La solidaridad es en principio, un sentimiento de apoyo a quienes que se encuentran en situación de vulnerabilidad, manifestada en hechos y palabras. Sin desmerecer la importancia del asistencialismo, la solidaridad, se distancia de éste; extiende su concepto y se convierte en episodios colectivos de recibir y entregar quedando entre ambas acciones un sinnúmero de pequeños – grandes actos de altruismo y satisfacción.
Me acerco al grupo de mujeres que realizan mantas para los recién nacidos sobre el lema “Abriguemos a un bebé”. Lo hago acuciada por una curiosidad: ¿Qué hacen estas señoras de manera anónima con impacto en la sociedad? ¿Cómo se unen mediante el hilo conductor de la lana formando el equipo que ayuda a seres humanos concretos: bebés recién nacidos?
Estas mujeres, diversas en sus edades y trayectorias de vida, se reúnen semanalmente a tejer cuadraditos los que, unidos entre sí, con terminaciones ajustadas, sin dejar de lado el buen gusto y la armonía de colores, conforman abrigos. Dicho así parecería un interesante pasatiempo con objetivo caritativo, pero no. Va mucho más allá. Tanto más allá, que es difícil plasmar en palabras la magnitud del desenvolvimiento.
No tomo los nombres de cada una, porque juntas son una sola, con sus sonrisas, sus decires, sus miradas, su afán sumatorio en la meta de ayudar. Las individuales se funden en el estado de sinergia. En el grupo hay quienes saben coser, otras aprendieron ahí mismo el arte de tramar en una envidiable armonía y todas sienten que ayudar a los demás no solo les brinda apoyo, sino que también enriquece el espíritu.

Tienen un objetivo que comienza en el momento mismo en que engarzan la lana en la aguja, e inician el centro del entramado: confeccionar una mantita para un niño recién nacido que lo necesite. Les pregunto qué sienten cuando están en plena tarea y me contestan: “… podría estar haciéndolo para mis hijos”, “… supero otros problemas”, “… me hago bien a mí misma”, y así las respuestas relacionan el verdadero sentido de la palabra solidaridad: pensar en quien lo recibe alejándose del acto anónimo de entrega a un destinatario desconocido.
Poco a poco me van contando, ayudándose con anécdotas, el camino que fue transitando el proyecto, hasta este presente cargado de innovaciones. Se enorgullecen relatando cómo de distintos lugares del país les hacen llegar lanas, abrigos en desuso o muestrarios de paños adecuados que son aprovechados para obtener cuadraditos y confeccionar las mantitas de abrigo.
Al llegar a sus manos retazos de tela, confeccionan bolsos que se preocupan por ornamentar y sacar a la venta, beneficio que incrementa la posibilidad de adquirir insumos. Por estos días confeccionan una manta por día.
Me cuentan… y mi asombro se agranda. Se convierte en admiración. Lejos estoy de abrazar la información en el sentido que quiero darle. Ya sé que me faltarán palabras, giros…, pero sigo…
Las redes sociales ampliaron el espectro y en México alguien aceptó el reto de tejer una mantita, la confeccionó y la entregó a un bebé en Fresnillo del Valle – México. El logo del grupo “Abriguemos a un bebé”, quedó plasmado en un lugar distante de Sunchales. ¡Qué emoción!

Un docente de una escuela rural de Santiago del Estero, les pidió abrigos para los 12 alumnos que concurrían a su aula, desde Nivel Inicial hasta 7° grado, pero que cambiaran las mantas por ponchitos. Ahí estuvieron las manos prestas a urdir el tejido que calentaría los cuerpos. Entramaron pensando en los ojos de quienes los recibirían. Esa es la recompensa del voluntariado: la felicidad del otro. Ese es el verdadero sentido de la solidaridad.

Cada una de las participantes, pone a disposición del grupo, su habilidad personal la que sumada a otra, gesta ideas transformadoras, como adornar con cuadraditos tejidos, el árbol de navidad, símbolo de gratitud de la comunidad hacia Jesús.
Su labor se ha espiralado de manera ascendente. El primer punto que inició el cuadradito, estalló en un proyecto verdaderamente SOLIDARIO. Hoy, “Abriguemos a un bebé”, dejó de pertenecerles a ellas, ya forma parte del entramado social de Sunchales.
Son convocadas a participar en diferentes encuentros y vuelven enriquecidas, estimuladas a seguir pensando en el otro, un Otro que a su vez les da felicidad. Han formado redes con diversas instituciones de ayuda enriqueciendo el voluntariado de la ciudad.
Hablar de admiración es poco. Valoro y respeto esa labor anónima de mujeres, seres humanos maravillosos que son capaces de trocar bienestar por ayuda, de satisfacción personal por abrigo al necesitado. Ellas portan, sin saberlo las palabras de José Marti: “Ayudar al que lo necesita, no solo es parte del deber, sino de la felicidad”. Gracias por lo que hacen.
Griselda Bonafede

