Nuestros antepasados italianos: 3 de junio, fecha para evocarlos

“La sangre fuerte que con ellos viene
les llora el tiempo que quedó tras suyo.
La casa, el pueblo, los afectos
las cosas todas del terruño.”

Mario Vecchioli

En Argentina, el 3 de junio, se celebra el día del inmigrante italiano. Se eligió esa fecha porque en 1770, nació en Buenos Aires el general Manuel Belgrano, cuyo padre era de Oneglia, en la región de Liguria, al noroeste de Italia.

Los gringos, como por antonomasia llamamos a los italianos, a la convocatoria de poblar el suelo argentino por aquello de “Gobernar es poblar” de Juan B. Alberdi, llegaron masivamente a partir de 1860/70 y no detuvieron su migración hasta avanzado el siglo XX.

¿Qué atrajo a esos hombres y mujeres a cruzar el celeste océano y buscar tierra virgen? Cada uno de ellos habrá tenido su motivo: pobreza, crisis social, falta de trabajo, inseguridad, temores, fugas… Lo cierto es que arribaron cargados de sueños formados con las promesas que le habían hecho: elementos de labranzas, tierras, lugares donde vivir, futuro de riquezas…

A los que se introdujeron en el interior de la república les fueron adjudicados campos, que más tarde, con esfuerzo pudieron hacer suyos y dejar el arrendamiento. Éstos fueron quienes poblaron la bota santafesina especialmente en lo que hoy llamamos Pampa Gringa, pero quienes llegaron después que se llevara a cabo la Conquista del Desierto, terminaron quedándose en los centros urbanos de Buenos Aires para practicar oficios para los que no eran idóneos.

Las grandes extensiones de tierras que se publicaban como ”Tierras ganadas al indio” para darlas en producción, fueron repartidas en extensos latifundios, entre los amigos del poder y soldados que habían participado de la masacre contra el indio (luego los vendieron por poco dinero).

Unos y otros no tuvieron una vida regalada; los primeros, levantaron sus casas con adobes para vivir y hasta cavaron su primer pozo para obtener agua, construyeron sus propias herramientas y se quedaron a soñar con la semilla que germinaría; los segundos vivieron hacinados en conventillos y cada día era un empezar de nuevo. Ambos grupos fueron hacedores de utopías.

Erminio Bonafede y Teresa Campoli, abuelos de Griselda Bonafede (Foto: gentileza Griselda Bonafede).

Los arribados en la primera oleada se encontraron cara a cara con los hombres originarios. Les temieron porque junto al paquete de promesas, venía la advertencia de la ferocidad que podría cargar el indígena. Lejos estaban ellos de entender que los cobrizos, semidesnudos, eran los primitivos poseedores de estos territorios. Sin embargo, se quedaron. Los abuelos gringos miraban el horizonte. ¿Qué esperaban desde ese lejano espacio infinito? ¿Deseos de regresar? ¿Esperaban a los que habían dejado? Nunca lo sabremos.

El idioma se fue silenciando en su interior. Hablaban italiano puertas adentro y un castellano mezclado y combinado, puertas afuera. Cantaban en italiano y en su canto junto a las voces asomaban las lágrimas. ¿Qué sentían nuestros abuelos gringos? ¿Qué ahogaban cuando se adormecían frente a las copas de alcohol? Mario Vecchioli, en uno de sus hermosos versos dedicados a los inmigrantes, decía. “Se echaban el boliche a la garganta”.

Rescato a las mujeres. Cargadas de prole eran brazos para la siembra, refrescaban los cuellos en domingo para acudir a misa y pedir por buenos tiempos de cosecha. ¡Mujeres!  Encerraban el rosario entre sus dedos; rezaban y lloraban. Nosotros no alcanzaremos nunca a dimensionar lo que habría pasado por sus mentes, ¿qué emociones las embargaban?

Eran familias de puertas abiertas. Albergaban al nuevo inmigrante que se sumaba a las tierras; la olla con comida no se retaceaba. Jugaban cartas, discutían políticas y seguían con atención los acontecimientos italianos. Los oí hablar de Garibaldi. Unos a favor y otros en contra. Yo me preguntaba. ¿Quién será Garibaldi?

Y nos dejaron tantas cosas, su férrea voluntad, sus tozudeces, su inmensa ansia de progreso eterno. No dejar jamás de soñar el bienestar planeado, cuidar de la familia, y el trabajo…

En cada descendiente los traemos, recordamos su lengua cuando oímos el “Ma va” y el “Altroque” y el “Andá en casa”. Porque la voz se impregna en nuestras pieles y aunque sacudamos los recuerdos, hay sonidos colectivos que sonaron y se perpetuaron. Esos son los que permanecen.

Cada 3 de junio vuelvo a las fotos de mis abuelos florentinos, venidos de Lucca y me siento en deuda con su historia, porque no pude preguntarles tanto como hoy quisiera hacerlo y las imágenes me hablan de sus recias miradas, pero nunca pude saber que escondían sus corazones.

 Griselda Bonafede

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