La literatura es una gran herramienta para mostrar realidades. Acerquémonos a este relato, cuyo autor es Eduardo Galeano:
El voto y el veto
“Corría el año 1916, año de elecciones en Argentina. En el pueblo de Campana, se votaba en la trastienda del almacén de ramos generales.
José Gelman, de profesión carpintero, fue el primero en llegar. Iba a votar por primera vez en su vida, y el deber cívico le hinchaba el pecho. Aquella mañana, iba a ingresar en la democracia el inmigrante venido del otro lado del mundo, que no había conocido nada más que el despotismo militar de la lejana Ucrania.
Cuando José estaba metiendo su voto en la urna, votó por el Partido Radical, una voz ronca la paralizó la mano: – Te estás equivocando de montón- advirtió la voz.
Por entre las rejas de la ventana, asomó el caño de una escopeta. El caño apuntó al montón correcto, donde estaban las listas del Partido Conservador.” (Galeano, E. – Las bocas del tiempo, 272).

Galeano fue un investigador de las realidades políticas de América, quien, acompañado de una pluma selecta, relata un hecho que por esos tiempos era muy común en Argentina: el fraude electoral, mecanismo impuesto por los conservadores, dispuestos a no abandonar el poder y amenazados por la Ley Saénz Peña (voto secreto).
Con la mirada de hoy, la escena se presenta muy grosera, pero esto ha existido; los libros de historia lo narran. Con las armas amedrentaban al “equivocado” votante, o, una cara de pocos amigos instalada en la puerta, esperaba su regreso. Los hombres (la mujer no votaba) emitían el sufragio presionados, amenazados y controlados. ¿Hubo cambios?
Esta forma se fue abandonando en la medida que creció el interés por participar y hacer valer derechos, pero para obtener mayoría de votos y con ellos llegar al poder, la clase política necesitó otras estrategias.
En el repaso de la historia argentina hemos asistido al uso de diversos instrumentos para ganar elecciones, según tiempos y actores: discursos, carpetazos, compra de voluntades, decisiones y opiniones, hasta llegar a la actualidad: ataques en redes sociales, donde todo vale.
Se ha naturalizado y aceptamos sin chistar que para defender posturas políticas se utilicen insultos, difamaciones y hasta burlas para desacreditar a todo aquel que piensa diferente. También se naturaliza la mentira, las promesas que no cumplen, el desdén por los más vulnerables, el desdoro y difamación a profesionales.
Como el arma que apuntaba el “montón”, todo es aceptable para obtener el voto que dé poder, luego ese poder debe sostenerse, entonces se agudizan las herramientas para a atacar al opositor. El permanente estado de campaña (paso y definitivas) acelera estrategias.
Un párrafo aparte se merecen los comunicadores, verdaderos militantes que no se preocupan en disimular hacia dónde dirigen sus discursos, y con qué grado de audacia inflaman sus argumentos a favor de su protegido.
Estos modos han llegado a nuestros muros en las redes sociales. Opinar acerca de un hecho, puede desatar un sinnúmero de insultos, frases hechas que rotulan y rebajan con el solo intento de denigrar al opinante. ¡Muy triste!, pero se ha naturalizado. Queda la esperanza de que, así como desapareció el arma que indicaba el “montón” para elegir el voto, también se encuentren maneras menos agresivas de capturar el apoyo del sufragante. Será cuestión de tiempo.
Pronto estaremos otra vez en el cuarto oscuro. Ya no hay armas que señalen un “montón”. Se han usado todas las herramientas, aun los oprobios naturalizados para convencer de unos u otros lados, pero en algo crecimos los votantes: emitimos nuestro voto con libertad y no le tememos a las caras de pocos amigos que afuera esperan para desaprobar la elección. Gran obra de la Democracia.
Griselda Bonafede

