Cristina Bianchini: Una vida fecunda


Entre el regazo de las nubes en la mañana estival y luego ondulando en medio del reino de los ángeles cruzaron las risas cantarinas que siempre anidaron en su espíritu jovial. Sus ojos vivaces y su carácter chispeante, abierto a quienes la rodeaban, embellecieron el ámbito que cruzaría por última vez. La ausencia definitiva de su carácter vivaz, el silencio rotundo en el ámbito con sabor a hogar, serán agudos dolores que necesitarán del transcurrir del tiempo paran atemperar la tristeza, mitigar el vacío tajante que se produjo ante la sorpresa de muchos. Incomprensible y penoso.

Cristina Bianchini era rafaelina; cursaba la carrera docente en la Escuela Normal de esa ciudad y teniendo una compañera de Ataliva, solía llegarse hasta la casa de su amiga y allí, la cercanía con mi domicilio me permitió conocerla mucho antes de que la vida y la profesión nos unieran en la Escuela N° 1212 de Sunchales.

Los conocimientos y el título nos habilitan para desempeñarnos en un aula frente a los alumnos. Pero desde el contenido que se guarda en el alma aflora cada día en el contacto con los niños. Y entonces emerge la madre-maestra, la amiga, la conductora, la consejera en todo momento, dentro y fuera del ámbito escolar. La guía y tutora en el sendero de la vida, el faro luminoso que nos permite ver el camino a seguir.

Óptima compañera entre el bagaje que constituye el patrimonio docente de una institución escolar; excelente en su relación con los padres de los alumnos; respetuosa de sus superiores; laboriosa en beneficio de los niños a su cargo. Sensible, indulgente y caritativa, desplegó esas virtudes en el vínculo con alumnos en situación vulnerable. Participativa en la tarea de Cooperadores y Club de Madres, colaboró con sus ideas, planificación y desarrollo de acciones en beneficio de una escuela y también de la comunidad es su conjunto.

Sus clases de idioma italiano me conectaron con la más íntima raíz proveniente de la lejana península europea. Cristina fue la primera, la iniciadora de ese camino progresivo que me llevó al reencuentro con nuestros gérmenes y raigambre primaria, acentuando el amor por Italia. Ella había recorrido la patria de su padre pero regresó sin su compañía. Jamás volvió; allá quedaron las cenizas del inmigrante Bianchini.

Dejar testimonios; sembrar en surcos fecundos; trascender a través de la acción y la conducta; que nuestro paso terrenal no haya sido en vano: son los cimientos como raíces que legamos a quienes nos sucederán en el devenir. Echar semillas en el jardín de la vida, eso ha significado una constante para Cristina Bianchini de Piovano. Dichosos quienes la conocimos y tuvimos el privilegio de trabajar junto a ella.

A su esposo Oscar, a sus hijos María Fernanda y Pablo, sus familiares y amigas, a todos nos duele su ausencia. Nos embarga la tristeza por lo inesperado de la noticia; buscamos consuelo en la oración y nos enriquecemos, como resarcimiento, por el bagaje testimonial que ha dejado a través de su vida fecunda.

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