Una fecha sensible y trascendente nos obliga a revisar los orígenes, las causales y el desenvolvimiento actual frente a estas dos temáticas que involucran a todo un país en el caso de la Constitución y al universo laboral y económico de todas las naciones, referentes a la naturaleza del trabajo. “El trabajo dignifica”, predicaba un viejo manual escolar, editado por la Caja Nacional de Ahorro Postal, de gruesas tapas que le han permitido sobrevivir en mi biblioteca y quedar en la memoria por su valioso contenido. Una Caja creada por Rivadavia en 1823, que permitió inculcar el ahorro desde las escuelas primarias con las hermosas libretas donde adheríamos estampillas que allí mismo adquiríamos en los recreos. Cita, en su página 255: “Antes de la Caja de Ahorro, cada familia guardaba el producto de sus economías en monedas que escondía en lugares apropiados”.
Una ardua lucha se afrontó para establecer la jornada laboral de 8 horas. Hoy se considera una fecha festiva, pero la realidad marca el homenaje a quienes lucharon por una vida digna. El origen se remonta a 1886 en Estados Unidos, ya que existían situaciones donde se trabajaba hasta 18 horas diarias. Durante una huelga del 1 de Mayo de 1886 en Chicago, (que duró 4 días), los enfrentamientos entre la policía y los trabajadores fueron duros y sangrientos. Hubo muchos detenidos y cinco de ellos fueron condenados a la horca: tres periodistas, un tipógrafo y un carpintero. Se les conoce como «Los mártires de Chicago». En conmemoración de esa fecha, se celebra el Día Internacional del Trabajo. Algo similar al Día de la Mujer, surgido de un hecho histórico y lamentable.
Pero el 1 de Mayo en el almanaque también ostenta perfiles históricos para Argentina, con la Carta Magna sancionada en 1853 y precisamente en Santa Fe, algo que nos llena de orgullo. La necesidad de contar con la Constitución nos acuciaba desde el Primer Gobierno Patrio de 1810. Largas luchas internas demoraron su luminosa aparición y varios intentos quedaron en el olvido. Era necesario “constituir la unión nacional, afianzar la justicia y consolidar la paz interior”. En ese Congreso reunido en nuestra capital estuvieron presentes todas las provincias, con excepción de Buenos Aires. Anhelaban un gobierno representativo, republicano y federal.
Juan Bautista Alberdi fue el forjador intelectual de nuestra organización política e institucional a través de su libro “Bases”. El federalismo que se adoptó fue moderado; reconoció la autonomía provincial pero también organizó un poder central y el primer Presidente fue Justo José de Urquiza. Nuestra Carta Magna fue reformada varias veces: 1860, 1866, 1898, 1949, 1957 y 1994, para adaptarla a las necesidades de cada momento histórico. Esa Constitución Nacional que estudiamos en clases de Educación Cívica – en mi caso con el Doctor en Leyes Mario Crespo, padre del Dr. Juan Ignacio Crespo, urólogo que también se desempeña en nuestra ciudad- fue un emotivo despertar a la vida ciudadana y patriótica durante nuestra adolescencia, una marca que nos dejó el profesional con sus conocimientos y hombría de bien. Visitar posteriormente el Histórico Convento de San Francisco en Santa Fe fue ponernos en presencia de la historia misma; nos conmovía y ubicaba en aquellos viejos tiempos de nacimientos imprescindibles.
Los fundadores del Museo vieron la necesidad de darle un auténtico marco histórico, creando la “Sala de los Constituyentes” con figuras de cera, de tamaño normal, calcadas según fotografías de los reales próceres. Los sillones son los auténticos que ocuparon durante tan transcendental acontecimiento Patrio. Si la Constitución fue metódicamente respetada en todos los momentos históricos; a qué pretensiones responden intentos de reformas, etc., conforman situaciones que nos preocupan como argentinos. Porque sabemos que una constitución es el alma de los Estados. Es la piedra angular de todas nuestras libertades; la república perdurará si sabemos cuidarla y respetarla.

