
El nuevo documento de identidad que se impondrá en el país, llevará como fondo el mapa de la República Argentina donde no se omitirán las islas Malvinas ni el Sector Antártico Argentino. Un paratexto para nuestra identidad. Un nombre y un apellido, un lugar de residencia, un número y para que ese documento identifique aún más, el mapa, el lugar en el mundo. Un detalle, un cambio entre tantos que ya tuvimos en nuestros documentos, los que ya tenemos unas cuantas décadas.
Todos sabemos el valor de estar identificado. Es un derecho. La identidad es familiar y cultural. Si se viola ese derecho se coloca al individuo en calidad de objeto, transferible, disponible, traficable. Todo niño recién nacido es único en ese lugar y en esa familia. Negar los orígenes sean como sean, no mejora, ni empeora. Somos lo que podemos ser. La identidad, también es la conciencia que una persona tiene respecto de sí misma y que la convierte en alguien distinto a los demás.
Diego Armando Armando Maradona. “Nació el 30 de octubre de 1960, circunstancialmente en el Policlínico Evita, de Lanús. Fue el quinto de ocho hijos, y primer varón, del matrimonio entre Diego Maradona (1927-2015) y Dalma Salvadora «Tota» Franco (1930-2011)”. Hasta aquí no sería más que un dato, pero resultó ser el jugador de fútbol más famoso del mundo y de la historia.
Lo que transcribí arriba es su identidad. A partir de aquí cada uno puede agregar, quitar, cualificar y criticar, victorearlo o desestimarlo, pero si hubo alguien que jamás negó su origen, ni intentó esconderlo o justificarlo, fue él; por el contrario, lo llevó por el mundo a cuestas como llevó su fama y tal vez, origen y fama se ayudaron para que Diego siguiera siendo el “Cabecita negra” de Villa Fiorito.
De todos modos, nunca pudo volver a ella. Cuando pisaba alfombras de terciopelo, tal vez añoraba el potrero donde levantaba tierra con zapatillas rotas. Eduardo Galeano expresaba en un escrito: “Él nunca pudo regresar a la anónima multitud de dónde venía. La fama, que lo había salvado de la miseria, lo hizo prisionero”. Fue el prisionero de la sociedad, prisionero en el país que lo vio nacer, al que representó en el mundo.
No poder regresar fue quizá la mayor de sus tristezas, el mayor de sus dolores, pero fue lo que le permitió ser él en todos los lugares o ser “el futbolista consagrado que había denunciado sin pelos en la lengua a los amos del negocio del fútbol”.

Ese querer quedarse en la identidad, le valió críticas, desaires, reproches, juzgamientos. La fama generosa urdió tramas para que se olvide de Villa Fiorito, de su familia y sus potreros, pero no lo logró. Estaba en su piel. Argentina era identificada con Maradona. El mundo asociaba los argentinos con el 10. Cargaba sobre sus hombros la identidad de un país y enarbolaba a cada momento, la propia.
Tuvo familia que le dio una identificación, derecho humano; por su parte asumió con conciencia clara de quién era y eso lo convirtió en un ídolo diferente. Quizá le hubiera encantado tener en su documento el plano de Lomas de Zamora, pero lo llevaba en el corazón.
Diego se fue. Todo el mundo opinó acerca de él, a favor o en contra (y seguirán…). No es poco; evidencia que tocó las fibras del pueblo, no pasó inadvertido. ¿Por qué? Porque jamás dejó de ser Maradona, el “DIOS del barro”, un dios que no silenció nada porque todo lo gritaba de la forma que le indicaba el “Cabecita negra” de Villa Fiorito.

