La muerte nos iguala a los seres humanos. Hemos vivido como ricos o pobres, como honestos o delincuentes, como trabajadores u ociosos, para todos llega el momento, tarde o temprano. Según Francois Mauriac, escritor francés, “la muerte no nos roba a los seres amados. Al contrario, nos los guarda y nos los inmortaliza en el recuerdo”. Cuando los recuerdos tienen fuerza y permanencia pueden acallar las tristezas y la soledad. Esas presencias siguen acompañándonos y no permiten que desfallezcamos frente a las contingencias que la vida nos va presentando en su transcurrir.
La partida tiene lógicamente gran impacto en los seres más cercanos. Otras ausencias dejan huellas comunitarias cuando quien se va ha sido útil no únicamente en el seno familiar porque supo trasladar su compromiso y participación al seno de las instituciones o las áreas del arte, la ciencia, las diversas esferas de acción.
Existen figuras mucho más populares de trascendencia en un país todo y superando esos límites, hay genialidades que abarcan todo el universo. En la esfera del deporte no hay límites territoriales, se derriban fronteras, se aproxima el mapa, se diluyen los idiomas y el manejo de una pelota pone a dialogar lenguas disímiles que jamás pensaron en cruzarse pero hallan su confluencia mirando un campo de deportes y valorando el talento que lleva los colores celeste y blanco en la camiseta al cubrir un cuerpo y un corazón.
Ingenio de una mente, destreza de sus piernas, práctica desde la niñez con Los Cebollitas, lo cierto es que sobre la línea de la suficiencia algunos marcan saltos gigantescos que los despegan de la normalidad. Eso fue Diego Maradona, que no solo brilló en Argentina, también conquistó el corazón de Nápoles, ciudad que además de amar su fútbol, reconoce que el jugador los ubicó en otra situación social y de reconocimiento en una Italia dividida entre el norte y el sur. Por eso lo endiosaron y hoy, aún sin ser despedido, ya tiene su nombre el estadio donde él brilló.
Después, su vida desordenada, sus luces y sombras, la caída en dependencias de sustancias, su deterioro físico, demostraron que además de genio como deportista, era simplemente un hombre frente a los errores que lo atraparon. Como Monzón, esos escenarios tan altos a veces descargan sus calamidades y ambos, el púgil y el futbolista, provenían del potrero, del barrio, de la villa, de la sencillez y la pureza, sin armas anticipadas para combatir los cambios o prevenir los subterfugios del mundo.
Pero la gente, su público, el de aquí y el de allá, el del universo todo, lamentó en su momento la decadencia, aunque sin olvidar jamás las victorias vividas, las emociones, los orgullos, las conquistas mundiales, su maravilloso ingenio para dominar la pelota, esa “pelota que no se mancha”, tales fueron sus palabras.
Las multitudes de hoy ratifican un sentimiento, la admiración y la gratitud por tantas experiencias de éxitos. Las banderas y los colores de los clubes borraron en este día las rivalidades, todos son Maradona, todos son Boca o cualquier club donde él brilló. “Tú eres aquello que haces, no aquello que dices”, afirmó C. G. Jung, destacado psicoanalista. Y Diego hizo feliz a los argentinos y a todo el universo del deporte. Cuando un grande se va, pensamos como afirma un proverbio: «No es más grande quien más espacio ocupa, sino quien deja más vacío cuando se va».

