
Otra vez Navidad, fecha esperada por la cristiandad. Reunión de familia que este año se verá abreviada, diferente. Los símbolos ya aparecieron en los hogares, en las vidrieras. ¿Quién no armó el árbol navideño o compró regalos?
Los niños son los más agasajados. En esa cohorte encontramos tres realidades que se vienen repitiendo desde tiempos inmemoriales: algunos niños escriben cartas a Papá Noel o Santa Claus pidiéndoles lo que desean. Son pequeños cuyos padres guardan la tradición de imponer el relato mágico de que un señor de barba blanca bajará por la chimenea del hogar o entrará por una ventana y furtivamente, de noche, dejará su regalo; otros, esperan regalos acordados con los padres porque éstos nunca introdujeron la fantasía de un Papá Noel, ni de un Niño Dios generoso y caminador que anda en Nochebuena dejando obsequios; otros más, no esperan nada o suponen que de alguna acción social o emprendimiento solidario, les llegará un juguete que tal vez fue usado por otro, pero igual lo recibirá. ¿Magia? Rotundamente, no. Así son las diversas realidades bajo un mismo techo celeste.
¿Es bueno que los niños crean que un Papá Noel les traerá regalos? Personalmente siempre tuve mis dudas.
Mónica Cruppi, psicoanalista y escritora, miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina dice que «esta historia que viene transmitiéndose de generación en generación, cumple varias funciones durante el desarrollo infantil; incrementa la imaginación, la recreación, refuerza la tradición y estructura la mente infantil…”. Por su parte, María Teresa Calabrese, psiquiatra y psicoanalista, considera que ”no es saludable decirle que va a venir un Papá Noel como algo real, porque el niño confía en los padres, toma como una verdad todo lo que éstos le dicen, entonces, como más tarde o más temprano va a descubrir que es un invento, ahí puede perder la confianza…». Y no falta la tercera opinión de una profesional también, que dice:»No sé si me gusta que ‘crean’… prefiero contarles que es un juego de amor entre todos y acercarlo a la verdadera esencia de la Navidad… que no es precisamente un gordo que reparte ‘cosas’… aunque sean juguetes…”. Sin embargo, todos sabemos que la revelación no es demasiada traumática ya que los chicos llegan por sí solos a ella y la magia se diluye sin conflictos.
Las tres opiniones van dirigidas al primer grupo de niños: la de los que pueden escribir una carta y pedir lo que quieran (aunque los padres negocian esos pedidos de manera muy sutil).
Los segundos mencionados, esperan aquello que los padres les han prometido y lo hacen con alegría sin que en el medio haya un Papá Noel por las chimeneas. Tal vez se les niegue la fantasía, pero no la ilusión del regalo; ahora bien, ¿qué pasa con los terceros? Estos pequeños, saben que su regalo es obra de una buena intención, de un corazón generoso. Son niños acostumbrados a que Papá Noel es una imagen decorativa en las vidrieras y los regalos que lleva no son para su casa. El niño o niña de esta franja sabe que el hombre gordo, vestido de rojo tiene techos señalados. No pasará por el suyo. ¿Cuál es su ilusión? ¿Qué magia lo alimenta?
En búsqueda de una respuesta superadora, tomé un cuento de Iván Giordana, escritor sunchalense, quien desde su narración ”Querido niñito Jesús” abre un panorama alentador y en su último párrafo dice escribiéndole a Santa Claus: “…Creo que nada más. Ah, sí, casi me olvidaba de lo más importante, que los chicos que aún tienen la ilusión de verte no la pierdan y que llegue el día en que a ninguno le falte la oportunidad de jugar con sus amigos, que es lo más divertido del mundo”. Hermoso pedido, inclusivo y sensible.
No me podía olvidar de Juan Ramón Jiménez escritor español, autor de “Platero y yo”. En su célebre obra que cumple 106 años este diciembre, escribe acerca de una Navidad de niños pobres:
Navidad
“¡La candela en el campo!… Es tarde de Nochebuena, y un sol opaco y débil clarea apenas en el cielo crudo, sin nubes, todo gris en vez de todo azul, con un indefinible amarillor en el horizonte de Poniente… De pronto, salta un estridente crujido de ramas verdes que empiezan a arder; luego, el humo apretado, blanco como armiño, y la llama, al fin, que limpia el humo y puebla el aire de puras lenguas momentáneas, que parecen lamerlo.
…………
Las jaras vecinas se derriten. El paisaje, a través del aire caliente, tiembla y se purifica como si fuese de cristal errante. Y los niños del casero, que no tienen Nacimiento, se vienen alrededor de la candela, pobres y tristes, a calentarse las manos arrecidas, y echan en las brasas bellotas y castañas, que revientan, en un tiro.
Y se alegran luego, y saltan sobre el fuego que ya la noche va enrojeciendo, y cantan: …Camina, María, camina José…
Yo les traigo a Platero, y se lo doy, para que jueguen con él.”
Bella obra que cierra mi columna. Feliz Navidad para todos. Hagamos que rebrote la Fe. Un hombre nació y murió por nosotros. Se llamó Jesús, no llevaba regalos, no fue fantasía y dijo: “Dejad que los niños vengan a mí”.

