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Recuerdos y más recuerdos, la historia del clan Audero – Capítulo 5

En 1946 una alegría total: San Lorenzo sale campeón, con una campaña descomunal. Se habían jugado treinta fechas, dos ruedas de quince partidos cada una. El resultado fueron veinte victorias, seis empates, y solo cuatro derrotas. Convirtió 90 goles, todo un record, a razón de 3 goles por partido. Segundo salió Boca, y tercero River.

En 1947 comienza un año oscuro, negro en lo climático. Una tremenda sequía, que siguió durante todo el año 1948, ocasionando grandes daños y gastos. No había ningún tipo de pasto. Pasaban camiones de dueños de otras zonas lejanas, que no sufrían la sequía, con fardos de alfalfa, y aprovechando la oportunidad, hacían su negocio vendiéndolos a un precio fuera de lo común.

Papá compraba hasta lo que el dinero le alcanzaba. No había ningún ingreso del mismo. Se dejó de ordeñar para vender. Solo se le sacaba a un par de vacas algunos litros de leche para el consumo nuestro.

Todas las mañanas, Olivio salía con aproximadamente unas cuarenta vacas y terneros hacia el sur de donde vivíamos, por los caminos no transitados, para que coman un poco de brotes o pasto seco.

Yo, Chocho, con tan solo once años, salía con la misma cantidad de animales hacia el norte, mejor dicho, los hacía entrar en el popular canal Vila – Cululú, que estaba situado a unos cuatro kilómetros de nuestra casa. Tenía una profundidad en algunos tramos de un metro y medio, y en otras partes de dos metros, lógicamente, sin una gota de agua. Siempre había un poco de pastos, yuyos y también pequeños paraísos. Las vacas ya iban solas a comer lo mencionado. Las dejaba unas dos horas, y después las arreaba a casa. Había unas cuantas rampas para poder bajar al canal y para salir del mismo. Yo, por supuesto, andaba a caballo. En realidad era una yegua, de nombre «La Petisa», por su corta altura.

Mientras tanto, Delio se la rebuscaba trabajando de changarín en distintos lugares. Fue tractorista, es decir, manejaba un tractor, del señor Airaldo, que fue el primero en adquirir dicho vehículo con motor de mucha potencia. Sin lugar a dudas fue una verdadera novedad el verlo funcionar, ya que venía a reemplazar a los caballos, pero no cualquiera podía comprarlo, por el alto precio que tenían.

Papá iba al pueblo de Vila día por medio a hacer compras varias, en capota tirada por un caballo. También sabía ir en auto, pero lo menos posible, porque ocasionaba más gastos. Había logrado cambiar el auto Ford T a bigote modelo 1927, por un Ford Sedan cuatro puertas modelo 1931. El vendedor fue un señor de apellido Ballarino, de una concesionaria de la ciudad de Rafaela, si me parece que lo estoy viendo en este momento, las veces que acudió a casa.

Imposible de no recordar al señor viajante del frigorífico Fasoli. Era el comprador de los chanchos, cuando teníamos el criadero de cerdos en sociedad con Chiambretto. Llegaba en una Ford cupecita modelo 1930. De apellido Pierino, vestía bombachas, pero no esas de gaucho, sino de las otras con botones no abrochados y chancletas. Se tomaba un par de vasos de vino con papá y después le preguntaba: «Yors, ¿cuántos chanchos podés tener para la venta?», a lo que Jorge le respondía que unos 100. Pierino finalizaba diciendo: «Bueno, no tengo ganas de ir a verlos, pasado mañana te mando el camión a buscarlos». Nunca le pregunté a papá a qué precio se los vendía, y cuándo cobraba, jamás lo supe.

Retomando, cuando papá iba a Vila para hacer las compras, se adquiría todo en la firma de «Ramos Generales, Varetto, Cordera y compañía». Se anotaba cada artículo en una enorme libreta con tapa de hule color negra. El plazo de pago era cada fin de año pero como papá casi nunca lograba abonar todo, hacía una entrega, quedando siempre un saldo deudor. Pero en agradecimiento a lo abonado, todavía le regalaban un sombrero.

