– ¿Qué era el Cabildo, Don Carlos?
– Era como un gobierno comunal – explicaba mi dueño.
– En los Fuertes, el gobierno era el Comandante, luego el teniente y el sargento – agregaba.
– Los asuntos de importancia: pleitos, castigos, etc., se resolvían siempre en Santa Fe. Pero claro, los indígenas sólo obedecían al cacique. Se dictaron leyes a favor de ellos, que no fueron respetadas. Únicamente se los perseguía si cometían algún daño y se los dejaba transitar libremente.
– ¿Existían diversiones?
– Por supuesto. Algunas inocentes y otras no tanto. Carreras de caballos, con grandes sumas en las apuestas (pesos fuertes o patacones); correr el ñandú y bolearlo, hazaña tanto de indios como de blandengues.
– ¿Y otras?
– La riña de gallos, la sortija en días de fiesta, los naipes en las pulperías y las yerras, donde se saboreaba churrasco y se bebía buen vino. Las salvas de artillería y los fuegos de artificio se dejaban para grandes solemnidades. El dinero era escaso.
– ¿En manos de quién estaba el dinero?
– De gente noble, ganaderos o altos funcionarios – explicaba Don Carlos.
Como siempre sucederá. Aquí había una estación de tránsito, por eso no era tan acentuada su falta. Pasaban comerciantes, funcionarios, jefes y oficiales del ejército, misioneros y aristócratas. Si el indio traía dinero… ¡ah…! ¡entonces sí que debía explicar su procedencia!
Los reales fueron moneda corriente durante la dominación española, también había pesos fuertes y maravedíes. Con la plata de Bolivia y Perú se acuñaban monedas.
La vara se usaba para medir; la cuadra tenía 150 varas y la legua, 40 cuadras. ¡Medidas olvidadas por cierto!
Podría decirles que la vida transcurría apaciblemente, siempre y cuando no se avistara un malón. Todo estaba previsto y se organizaban rápidamente.
Había mucho trabajo; el chirrido de las carretas las anunciaba desde lejos; sus ejes se recalentaban con el polvo del camino. Se untaban con grasa de potro.
¡Cuando llegaban se alborotaba el pueblo!
Se movilizaban peones, mulatos, indios mansos, todos para desatar los bueyes y uncir otros; ayudaban con la mercadería…
¡Sí! ¡y todo era una fiesta!


