Los campamentos de verano: Días de emociones

Las colonias de verano para niños tienen un significado especial. Acabada la rutina escolar, los chicos cambian los uniformes, por los colores de los clubes e inician un período de experiencias colectivas donde la amistad es la agasajada.

Dentro de las diversas actividades, se encuentra el campamento. En el Club A. Unión, el campamento se inició en 1969, bajo la supervisión del entonces todavía estudiante de Educación Física, Roberto Stricker, quien por ese tiempo contó con la ayuda de Rodolfo Defagó, director técnico de básquet femenino. Según se lee en la revista de la historia del club, “se llevaron a cabo en dependencias rurales del Sr. José Crossa, donde los grupos pernoctaban durante varios días y noches”.

Más adelante, esos campamentos se desarrollaron en Paraná y fueron base para atraer a niños y jóvenes a las actividades deportivas. Conforme cambiaron las situaciones, las actividades se modificaron, aunque no en su esencia y ahora se incluyen en la colonia de vacaciones.

El campamento se organiza por edades respetando las características de cada grupo etario. Los más pequeños de 3, 4 y 5 años están acompañados por maestras jardineras o estudiantes de la carrera y solo pasan el día. Los mayores transitan un día completo con su noche para volver al mediodía siguiente. Los jóvenes a partir de los 13 años disfrutan de un campamento de tres días en un complejo llamado “La Aurora” en Susana – Sta. Fe.

Los juegos difieren de los de la colonia haciendo hincapié en la vida al aire libre. Aprovechan el contexto del club, la generosidad ofrecida por la vegetación, la amplitud de su territorio. Los profesores no desperdician esas fortalezas para guiar hacia el respeto por la naturaleza tan pródiga en las instalaciones.

Un día de campamento recibe al colono preparado para pasar la noche en una carpa, de manera que sus mochilas contienen lo necesario para un día excepcional. Ellos se sienten partícipes de ese proyecto. El día transita con juegos, comidas, descanso y pileta, siempre bajo miradas atentas.

Este preparativo, que como dije más arriba, se gesta ahora dentro de las colonias, implica comprometer a los pequeños en un proyecto donde serán protagonistas. Los obliga a planear con anticipación cómo será la jornada campamental y sobre todo a paladear la aventura de una noche fuera del hogar. Alertadas las emociones, la conformación del grupo – carpa es fundamental. Los profesores conocen las alianzas entre ellos, de modo que la conformación de los equipos, difícilmente decepcione expectativas.

El fogón: la magia de la noche

Esa sucesión de emociones, adquiere clímax cuando, al ponerse el sol, se enciende el fuego como factor aglutinante. El objetivo es prolongar el asombro, la serie de hechos felices del campamento. Es el momento de la expresión creadora. Al mismo, llegan los padres y abuelos para compartirlo. Primero se come, luego los participantes se expresan espontáneamente cantando y moviéndose al compás de la música. No falta algún profesor guitarrero. El fuego los atrae, ilumina sus caritas de niños felices.

Los chicos fundan nuevas amistades, se perciben partes de un todo, empiezan a pertenecer. Se trata de una conexión emocional que pasa inadvertida para los adultos desde afuera, pero es tan vivificante para ellos. Son horas que permanecen para siempre en sus retinas, en un lugar del corazón.

También es bueno destacar otra fortaleza de las colonias y campamentos: muchos de los concurrentes no tienen vacaciones con sus padres por razones diversas, pero, este espacio inclusivo, este contexto fortalecedor de lazos de amistad, le regala las mejores. Que no se acaben nunca. Felicitaciones a los profesores organizadores y contenedores de tamaña actividad de verano.

Griselda Bonafede

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