reparadoras, la jueza ordenó al Estado Nacional la realización de un acto público donde se dé a conocer la responsabilidad que le cupo en tal momento y la constitución de un museo y sitio de memoria en el lugar de los hechos.
Para y por algo, los seres humanos permanecemos sobre este espacio, el tiempo que determina el diseño elegido para cada uno de nosotros, mortales inconformes.
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Griselda Bonafede