Lógicamente, Yors no podía volver a casa sin antes pasar por el boliche-bar del señor Juan Porta, que también tenía una pequeña sodería. Don Juan, al saber de los problemas económicos que tenía Jorge y su familia debido a la gran sequía, le comentó a papá que en Sunchales estaba a la venta una sodería muy grande, de los señores Frencia. Le aconsejó: «¿Por qué no vas a verla y preguntás cuánto piden? Si la llegás a comprar, vas a dejar de renegar con el tiempo, los animales, el pasto y todo lo que me contás diariamente, y así dejarías de vivir amargado por no poder salir de este mal momento».

Al volver papá del pueblo, a la hora de cenar, nos comentó a mamá y al resto de nosotros que estábamos en la mesa, lo que le había dicho el señor Porta, el consejo de comprar una sodería en Sunchales.

Jorge habló con Rodolfo y Masín Gramaglia, preguntando si tenían interés en formar una sociedad para comprar dicha sodería. Los dos eran solteros y también estaban cansados de estar en el campo, por lo que les gustó la idea.

Salieron una mañana temprano, papá con su auto, Delio y los hermanos Gramaglia. Sunchales estaba a unos cincuenta kilómetros de Vila. Conocieron a Don Marcelino Frencia, que era el dueño de todo el local y de la inmensa casa de su padre, Don Bartolomé Frencia, que ya se había retirado del negocio. Quiero destacar que Don Bartolomé fue uno de los primeros pobladores de Sunchales, y figura en la placa de bronce que se encuentra en el mástil de nuestra plaza principal. Conocieron también el movimiento de dicha sodería, y el valor a la cual Frencia la quería vender, de ser posibles compradores.

Bartolomé Frencia (Foto: Libro del cincuentenario de Sunchales, 1936).

Viajaron por segunda vez, a principios de setiembre de 1948, para cerrar la compra. Rodolfo había desistido, y se retiró del negocio.

Lo que compraron a continuación se los detallo. Una saturadora, es decir, la máquina de elaborar soda, que mezclaba el agua con el gas carbónico y que, por medio de una cañería, llevaba la soda hasta la llenadora de sifones. Eran dos bombas de tiempo, ya que reventaban cualquier cantidad de sifones. Aquí hay que agradecerle a Dios que nunca tuvimos daños graves, porque se ponía la cara a disposición de los vidrios que volaban por el aire. Dos máquinas llenadoras de gaseosas, la popular Naranjina, única por esos tiempos. Unos 200 cajones entre la mencionada Naranjina, el vino y los cajones de madera de la cerveza. Dos pailas de cobre para fabricar jarabe. Dos jardineras con cinco caballos, un camioncito Chevrolet modelo 1927 y algunas herramientas.

El local de la casa de cuatro dormitorios parecía un galpón por lo grande que era. Tenía además un comedor, una cocina y un baño, y también habían cuatro galpones, todo asentado con material barro. Se alquiló esto por diez años, de 1948 a 1958, como pidió Don Bartolomé. No recuerdo el valor de la compra, ni del alquiler. Mejor dicho, perdí la noción de los valores debido a los grandes cambios que tuvimos en la moneda argentina.

Se fijó la fecha 2 de octubre de 1948 para ser dueños o propietarios del negocio. En común acuerdo con los señores Frencia, se les entregó la mitad del valor del negocio. Dicho importe era la parte que le correspondía a Masín, ya que él pudo reunirlo. En cambio, papá pidió un plazo para el pago de su parte, hasta que se realizara el remate de sus bienes: las pocas vacas que le quedaban, los caballos, cerdos, ovejas, y las herramientas, como los arados, rastrillos y sembradoras, entre otras cosas. El remate se realizó finalmente a mediados de enero de 1949.

Delio y Masín Gramaglia vinieron quince días antes del 2 de octubre para ver cómo se trabajaba, conocer a los clientes, observar el manejo del dinero diariamente, los precios y demás cosas que en el campo no se hacían. Junto a ellos vino a trabajar por un par de meses Osvaldo Manavella, un íntimo amigo que no tenía empleo fijo en Vila.

Como repartidores se habían tomado dos de los que tenía Frencia. Uno era el señor José Pasquero, que renunció al poco tiempo porque compró un negocio, junto a un pariente, cerca de Rosario. El puesto iba a ser reemplazado unos días por Delio, días que pasaron a ser más de 50 años. El otro repartidor era el señor Luis Depetrini, que fue el primer empleado que se jubiló con nosotros.

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