Desde niños vamos demostrando nuestras preferencias, especialmente en los juegos. Por no tener una hermana y sí un hermano mayor, jugué a las bolitas, a la pelota, al tenis de paleta; me subí a los árboles frondosos de mis patios en Ataliva y corrí junto a mi hermano y sus amigos en aquello que llamábamos “la mancha”, aunque quizás en los días que corren no figura ya en la nómina de posibles juegos de infancia, sumidos en el olvido total. Los árboles frutales eran incentivos fuertes para someterlos a soportar nuestro peso para consumir la dulzura exquisita de sus producciones anuales. Higos, naranjas, duraznos, mandarinas, quinotos, granadas, uva, una auténtica frutería con oferta de manjares cotidianos, al alcance de las manos o apenas un envión para trepar. Quizás las manzanas y las bananas exigían el trayecto hacia la verdulería. Todo lo demás era producto de las manos de mi padre, con su espalda encorvada sobre la tierra de la huerta. (Hoy allí, sobre ese terreno milagroso han construido la sala de velatorios frente a la plaza del pueblo).
Pero los años avanzaron y la escuela me atrapó con su magia a partir de los seis, ya que no había Jardín. Y allí encontré un nuevo incentivo; en realidad, cuantiosos incentivos, atracciones que se transformaron en fuertes alicientes del aula, donde había un oscuro y alto armario junto a la pared del fondo, repleto de libros coloridos, llamativos, generosos en su contenido, atrapantes, que se ofrecían ante nuestras manos temblorosas, ávidas. Quien terminaba una tarea, mientras esperaba a sus compañeros, retiraba un libro para leer y apreciarlo en el aula.
Al final de la galería, hacia el oeste y junto al zaguán de entrada a la escuela, se hallaba la gran Biblioteca que ya era Pública y exigía una cuota como socia, representada apenas con una moneda. Lógicamente, como primer paso era necesario conocer las letras, dominar la lectura y luego sí, camino autónomo para retirar un libro y… ¡llevarlo a casa! Para saborearlo con detenimiento, repetir sus hojas, atesorarlo y devolverlo en las mismas condiciones con que fue recibido. Autores nacionales y extranjeros; ya no había obstáculos.
“La nena lee”, “a nuestra hija le gusta leer”, proclamaba mi padre satisfecho, sin decir que él había sido mi sólido ejemplo para asumir el hábito de la lectura, ahora… ¡en la Biblioteca grande! Mientras tanto aparecía la escuela secundaria en Rafaela y los veranos… ¡ah! ¡qué largas las vacaciones!
El Club Independiente ofrecía deportes solamente a los varones; piletas no existían, ni particulares ni en el club. Años más tarde surgió el tenis de paleta, sobre el piso de mosaicos en la pista de baile; entonces pudimos generar competencias a la mañana muy temprano, antes de que el sol del verano se volviera cruel (de seis a ocho, quizás).
Luego, el Corte y Confección, los conocimientos y la realidad inherente a la misión de las mujeres. Gratas horas matinales compartidas con amigas y una práctica que me sirvió en el futuro con hijos y nietos.

La escuela primaria había contribuido mucho por las lecturas y los estímulos de las maestras; la escuela secundaria tenía su cuota de frialdad bastante acentuada, aunque siempre nos eximíamos. De cualquier manera, las páginas de historia, geografía, etc. nos daban argumentos para recrear y vocabulario más perfeccionado, más adulto.
La siembra estaba hecha, los surcos fueron llenados con semillas literarias que nos regalaban otros autores. La apetencia se saciaba y se podía iniciar un camino trazado en surcos propios y semillas seleccionadas desde la niñez.
El primer sueldo fue definitorio. Ahora los libros pasaron a propiedad particular, atesorados después de llegar a ellos tras un camino minucioso y perseverante. ¿Producción propia? Sí, pero guardada, atesorada en carpetas y estantes de MI propia biblioteca, hasta que el retiro de la función escolar determinó el momento de publicar, de dar a conocer. Y ahora son 34 publicaciones, veinte míos y 14 de instituciones que piden la redacción de sus trayectorias. Tanto “El Eco” en su momento y ahora “SunchalesHoy” me abrieron generosamente sus puertas para volcar allí la necesidad de escribir.
Adelanto un dato. En agosto, cuando Ataliva, mi querido pueblo natal tenga su fiesta habitual, tendré el regalo dispuesto para devolver todo lo que me brindó. Allí estaré, donando los libros que fui escribiendo para ellos y como regalo, para que otros niños puedan nutrirse, tendrán la totalidad de mi propia biblioteca.

